El beso de un monstruo

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgLa forma del agua es la clase de película que uno debe ver enamorado, específicamente porque es la única condición mental que nos permite creer en absolutos. Acaso por años o por unas pocas horas uno se embriaga de placeres perfectos, dolores fulminantes y promesas de eternidades que realmente nunca nos pertenecerán. Enamorados nos reímos con tanta fuerza que se nos tatúa una sonrisa ineludible en la memoria. Supongo que por eso disfruté tanto la película de la señorita que fornica con un pez, porque puedo pensar que, en el fondo, algo así de fantasioso representa lo que humanamente podemos llegar a ser.

Los Óscares habrán perdido mucho de su impacto con la audiencia popular pero siguen siendo un curioso indicador de las preocupaciones sociales que estremecen al lado más privilegiado y glamuroso de las artes. Hemos escuchado suficiente sobre escándalos de racismo, sexismo y homofobia en la última década, y por eso no es casualidad que la película tenga por personajes principales a un homosexual, una afroamericana y una mujer muda. Ustedes en cualquier otro lado encontrarán mejores reseñas sobre la cinematografía, dirección y actuación, pero aquí me interesa explorar cómo, en pleno siglo XXI y en medio de numerosos movimientos esperanzados por la equidad social, hemos llegado a conmovernos con esta fábula ancestral y cómo se relaciona con el curioso progreso de nuestra consciencia cultural.

La forma del agua está desvergonzadamente basada en el cuento de La bella y la bestia que ―claro― fue traído a la modernidad por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont pero cuya trama ha tenido cientos de iteraciones en culturas patrilocales alrededor del mundo. La historia (una mujer virtuosa y bella aprende a amar a un monstruo) fue creada para sosegar las inseguridades de las jovencitas sometidas a un matrimonio arreglado. Pero la popularidad de esta trama se percibe de forma contemporánea en el éxito de obras como La bella y la bestia (animada o auto-tuneada) o El fantasma de la ópera.

Si bien la figura del monstruo inició como una reconciliación entre los (justificados) prejuicios de una jovencita comprometida con un desconocido, la subversión gradual de la dicotomía belleza-fealdad llegó a su cúspide cerca de la era victoriana, donde el monstruo vino a representar lo internamente siniestro. Los relatos de monstruos antropomórficos como el Prometeo de Frankenstein o el Conde Drácula encarnan el desequilibrio interno del hombre: la tendencia al vicio o el pecado y su posibilidad de redención a través de símbolos de pureza, preferiblemente con forma femenina y virginal.

Las historias de monstruos llegaron después al cine con una interpretación aún más malévola, y no hablo necesariamente de la zoofilia. Algunas décadas después de los movimientos de independencia en África y Latinoamérica, la figura del monstruo se empleó para infundir el miedo a los pueblos nativos entre las audiencias occidentales. Veamos un ejemplo como King Kong, la historia de un simio africano gigante que secuestra a la rubia gritona. El cine, diferente a la literatura, se trata de la imagen antes que el texto. No se requiere un amplio conocimiento en producción para entender que la trama simboliza el pánico provocado por el hombre negro, explotado para fines dramáticos como antagonista de la mujer blanca. La línea final en la película de 1933, repetida en su adaptación de 2005, es una deconstrucción del cuento de hadas original: la bella mató a la bestia. Con esas pocas palabras, King Kong introduce en la audiencia la estremecedora idea de un romance entre el monstruo y la rubia, pero no uno guiado por las virtudes ocultas sino por el miedo a la violación.

Se dice que Guillermo del Toro se inspiró en crear La forma del agua luego de que en la infancia lo conmovieran la rabia y tristeza del monstruo de la laguna negra en su película epónima. Su representación del monstruo contemporáneo, un hombre-pez incapaz de comunicarse como sus captores, pero dotado de poderes curativos y una profunda resiliencia, es una metáfora un tanto obvia para las minorías étnicas y sexuales. La relación entre el monstruo con Eliza, la protagonista muda, simplemente exagera el concepto de las «mayorías vocales» y la manera en que la discriminación se fundamenta en pilares tan enraizados en la sociedad como el mismísimo lenguaje.

Finalmente, el trasfondo de la Guerra Fría corresponde con una interesante tendencia que en los últimos años ha contagiado el entretenimiento popular, como lo evidencian las producciones de Netflix como The OA, Stranger Things o The Crown. ¿Podría ser este el ocaso del ya estereotípico relato de la Segunda Guerra Mundial? Ojalá que sí. Pienso que es momento de que evolucione nuestra mitología pop, así sea con las fábulas de siempre en interpretaciones que rescatan la inocencia y pureza que le quedan a la humanidad. La Guerra Fría evoca la cortina emocional que paradójicamente hemos creado con nuestro mundo virtual: perennemente conectados y a la vez desconocidos. Posiblemente ansiamos esa arcaica confianza ciega en la humanidad, cada vez más enterrada con escamas y colmillos, y quizá por eso no hemos tenido el valor de acercarle un beso a lo que vale la pena.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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