Premios Miró 2017: ¿dónde están las escritoras?

Corina Rueda Borrero_ Perfil Casi literalEsta semana se llevó a cabo en Panamá el acontecimiento más esperado por el mundillo literario del país. Es la semana del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró, convocado por el Instituto Nacional de Cultura, INAC), en la cual se premia —no solo con el prestigio sino con una cuantiosa suma económica— las obras más destacadas en las categorías de poesía, cuento, novela, teatro y ensayo.

Este año participaron 184 obras literarias de las cuales fueron ganadoras solamente cuatro porque la categoría de novela quedó —para el desconcierto de muchos— desierta. Los ganadores fueron todos hombres y esto motivó un par de comentarios en redes sociales sobre la falta de mujeres en este prestigioso premio para nuestras letras.

Antes de entrar en lo que concierne a este artículo me gustaría hacer un par de anotaciones. Aunque por muchos años hubo dudas sobre la veracidad de quienes ganaban el premio a pesar de que siempre se ha participado con seudónimo, en los últimos años el concurso ha recuperado su credibilidad porque se han implementado métodos para que no se sepa quiénes participan, por ejemplo, la custodia de las plicas por parte de un notario público a toda la distancia. Además se ha dado prioridad a jurados internacionales, y particularmente este año, cuatro de ellos eran mujeres. Por último, las y los autores que participan muy rara vez hacen entrega en físico de sus propias obras.

Les comparto todo este panorama para explicarles que, desde mi óptica, el asunto del sexismo de forma directa se encuentra descartado dentro del concurso, porque no se sabe quiénes son los que escriben hasta el momento en se abren las plicas y la calidad literaria trasciende la identidad del autor o autora en todos sus aspectos. Sin embargo, para poder explicar la razón por la que las mujeres no han sido tan premiadas como los hombres, vale la pena hacer un estudio un poco más riguroso que no solo se centra en la condición de género sino también de clases.

Según Javier Stanziola —economista, gestor cultural y ganador en múltiples ocasiones del Premio Ricardo Miró— de las 239 obras que han sido premiadas hasta ahora, solo 43 fueron escritas por mujeres, y de ellas, la cuarta parte está conformada por las múltiples veces en que Giovanna Benedetti y Rosa María Britton han ganado este certamen en sus diferentes categorías (vale la pena aclarar que las admiro y las considero unas genias literatas). Estas cifras solo reflejan algo que ocurre en una mayor escala y que no se reduce al hecho de que la mayoría de jurados eran de sexo masculino.

Es a este punto donde los quería llevar, porque en una sociedad machista que exige a la mujer ser buena en todo (trabajadora, madre, hija, ama de casa, etcétera) no hay apoyo suficiente para incentivar la creación literaria. Mientras muchas mujeres han aceptado el rol tradicional de ser la esposa del escritor, ¿qué nos queda? Ser nuestras propias esposas, tener que cuidar los niños, ser la que está pendiente de la ropa, la comida y demás quehaceres. Mientras ellos se dedicaban a la literatura y tenían esposas, amantes o compañeras ocasionales que hacían todo esto para asegurar su estatus de escritores, a las mujeres escritoras les tocaba batallar contra estos obstáculos instaurados desde el ámbito personal hasta la misma discriminación editorial sexista.

Y si bien muchas piensan que solo es cuestión de «proponérselo», para mí eso queda en el individualismo. Solemos juzgar toda una situación que surge de la violencia sistemática desde una óptica personal. En una sociedad violenta y ante el mito del «empoderamiento» —como se nos ha vendido tradicionalmente— debemos recordar lo importante que somos nosotras mismas para impulsar a otras mujeres, por eso hablamos de sororidad: si yo subo, subimos juntas; que ninguna quede atrás. Por eso soy insistente y repito que hablar de desigualdades y reconocer que existen múltiples violencias que nos atacan no es victimizarse. Esto significa que nos entendemos como parte de los cánones que se han asignado al constructo social, y por tanto, el reconocimiento de nuestros privilegios.

Antes de terminar esta columna quisiera dar una óptica más positiva a todo esto, y es que ya los cambios están ocurriendo, talvez no en el premio Ricardo Miró pero sí en otros certámenes donde las personas más jóvenes están participando. Y sí: las que van destacando cada vez más somos las mujeres. Un ejemplo de esto es el Premio Nacional de Poesía Joven Gustavo Batista Cedeño —también convocado por el INAC—; que desde su creación en 1992 lo hemos ganado nueve mujeres —cuatro desde 2012—. En el género cuentístico está el Premio Diplomado en Creación Literaria, premio que cuenta con seis ediciones y los últimos cuatro han sido ganados por mujeres.

Pongo en el balance toda esta información y pienso que las nuevas generaciones estamos haciendo las cosas mejor, que las mujeres nos estamos cuestionando más los roles de poder y estamos poniendo nuestras carreras por delante. Así que, a diferencia de la mayoría de mis opiniones en esta revista, esta vez me permito ser optimista y pensar que talvez en un futuro no muy lejano podremos decir que las cinco categorías del Premio Ricardo Miró no quedaron desiertas y que todas fueron ocupadas por mujeres.

¿Quién es Corina Rueda Borrero?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Definitivamente, el Premio Miró por sí mismo está curado de trampas, pero como parte de nuestra sociedad en desarrollo, sufre de ese aparentemente inextirpable germen que es el patriarcado. Su jurado aún no alcanza a ser equilibrado en su totalidad y dentro de ese jurado femenino, la lectura no garantiza tener una visión distinta a la habitual. Nos hemos acostumbrado a la literatura que nos pinta la sociedad como la requiere el patriarcado y toda visión contraria tiende a hacer ruido. Eso no lo vamos a saber con certeza, porque haría falta hacerle una autopsia a las obras no premiadas para saber su formato y contenido, pero es lógico. Sólo el jurado sabrá que desechó, pero incluso puede no saber que lo desechó porque el punto de vista se le hacía pesado o complicado. Son sutilezas que se defenderán a capa y espada “para defender a la literatura”, pero quedarán en el silencio.

    El otro tema, el de las “victimizadas” es todavía más sintomático de una sociedad que odia tan profundamente esta lucha, que le lanza epítetos a diestra y siniestra. Hay mujeres que están bien con la cosa como está y no pierden oportunidad para derrocar los señalamientos a razón de que “si ellas pueden, todas pueden” y repiten una y otra vez que “nunca se han sentido discriminadas”, como si con eso pudieran demostrar que las estadísticas se equivocan. Que no se hayan dado cuenta las veces que fueron discriminadas, no las hace más fuertes y tampoco nos hace a las que nos percatamos de las sutilezas más sensibles o avispadas. El problema sigue estando en las oportunidades. Basta mirar en las páginas de literatura como escritores.org para ver cuántos concursos, becas, fondos, etc. dedican países com España, México y Venezuela al trabajo literario de mujeres. Esas son oportunidades, no porque “pobrecitas, hay que hacerles un concurso especial, porque sino no le llegan a los hombres”, sino porque reconocen la historia universal, las culturas que dominan y los formatos clásicos que se adaptan al lenguaje dominante. En la lingüística vemos esos temas: cuando una mujer levanta la voz, suena todo molesto y exagerado; cuando la levanta un hombre, tiene carácter. El texto escrito, igual; ahí en el fondo subyacen las diferencias y persisten las complejidades de un mundo diseñado para que siempre ganen los mismos, bueno, casi siempre, porque desde hace muchos años nos hemos tomado la palabra.

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