Las razones de Emilio Renzi

Leonel González De León_ Perfil Casi literalRicardo Piglia murió en enero del año pasado y, aunque su muerte fue precedida en 2016 por la de varios escritores famosos (Umberto Eco, Harper Lee, Dario Fo, Leonard Cohen) y continuó en 2017 con la de otros (John Berger, Abelardo Castillo y Juan Goytisolo) ninguna tuvo la repercusión de la suya.

Las únicas muertes que, a mi juicio, han generado un eco comparable a la del autor de Respiración artificial fueron la de Gabriel García Márquez en abril de 2014, aunque a este se le demostró respeto y admiración por la revalorización que le dio a la literatura escrita en español pero no me pareció tan afectuosa, y la de otro argentino, Ernesto Sabato, fallecido en abril de 2011 a pocas semanas de cumplir cien años como si hubiera preferido evitarse las reverencias. La calidez hacia el autor de Sobre héroes y tumbas podría atribuirse, además de su literatura comprometida, a su participación en el informe Nunca más, sobre los desaparecidos durante la dictadura militar en su país.

Encuentro varias razones para justificar una despedida entrañable a Piglia. La primera es su sencillez. Yo lo conocí en persona en la Feria del libro de Guadalajara, la más grande en español a ambos lados del Atlántico, y me trató como si me conociera de toda la vida.  Conversamos e incluso me pidió sugerencias sobre autores que él desconocía. Hoy, años después, sigo preguntándome qué le podía sugerir yo a alguien de su calibre.

En segundo lugar, la apertura que tuvo a la enseñanza académica; no en forma esporádica como lo hacen muchos escritores, sino permanente. Del fugaz trato en persona puedo deducir su verdadera vocación para la docencia en cualquier ámbito y no le bastó llenar aulas dentro o fuera de su país, sino que llevó sus clases de literatura a la televisión argentina en horario de máxima audiencia.

La tercera razón ―y la que me hace sentir mayor admiración por él― consiste en el dominio total sobre la tradición de su país. Aunque en sus entrevistas o conferencias pueda extenderse horas hablando del género policíaco y sus principales exponentes estadounidenses, aunque pueda disertar cualquier cantidad de páginas acerca de Kafka, Onetti o Pavese (mucho Pavese) y desgranar numerosas tesis, todas magistrales, acerca del género del cuento a partir de Hemingway o de Chejov, y aunque sus diarios brinden una lista de las películas dignas de verse antes de morir al mismo tiempo que permiten rastrear lecturas tan disímiles que van de Dostoievski a Camus, de Pound a Fernández Retamar y de Faulkner a Rulfo, no sé de otro literato, ajeno exclusivamente al ámbito académico, tan conocedor de su literatura nacional, tanto clásica como contemporánea, y eso es digno de emularse antes de permearse de letras importadas. Supongo que hay expertos en las aulas universitarias de cada país, pero para los empíricos de las letras, eso es una dimensión inaccesible y se agradece a difusores como él.

Schopenhauer decía que nada bueno es absolutamente bueno y nada malo es absolutamente malo; así, la desaparición física de Ricardo Piglia ―o de Emilio Renzi, su alter ego que lo hacía sentir más cómodo― lo encumbra aún más y nos obliga, con placer, a releer su obra que marcó una senda en la literatura del último tercio del siglo pasado, que lo sigue haciendo en lo que llevamos de este y que seguramente se extenderá mucho más allá.

¿Quién es Leonel González De León?

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