Ríos Montt y las memorias del oscurantismo

LeoRecuerdo aquella mañana del 23 de marzo cuando la maestra entró a la clase diciendo que la situación se había vuelto crítica para Guatemala y las monjitas nos regresaron a nuestras casas. Yo estaba en quinto grado de primaria y ya podía volver a casa solo, así que, aprovechando mi precoz independencia, me fui caminando por la Avenida de los Árboles hasta la iglesia de San José, luego subí por toda la quinta calle hasta el restaurante La tortilla veloz, donde ya no pude pasar. A mis once años no imaginaba la dimensión que tenía aquella expresión que por primera vez oía: «golpe de Estado». Entonces ¿Guevara ya no sería presidente? ¿Pero cómo era posible, si había ganado las elecciones tras una fuertísima campaña electoral y el estribillo de su campaña se le había grabado a todo el mundo?

Tampoco era la primera vez que escuchaba el nombre ese de Ríos Montt. Mi mamá había contado que, en las elecciones de 1974 había votado por él, cuando todavía era un aprendiz de genocida. Sin embargo, el triunfador por aquel entonces había sido Kjell, con aquel su desquiciado hijo que, con su abierta homosexualidad pregonando a los cuatro vientos, dio de hablar y le puso los pelitos de punta a la puritana sociedad, sacudiéndola más que el mismo terremoto.

Los cierto es que durante esos años oscuros que ocuparon los gobiernos de Romeo Lucas García, Efraín Ríos Montt y Humberto Mejía Víctores, a pesar de que mi única obligación era enfocarme en mis estudios y dedicar el resto del tiempo libre a jugar, los hechos acaecidos eran tan atroces que terminaban llegando a mis oídos como si fueran parte de otro mundo, un mundo completamente alejado al que yo conocía. Sin embargo, nunca pude ignorar que estaban ahí.

Los recuerdos bullen de manera desordenada y solo leyendo acerca de la etapa más cruenta del conflicto armado he podido darles una sucesión cronológica. No obstante, los nombres de figuras malévolas como las de Pedro García Arredondo, German Chupina Melgar, Manuel de Jesús Valientes Téllez o Donaldo Álvarez Ruiz hacían temblar a la población de aquel entonces.

Sabía que las cosas no andaban bien en el país ni en la región cuando las monjas del colegio hacían misas y rezaban en las plegarias por los centenares de muertes que ocurrían en Nicaragua bajo el régimen de los Somoza; o con los enfrentamientos, muertes y desapariciones ocurridos en El Salvador y Guatemala. Sabía que no estaban bien cuando, por buscar las tiras cómicas, terminaba leyendo en la Prensa Libre las noticias sobre los secuestros, desapariciones forzosas, muertes, masacres en aldeas, bombas y balaceras en el centro de la ciudad. Teleprensa y Aquí el mundo eran una especie de voces apocalípticas que, día a día, reportaban todo aquello.

En ese tiempo, si te portabas mal, tus padres no vacilaban en amenazarte con que te llevarían al ejército, y es que en verdad eran escalofriantes esas historias que contaban sobre la manera en que reclutaban a los muchachos en los pueblos, en contra de su voluntad. Mucho menos que alguien fuera a mencionar las palabras «guerrilla» o «comunismo» porque era como invocar a Satanás. Recuerdo el día que con mi hermano pintamos grafitis en una pared de mi casa y nuestra abuela nos regañó porque mi hermano mayor había escrito la palabra ORPA, que, por cierto, pasó pintada por años sin que los de la Judicial ni los del Comando V supieran de su existencia.

La quema de la embajada de España, la masacre del paraninfo universitario, el descubrimiento de cementerios clandestinos, los secuestros de la Panel Blanca, las noticias lejanas de masacres en las Dos Erres o en el triángulo Ixil, los nombres de víctimas como Fuentes Mohr, Colom Argueta y Oliverio Castañeda fueron cosas con las que fui creciendo. ¿Cómo ignorar que el mundo era amenazante y agresivo cuando oías todos los días que mataban a profesores universitarios, periodistas, estudiantes y dirigentes sindicales? ¿Cómo evitar el horror cuando oías que mataban pueblos completos, que violaban a las mujeres y asesinaban a los niños? No se necesita ser una persona mayor para comprender semejantes barbaries. Quizá no entendía con exactitud lo que pasaba cuando, desde mi casa, se veía en llamas la casa de Valiente Téllez tras un atentado en su contra o cuando se detuvo el tráfico en la calzada José Milla y Vidaurre con el atentado contra la residencia de Donaldo Álvarez Ruiz, pero tenía la certeza de que en nuestro país las cosas no iban nada bien. No se necesita ser una persona mayor para percibir el temor y la muerte que te rodea. No se necesita llegar a ser mayor para comprender que, si la policía judicial llegaba de madrugada a alguien de su casa para llevárselo y desaparecerlo, era porque algo malo sucedía. Esos eran muchos de los relatos que se oían en la época.

Nunca olvidaré la cara de Ángel, aquel muchacho de mirada felina y cabellos castaños que había llegado a aquella fiesta todo vestido de blanco. Pasó toda la noche haciéndole la corte a mi hermana, la mayor, mientras que en el estéreo sonaba incansablemente el disco del Noa Noa de Juan Gabriel y que por aquella época estaba tan de moda. Todo mundo sospechaba y susurraba que Ángel, ese muchacho de manos largas y finas, era un guerrillero. Esa fue la primera y última vez que lo vi. Él se iría en pocos días a un viaje, según decían las malas lenguas, a México; pero ya nunca se volvió a saber nada de él. Lo que después se rumoraba era que probablemente había muerto en las montañas. Cuando años más tarde leí El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, no pude evitar compararlo con Miguel Cara de Ángel, y no solo por el nombre sino por ese halo subversivo que lo acompañaba.

Hoy no entiendo por qué muchas personas de mi edad ―e incluso mayores que yo― niegan la guerra, las masacres, los crímenes de lesa humanidad, el genocidio. Los hechos fueron irremediablemente tan traumáticos que hasta un niño de 8 o 10 años como yo, alejado de ese mundo terrible, pudo tener una noción de su gravedad.

Si bien es cierto que hubiera preferido que el genocida Efraín Ríos Montt se pudriera en prisión, su muerte me llenó de tranquilidad. Después de todo, es un alivio saber que ya no se comparte el mismo aire con un ser tan retorcido y malévolo como él. Aunque el camino para el reconocimiento y la aceptación de la memoria histórica es largo, espero que de ese buitre no quede nada sobre la faz de la tierra y mucho menos una memoria que lo enaltezca como héroe. Una salud porque así sea.

¿Quién es Leo De Soulas?

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