El buen cristiano, ópera prima de Izabel Acevedo

Alejandra Solórzano_ Perfil Casi literalHace unos días le escribía a Izabel Acevedo que me parecía un regalo y un reto hablar sobre su ópera prima El buen cristiano (2016) en el I Congreso Internacional de Cine Centroamericano en Costa Rica.

Esta es una obra de arte documental con tanta claridad estética como política. «¿Quién puede hablar del terror sino las víctimas?», es una de las exigencias que Ricoeur en su Finitud y culpabilidad exigió a la filosofía y a otros saberes críticos sobre el carácter necesario y comprometido con los pueblos azotados por la guerra. Acevedo responde a este cuestionamiento a través de este largometraje que representa la premisa ético-política que bien podría ser la brújula del cine documental de nuestra región.

Su realizadora nos muestra tangencialmente ―a la narrativa visual, a la edición― una autopsia de los últimos 35 años de historia desde el Golpe de Estado de 1982. El cadáver de la memoria nos interpela a través de las voces protagónicas y responsables de los crímenes de Estado de la época, y a su vez convoca nuestra atención para escuchar todo lo que aún no fue dicho de manera suficiente, con claridad acompasada sobre la memoria y la reconstrucción de la justicia a los ojos de quienes conocemos la historia y a los que se niegan a verla.

El riesgo, que es al mismo tiempo la grandeza que Izabel Acevedo nos ofrece en su largometraje documental, es hacernos saber que la historia no es suficiente, es necesario saber cómo se construyó la figura de «El buen cristiano» desde inicios de la década de 1980 hasta nuestros días. Se requiere de profundidad, delicadeza y precisión de bisturí para abordar un tema tan complejo como el juicio contra el General Efraín Ríos Montt.

Izabel señala los puntos de tensión apelando a nuestra mirada crítica. La historia está allí, pero hace falta hilar los hechos, armar el rompecabezas de la historia reciente y pasada, apuntar las conexiones, establecer los hilos de la entre-tensión de la realidad polarizada de Guatemala y, con actitud de peritaje, asumir los rostros, las palabras, los silencios y la riqueza que se reúne en el logos fílmico para comprender la verdad que emerge de los extremos protagónicos de la actual escena de la justicia en el país a ser: en primer lugar, la voz de las víctimas reales de la guerra y la impunidad —que hoy son los sobrevivientes del genocidio Ixil encarnado en Francisco Chávez y su familia, actuales querellantes en el juicio contra Efraín Ríos Montt—; y en el otro extremo, el tratamiento de la «víctima» simulada y construida por el sector más conservador del país: el general Efraín Ríos Montt, quien al ser finalmente alcanzado por la justicia no tiene más opción que enfrentar el proceso del juicio con la investidura ideológica e instrumentalizada que siempre le acompañó en la figura del «buen cristiano» desde que asumió el poder de facto el 23 de marzo de 1982.

La agudeza del documental es también el registro del habla de los actores del Golpe de Estado, de sus estrategas y defensores. Acevedo lleva a la pantalla grande las entrevistas que no dan campo a la interpretación: las voces de quienes han tenido el poder evidencian la crueldad y la deshumanizante vulgaridad con que se construyó el imaginario de un «Ejército de Integración», de cómo se ejecutó cada una de las políticas de control y exterminio, y cómo esta «integración» implicaba mantener una lealtad total sobre el pueblo hasta su exterminio, a ser, la construcción de un dogma naturalizado de la crueldad, el ícono de esta red de poder fue «el buen cristiano».

Me interesa resaltar un planteamiento filosófico en el logos fílmico de Acevedo; la forma en que eleva la condición de víctima de Francisco Chávez y a su familia en sujetos políticos. «La constitución del “ser” como sujeto, trasciende su condición de víctima en sujeto político una vez que ha tomado conciencia de su condición para exigir justicia». Este pensamiento Zambraniano es claramente visible en el discurso ético-político que propone Acevedo.

Francisco Chávez era solo un niño cuando la política de este Jefe de Estado, «el buen cristiano», decidió exterminar poblaciones enteras. A pesar de los siguientes años de guerra, y después de la firma de la paz, Francisco, como muchos otros familiares sobrevivientes, fueron por primera vez asumidos en un lugar de igualdad frente a sus victimarios en términos de justicia. A partir de este suceso, y desde la perspectiva de Zambrano como la postura de su directora en el largometraje, lo anterior no solo hace posible que el acceso a la justicia sea una realidad, sino mostrar con lucidez que la consciencia de lo sucedido instó a los órganos estatales de justicia devolver a Francisco como a cada uno(a) de los querellantes su «ser» en tanto sujetos políticos.

El tratamiento estético de esta fuente es asumido como un acto de emancipación de la impunidad que inicia primero por recobrar la memoria. Este recurso tan poético y político entre hermano y hermana nos hace recordar el ejercicio libertador de Junajpú e Xbalamké —los gemelos del Popol Wuj— que reorganizaron el cosmos a través de sus acciones, de buscar a sus padres, haciéndonos comprender que la justicia es armonía, resultado del orden en que cada objeto ocupa el lugar que le corresponde en el universo, aun cuando esto implique sobrellevar pruebas y largos caminos. Así como ellos, desenterrar del olvido a sus padres es lo que Francisco y su hermana hacen en el trayecto de despertar su memoria hasta llegar a los tribunales de justicia.

A la estética política de El buen cristiano, Acevedo suma y teje de manera transversal —y casi imperceptiblemente— la ironía sutil de la dramaturgia ideológica construida por los protagonistas del poder. En los primeros dos minutos del documental observamos al Jefe de Estado de facto, decir: «Conciudadanos, en nombre de la institución armada, les presento mi más cordial saludo y mi gratitud por la oportunidad que me dan de entrar a sus hogares».

Un poco más adelante, dice: «Una realidad: somos soldados. Estoy confiando en mi Dios para que me ilumine porque solo él pone y quita la autoridad… Muchas gracias, Señor, muchas gracias porque tú me das la oportunidad de testificar que sin ti yo no soy nada. Gracias, Señor, porque espero tu ayuda para que con tu santo espíritu, Señor, podamos guiar a Guatemala por los caminos tuyos que son de paz y de amor».

Efraín Ríos Montt, que agradece a los conciudadanos por la oportunidad y a Dios por haber sido puesto como Jefe de Estado mediante facto, declara en esos años que «el buen cristiano es el que se desenvuelve con la Biblia y con la metralleta». Este mismo buen cristiano de la Biblia en la mano fue llevado a juicio 35 años después por ser responsable del asesinato de 1,771 personas, entre ellos mujeres, hombres, niñas, niños, ancianos y el padre de Francisco Chávez.

En la ópera prima de Izabel Acevedo recibimos una clase magistral de historia a partir de las fuentes primeras que fracturaron nuestro tiempo durante la guerra, una clase magistral de claridad estética, política, discursiva y técnica, pero principalmente de coherencia discursiva en responder a las preguntas fundamentales del quehacer y el qué hacer en torno al arte, al largometraje documental.

De la lucidez poética y comprometida de quien conoce su historia y la lleva a los demás, Izabel nos heredó el año pasado El buen cristiano. Ojalá todos y todas puedan acudir para alimentar sus conciencias con este fuego.

La directora está preparando su siguiente trabajo, un largometraje de ficción sobre el papel de los mestizos dentro del sistema de castas que conforma la producción de café en Guatemala. Lo esperamos con gratitud.

¿Quién es Alejandra Solórzano?

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