Lazos blancos en la piel

Nora Méndez_ Perfil Casi literalEl día que Jean Jacques Rousseau acuñó el concepto de contrato social, cada uno de nosotros puso en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general. Fuimos partes indivisibles de un todo.

Las cosas han cambiado mucho desde su publicación en 1762. Ahora, como átomos, somos indivisibles de un todo. Aquellos prejuicios ―que Einstein veía más difíciles de romper que un átomo― se están haciendo añicos. Galicia quiere separarse de España, los homosexuales exigen sus derechos constitucionales, feministas exigen que el Estado salga de sus úteros. Y todo suena maravilloso y sería multicolor, libertario y justiciero sino fuera porque la revolución cultural que comenzó en los países del primer mundo pone en un plano invisible la aún pendiente revolución social y económica de América Latina.

Las nuevas generaciones ―no sin razón― se sienten incapaces y sin energía como para plantearse cambiar al mundo. Ya vieron a sus padres y hermanos derrotados o transformados en tiranos y leyeron por ahí una idea muy mona que pusieron en marcha: «Yo no quiero cambiar al mundo sino cambiarme a mí mismo».

Por eso exploran, se tatúan y se tiñen el pelo de todos los colores posibles. Quieren cambiar de sexo, de nombre, de cara, de cuerpo, de familia, de religión, de sociedad, de ciudad e incluso de planeta. Más de 50,000 personas están aplicando a un viaje a Marte en el cohete de Elon Musk.

El marxismo y la dialéctica han colapsado. Las revoluciones se acabaron, los grandes cambios murieron. Con la posmodernidad surgen las micro-utopías y también las micro-sublevaciones. Es el tiempo de los unicornios, de sacar al Estado de nuestras cabezas y cuerpos, mas no así al capital. Muerta la idea de justicia social, el ser humano se concibe a sí mismo como una mercancía y una categoría económica, y no como ente espiritual o social sino como ente material único con un valor establecido (como lo es una propiedad privada).

El desempleo ya no moviliza a nadie, ¡es el paro! Y es porque la gente quiere su libertad y su ocio, gastar su tiempo como le dé la regalada gana. La violencia tampoco mueve, pues cada quién es dueño de su destino y se labró un propio karma. Los capitalistas lograron retrocedernos hasta el punto de ponernos nosotros mismos la soga al cuello: la gente reclama ya el derecho al suicidio y la eutanasia. El día que un ser humano no pueda más, no encontrará camaradas para luchar sino amigos en Facebook que lo dejarán solo porque ellos también estarán luchando por su individualidad.

Centroamérica ―con todo y ser la megacarretera de la droga y sus problemas de estancamiento económico, desigualdad e inseguridad― también tiene tiempo para plantearse una revolución en su contrato social. Costa Rica, considerada hasta ahora «la Suiza centroamericana» y el gran ejemplo a seguir, se debate en estos días entre dos ideas de contrato: la de un líder que promueve el matrimonio homosexual y otro líder religioso que lo rechaza. Y como era de esperarse, Costa Rica no es más que otra Nucita del istmo: dividida, partida en dos colores que intentan seguir en unidad.

Mientras esto pasa, las migraciones continúan, los niños quedan huérfanos por la violencia feminicida, nos matan a todos parejo excepto a los que viven en las altas lomas y tienen muros que los separan del resto. Mientras este ardor de deseo individual encuentra sus primeras victorias legales, la droga y la política antidroga de Estados Unidos nos abre boquetes y quedamos más indefensos cada día; mientras más crecen las marchas LGBTI que dan colorido a las calles citadinas, las mafias salvadoreñas llamadas maras compran bitcoins al igual que los oligarcas rusos, chinos y venezolanos. Algo tan serio como los sentimientos parece, a la larga, distracción muy conveniente cuando han sido manipulados.

Toda esta revuelta, además, es producto de la transculturización dejada por las guerras y movimientos migratorios de la década de 1980 hacia Estados Unidos, así como el aparecimiento de las redes sociales ahí donde la dominación se calca desde el pensamiento de la élite. Esos deseos «pequeñoburgueses» han dejado de lado toda reinvindicación proletaria, pero también lo hacen porque la proletarización está muriendo; el trabajo humano ―para humanos― muere a cifras alarmantes.

Ya no lucharemos unidos por los medios de producción porque se los terminará quedando un politburó o simplemente porque los medios nos han esclavizado a todos y somos sus principales informantes no pagos; entonces lucharemos por poseernos a nosotros mismos (que es lo único que nos han dejado por ahora), por meternos en nosotros mismos como una mariposa arrepentida que vuelve a ser crisálida. En la década de 1960 la moral se liberaba del blanco y todos despreciaban a la propiedad. Hoy los homosexuales, abanderados de esta revolución individual, «matarían» por ir de blanco al altar o por ser dueños de Facebook… Porque sí, tú también tenías lazos blancos en la piel.

¿Quién es Nora Méndez?

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