La última bengala del barco

Alfonso Guido_ Perfil Casi literalYa he dicho antes que es un acto de fe sentarse frente a la computadora ―o con la hoja en blanco sobre la mesa, para los más románticos― y esmerarse en escribir una o dos cuartillas para un público al que nunca le veremos la cara, sin tener la plena certeza de cuánta gente nos leerá. Es como cuando, navegando de noche en altamar y con una brújula averiada, un marinero sigue su instinto y decide disparar la última luz de bengala que le queda previo a un naufragio inminente; ese tipo de acciones que invariablemente se acompañan de la incertidumbre absoluta.

En noviembre de 2012, con un fólder de color beige que contenía un formulario sobre el cual estaba escrito con bolígrafo «Casi Literal Ediciones» además de un diseño improvisado de logotipo y una boleta de depósito bancario cancelada, hice una larga fila en el registro mercantil de Guatemala para patentar esta empresa editorial. Desesperado, estuve a punto de abandonar la fila varias veces para ir a la universidad a resolver un examen de final de semestre. No pensé que el trámite fuera a durar tanto tiempo y tantas vueltas, pero ya estaba allí y solo me quedaba esperar. Si tuviera que identificar el inicio de (Casi) literal en alguna parte quizá sería en aquella mañana, justo cuando dejó de preocuparme el examen y decidí permanecer en la fila. Con la incertidumbre y la ingenuidad de las que están hechos todos los inicios, me aventuré a fundar una editorial sin contar siquiera con una imprenta propia, y cuando vi que para comprar una tendría que vender por lo menos un par de órganos, opté por buscar alternativas en los medios que tenía a mi alcance. Y sí, tuve que recurrir a Internet, el lugar donde muchos escritores y artistas infravalorados por los medios tradicionales exponen sus creaciones y donde también un movimiento en falso puede sepultar en lo más profundo de la irrelevancia a cualquier entusiasta (aun si ya tiene cierta fama y un previo recorrido).

Fuimos cuatro o cinco compañeros del último año de la universidad quienes iniciamos esta revista y, aunque es cierto que no teníamos mucho que perder ―ellos aún menos que yo―, la realidad y el desencanto podrían resultar fatales. Fuimos perdiendo la emoción conforme avanzaban las semanas y prácticamente nadie nos leía y no pude persuadir a los demás para que se quedaran. Uno a uno fueron abandonando el proyecto en busca de otros medios con mayor influencia, pero nunca volví a saber de ellos. Recuerdo que llegué a extender varias invitaciones a escritores con mayor trayectoria para que colaboraran aquí, pero lo cierto es que nadie querría ser parte de un medio digital que se planificó prácticamente a partir de tertulias llevadas a cabo después de clases en una biblioteca universitaria. En pocas palabras, nadie daba un centavo por nosotros ―aunque, en el sentido literal, ahora tampoco; pero eso no nos ha frenado―, nadie nos auguraba larga vida.

De aquella primera generación de integrantes hoy solo permanecemos dos; los demás que ahora conforman el grupo de columnistas se fueron incorporando con los meses y los años. Aun sin tener grandes estrategias de publicidad ni mucho menos, y sin siquiera contar con una línea gráfica (pues no empezamos a implementar fotografías sino hasta hace seis meses o menos), los lectores fueron apareciendo y la cantidad de suscriptores se fue acrecentando poco a poco. De repente algún artículo la «rompía» y se volvía viral en redes sociales, hecho que nunca nos garantizó una gran cantidad de nuevos suscriptores pero que nos fue haciendo cada vez más visibles por ahí. Con el tiempo nuestro buzón de correo electrónico corporativo se fue saturando cada vez más de mensajes de lectores, de invitaciones a colegios y a eventos culturales y, sobre todo, de propuestas de autores que ―ahora sí― querían publicar en (Casi) literal.

Al ver que también íbamos ganando lectores de otros países de la región, nos extendimos al resto de Centroamérica. Fue así como incorporamos a columnistas en cada uno de los países del istmo y, aunque nuestra sede legal queda en ciudad de Guatemala, como colectivo adoptamos un enfoque mucho más regional que otros medios de este tipo. Poco después ―ya fuera en alguno que otro bar del centro de la ciudad de Guatemala, en los cafés literarios de Granada, Nicaragua, o en algún centro cultural en ciudad de Panamá―, desde alguna barra o una mesa contigua se volvió más frecuente escuchar discusiones acaloradas en torno a algún artículo publicado por nosotros y en donde se hacía alusión, por ejemplo, a «la colocha que escribe en Casi literal», o a «los hermanos de Casi literal», o a «la #LadyPeriodista» (con hashtag incluido) o al «barbudo de la Antigua»; pero conforme iban apareciendo los artículos y nuestra presencia en el medio se hacía notoria, esas alusiones vagas pronto adquirieron nombres propios en los distintos contextos culturales, tanto en las mesas de los bares como en las discusiones de redes sociales. Un día la «colocha» que andaba de boca en boca en las tertulias literarias pasó a llamarse Corina Rueda o simplemente «Corina». Asimismo, a los hermanos les pusieron un apellido: «los hermanos Castañeda». De #LadyPeriodista solo permanece la vergüenza de los medios de comunicación en Nicaragua y el nombre propio de Solange Saballos. Y el barbudo de la Antigua que se parece increíblemente a Fiódor Dostoievski ahora es Eynard Menéndez, «el de Los Zopilotes», «Eynard el Zopilote», o algo así (quizá mejor se hubiera quedado como Dostoievski y no como Zopilote).

Solo quien se dedica a dirigir un medio como este sabrá lo difícil que es ganar lectores ―o por lo menos, lectores fieles―, pero precisamente porque valoramos a los que ya tenemos y que confían en nuestra facultad de crítica es que siempre hemos tratado de llevar una línea editorial que no se enfrasque bajo una misma tendencia de contenido. Esto podría resultar difícil cuando se cuenta con autores de seis países distintos, con profesiones artísticas diferentes y sobre todo con ideologías tan disímiles, sin embargo, en cinco años de editar (Casi) literal me he dado cuenta de que la realidad cultural y social que vive toda la región, si no es exactamente la misma entre un país y otro, es asombrosamente similar en muchos aspectos y que uno de los factores comunes que nos identifica a todos los centroamericanos por igual es que adolecemos de lectores y de cultura general. Es por esa razón que esta revista tiene como propósito, no solo promover el trabajo crítico de firmas dentro de la región, sino incentivar el interés en cualquier tipo de representación artística, siempre sin dejar de lado el asunto social, pues además nos tocó nacer en una región caracterizada por sus constantes ―y perdurables― conflictos internos.

Nuestros lectores son lo más importante que tenemos y ―por más cliché y mamonaza que parezca la frase― solo a ellos nos debemos. Hoy estamos aquí y no sabemos a ciencia cierta qué más se viene mañana. «No saber a dónde vamos, ni de dónde venimos», dicen los versos de Darío en «Lo fatal», pero si de algo estamos seguros es precisamente de dónde venimos y lo que queremos lograr con este proyecto, tanto colectiva como individualmente. Mientras tengamos lectores, siempre habrá una última luz de bengala que usar antes de naufragar en este barco.

¿Quién es Alfonso Guido?

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