Federico Luppi y los lugares comunes

dulcinea-gramajo_-perfil-casi-literalAlgunos genios le arrebatan a la ficción y a la ironía hasta las circunstancias de su propia muerte, como el personaje de Úrsula Iguarán —la matriarca de García Márquez en Cien años de soledad— que fallece un Jueves Santo al igual que su creador. Albert Camus manifestó en alguna ocasión: «no conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto», y apenas se desvanecían sus palabras cuando un lujoso Facel Vega se empotró en una hilera de árboles en la carretera de Borgoña. Camus viajaba en el asiento del copiloto y murió en el acto.

El pasado 20 de octubre el actor argentino Federico Luppi dejó un vacío irremplazable en el mundo cinematográfico. Falleció a sus 81 años. De más está decir que era uno de mis actores favoritos.

Recuerdo que el primer filme en donde descubrí la avasallante personalidad actoral de Luppi fue Lugares comunes, dirigido por Adolfo Aristarain. En él interpreta al personaje de un profesor de literatura de nombre Fernando Robles, quien fallece luego de una complicación en los pulmones —asemejándose a la muerte de quien lo personificara— luego de la complicación de un hematoma en la cabeza. En el filme, Luppi deja entrever a través de su personaje que es un fiel seguidor de los ideales de la revolución francesa, que son libertad, igualdad y fraternidad, es por eso que decide colocar frente a la entrada de su chacra la emblemática fecha de 1789. Todos los personajes que interpretó Luppi, al menos bajo la dirección de Aristarain, estaban colmados de  grandes tintes revolucionarios.

Lo que más cabe resaltar de Lugares comunes es la brillantez de sus diálogos. En una de ellas, Fernando Robles camina en actitud contemplativa por un sendero boscoso mientras que su propia voz en off recita «La lucidez», un magnífico poema de Alejandra Pizarnik. En otra escena expone un contundente discurso que dirige a sus alumnos y que merece la pena recordar:

«El año que viene casi todos ustedes serán profesores. De Literatura no saben demasiado, pero lo suficiente para empezar a enseñar. No es eso lo que me preocupa; me preocupa que tengan siempre presente que “enseñar” quiere decir mostrar. “Mostrar” no es adoctrinar, es dar información, pero dando también, enseñando también el método para entender, analizar, razonar y cuestionar esa información. Si alguno de ustedes es un deficiente mental y cree en verdades reveladas, en dogmas religiosos o doctrinas políticas, sería saludable que se dedicara a predicar en un templo o desde alguna tribuna. Si por desgracia siguen en esto, traten de dejar las supersticiones en el pasillo antes de entrar al aula. No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve; lo que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor persona por saber de memoria el año en que nació Cervantes.

»Pónganse como meta enseñarles a pensar, que duden, que se hagan preguntas. No los valoren por sus respuestas, las respuestas no son la verdad. Busquen una verdad que siempre será relativa. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia (qué, cómo, dónde cuándo, por qué). Si en esto admitimos también eso de que la meta es el camino como respuesta, no nos sirve. Describe la tragedia de la vida, pero no la explica. Hay una misión o un mandato que quiero que cumplan. Es una misión que nadie les ha encomendado, pero que yo espero que ustedes, como maestros, se la impongan a sí mismos: despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites, sin piedad».

Federico Luppi cuenta con una extensa filmografía, algunas imperdibles como las películas Martín (Hache), El espinazo del diablo y Tiempo de revancha. En esta última, contrario a sus memorables monólogos revolucionarios, el personaje decide sumirse en el  mutismo pero siempre para el mismo fin: dignificar la existencia y mantenerse firme frente a sus convicciones e ideales. Cualquier buen argumento se ennoblecía con la interpretación actoral de Luppi dentro de él.

Pero volviendo a Lugares comunes, pienso que lejos de ser vicios que empobrecen el lenguaje de falta de ingenio y originalidad, lejos de ser frases trilladas y clichés, los lugares más comunes son los que se adhieren a la vida, como el olvido, la desigualdad o la injusticia. Con el paso de los años vamos cayendo en cuenta que el lugar más común por antonomasia es la soledad y que eso no resulta precisamente algo negativo, sino una elección que se debe de aprender a sobrellevar con la mayor dignidad y entereza posible. Y es que, tal como le sucedió a Edipo, probablemente uno encuentra su destino en el camino que toma para eludirlo y acaso la muerte sea una dulce caricia que nos salve de cualquier fatalidad.

¿Quién es Dulcinea Gramajo

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