Feminismo verde en Centroamérica y África

Nora Méndez_ Perfil Casi literalPara unas, el feminismo ha muerto. Se agotaron sus argumentos frente al status quo, se ha sumado al decorado de los Estados y las Academias, ha logrado la aprobación de leyes que de vez en cuando funcionan, ha ganado curules, ha propinado discursos que suenan lindos en las campañas electorales y hasta presidencias y patrocinios millonarios; se ha acomodado, pues, en su sillón morado a ver pasar los días y combinar su ajuar.

Sin embargo, para otras el feminismo reverdece al mismo tiempo que pasa (por fin) de moda. Irrumpe como Madreselva las oficinas mejor condicionadas de los palacetes donde se manda matar la vida; un neofeminismo que ―como todo lo real en un mundo cada vez más virtual― choca con su pasado más expuesto a los medios.

Las nuevas feministas están más cerca de las amazonas, de las mujeres mayas de Kaminal Juyú o de las dulces mujeres africanas que cantan y visten como verdaderos pájaros. Nuevas feministas alejadas de la dura retórica y parafernálica moda europea de las primeras sufraguistas o Coco Chanel, o aquellas ridículas flappers o el esmoquin de Marlene Dietrich, la minifalda y mi adorada Marilyn Monroe en jeans. Ahora parece todo más fresco, hecho a mano y en casa, cercano siempre al espíritu de Rosie la Remachadora pero con una cara amable, feliz y al medio de un bosque vestida de campesina. Tantas vueltas hemos dado como humanidad que de aquel razonamiento feroz hemos llegado nuevamente al mito de las hadas y la Madre Naturaleza.

Mujeres como Berta Cáceres, eco-feminista asesinada en su Centroamérica por oponerse a la parcelación de tierras para el cultivo de droga, son las nuevas feministas ya sin pose que no abogan por sufragios sino porque se devuelva el planeta a las progenitoras y a sus hijos: la humanidad entera. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo cómo vestía Berta Cáceres, pero sí las leyendas que sobre ella escuché y algunas que escribí, como que las plantas de la jungla hondureña le ayudaban a escapar del ejército cuando apoyaba el regreso de Mel Zelaya. En este giro radical, fresco, femenino pero también brutal, nos parecemos también a África, y lo digo con especial énfasis ya que solo vemos el lado negativo del asunto al escucharlo en voces tan terribles como las del actual presidente de Estados Unidos y sus funcionarios hombres. En 1977, Wangari Maathai fundó el Movimiento del Cinturón Verde para buscar formas de mitigar el cambio climático, conservar el medio ambiente y promover el desarrollo comunitario. Con el tiempo, el Green Belt Movement se ha convertido en un enorme proyecto de reforestación en África: solo en Kenia se han plantado más de 10 millones de árboles y más de 47 millones en todo el planeta.

Como dijera Vandana Shiva sobre la relación entre el eco-feminismo y los otros tipos de feminismos: «el feminismo que no es ecologista es una reproducción del patriarcado, que busca el empoderamiento de las mujeres en la forma masculina que hemos recibido del capitalismo patriarcal». Esta clase de feminismo ―para mí el verdadero― tiene otras implicaciones culturales como las relaciones hombre-mujer fuera del matrimonio occidental. La poliandria y el matriarcado son opciones que se contemplan desde esta visión descolonizante y expropiadora del poder del hombre sobre la mujer, poniéndola a ella al centro; sus hijos, su crianza, su salud e incluso su placer. Las mujeres ya no estaríamos luchando por salir de la casa y meternos a una fábrica sino todo lo contrario: lo haríamos por estar en familia, en nuestra tierra, cultivando y comiendo, proveyendo al mundo de alimento y cuidando del equilibrio de las especies animales y de la flora. Por eso para el capitalismo este feminismo es verdaderamente peligroso.

Si bien es cierto que la mayor parte de nuestras feministas centroamericanas aún no ha despertado su conciencia ecológica, hay cierto grupo de mujeres avanzadas que sí lo hacen y desde pequeños emprendimientos de siembra y lucha por el medio ambiente están comenzando a generar la diferencia de marchar cada 8 de marzo por los efectos de un capitalismo que no van a combatir yendo a la peluquería, ni comprando camisetas de Frida Kahlo, ni peleando por la moda con marcas como MD y tampoco subiendo fotos «transgresoras» a su perfil de Facebook. El feminismo, ahora, está afuera, a cielo abierto, volando, trinando, floreciendo; es nuevamente salvaje.

¿Quién es Nora Méndez?

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