Ni tiranos que escupan tu faz

Rubí_ Perfil Casi literalNo hace mucho tenía fe ciega en las movilizaciones populares que en Guatemala hicieron del 2015 un año de activismo genuino para muchos de nosotros. En su momento todo fue lo que debió ser. Pero el tiempo pasó: el frenesí se detuvo y hoy seguimos dándonos de topes contra los muros de siempre. Es agotador, de tal forma que resulta necesario buscar respuestas al endémico declive emotivo.

Intimidades del proyecto político de los militares es una investigación exhaustiva que la antropóloga política Jennifer Schirmer escribió en 1999 para la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Mi intención no es sintetizar el contenido del libro en este artículo —pues sería difícil tratándose de casi 500 páginas de datos reveladores: fechas, nombres y un amplio etcétera—, más bien propongo recurrir a él para desenredar la historia reciente y conocer las razones de la ineficacia de las manifestaciones de los últimos dos años.

La sugerencia del libro de Schirmer viene al caso dado que, días atrás, sintonicé sin querer  un noticiario nacional matutino que transmitió el detalle del asesinato de un repartidor de gas en una colonia marginal cuyo nombre no recuerdo. La hipótesis era la de siempre, pero lo que llamó mi atención fue cómo el reportero que cubría el segmento informativo se acercó a los vecinos del lugar con la intención de entrevistarlos y, de paso, persuadirlos a dictar  al gobierno de turno algunas soluciones en temas de seguridad. En un principio los entrevistados explicaron que la Policía Nacional Civil no debía suspender los patrullajes en dicha zona, que una garita es costosa, y así. Al mismo tiempo, con preguntas de respuesta cerrada —y trucadas—, se les indujo a requerir que el Ejército permanezca en las calles para garantizar el orden público.

Si bien quienes desconocen la función del Ejército no son culpables de apadrinarse de este debido a la zozobra que las células del crimen organizado provocan en la población, no hay manera de evadir el hecho de que las pandillas son, de cierta manera, un elemento que justifica la razón de ser de una entidad que poco o nada sirve a los contribuyentes. Irónicamente, quienes ejercen el periodismo a base de preguntas y respuestas inmediatas (entrevistas, que les llaman), son los mismos que no pocas veces reportan que el calibre del armamento decomisado es de uso militar. Entonces, considerando que el Ministerio de la Defensa tiene un presupuesto inalterable y que el crimen organizado de alta o poca monta opera con armamento militar, ¿por qué los medios de comunicación sugieren una y otra vez al ciudadano de a pie que el Ejército sea quien le cuide? ¿Es una broma?

Aunque intuyo la respuesta, en este punto quisiera saber la opinión de un reportero(a) a manera de entender por qué se incita a los televidentes, radioescuchas o usuarios de redes sociales a apelar al Ejército como elemento de seguridad regular aun cuando saben que su rol no es ese.

No es un secreto que Guatemala padece a su Estado. Solo hay que ver la cantidad ridícula de soldados y policías que cubrieron la entrega de cuentas del segundo año de la gestión de Morales para saber de qué lado está ese Ejército que muchos piden a gritos.

Sigo creyendo en las protestas populares, aunque ya no ciegamente. Lo que puedo decir es que, después de la lectura del libro de Schirmer, entiendo que los ánimos estén por los suelos porque «proyecto político de los militares» no es solo parte del nombre que lleva su investigación, sino nuestra realidad no negociable.

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?

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