El libro como objeto de morbo

Noe Vásquez Reyna_ Perfil Casi literal.jpgAcabamos de pasar otro 23 de abril… nos lo recuerda un hashtag, una imagen en redes sociales con frases de autores famosos, un meme basado en la publicidad de librerías Gandhi, un minuto a la intelectualidad y a la evolución humana. Un «feliz día del libro», pero…

En lo personal, el libro, ese conocimiento portable que no requiere energía, es el mejor invento hasta ahora. Ese objeto es tan íntimo y egoísta, tan discreto, polifónico y polifacético, pero no tiene los fans suficientes para que las atrocidades (bombardeos, violencia sexual, represión política y desigualdad) dejen de ser tendencia en las sociedades actuales.

Ojalá fueran más las personas que se enamoran de los libros cuando los ven, cuando los tocan y los huelen. Es algo casi erótico si lo piensan: hay deseo, interés, un brillo en la mirada como cuando se sabe que significa algo más. Pero no todo el mundo adora ni comprende las librerías pijas o de usado aunque sí hay quienes pueden pasar horas ojeando y hojeando. ¿Cómo se transmite el morbo por acumular y tomar sin orden y casi como pecado (eso prohibido que tanto se quiere hacer) dos, tres, cuatro libros para distintas ganas por las noches? Y encima llevar uno distinto en la mochila que se dobla, que se mancha, pero que salva en las filas de banco y otras esperas.

Me gusta la idea de cambiar el mundo con libros, pero eso requiere más pasos y acciones; procesos más largos y estables para que, por ejemplo, un niño centroamericano lea o tome por voluntad propia y de manera accesible un libro en sus manos.

En una plática muy agradable vía Skype con estudiantes hondureños de séptimo grado, una chica me preguntó qué le recomendaría leer. Mi respuesta fue un poco así: «Tendría que verte a los ojos y conocerte más para recomendarte un autor o un libro, porque si no, puede que no te guste y yo me equivoque». Les dije que se acercaran a los libros que les gustaran, como cómics, y que platicaran con más gente sobre esos gustos, y que, si querían empezar a escribir, tendrían que leer mucho primero, así como un círculo vicioso, porque eso les daría vocabulario, ideas y creatividad.  Talvez mis consejos no sirvan de mucho, pero eso de leer premios Nobeles a los trece años no siempre funciona. A mí no me funcionó.

Es la tercera vez que hablo con chicas y chicos de estas edades sobre libros y me doy cuenta de que esperan que los escritores sean una cosa muy distinta a ellos mismos. Quizá los artistas le han subido decibeles a su imagen de seres dotados de musas, pregonando retóricas, metáforas y cosas profundas que no estoy segura de si ellos mismos entienden. Los niños tienen la capacidad de intuir la honestidad, la pena y la curiosidad, pueden intuir si un libro es bueno según les mueve las ideas y si la historia los captura. Ellos también tienen decisiones.

Fomentar amor y hábitos no bélicos no es fácil con el bombardeo constante de odios y competencia. Tampoco es fácil cambiar el chip cuadrado y conservador. Cuando hablábamos con los niños sobre el final de un libro les pregunté qué final hubieran preferido. “Que los papás de la protagonista se reconciliaran”, dijo un chico. A lo que contesté: “Pero los papás de la protagonista no están peleando”. “Ah, es cierto, pero que terminaran otra vez juntos”, agregó. A lo que le respondí: “Es que el papá ya está casado con otra mujer y es feliz”.

Yo abogo porque las historias fantásticas y para niños (y para grandes) logren conexiones con contextos reales. También hablamos de que los libros nos dan posibilidades: de ver distinto, amplio, de reflexionar sobre las conexiones humanas, de divertirnos. Otro de los chicos dijo que se había identificado con la historia, que le recordaba cuando él era más pequeño, con cierta añoranza de alma vieja. Sentí que los niños de ahora crecen más rápido de lo que nosotros lo hicimos y que cada vez las posibilidades son menos.

[Foto de portada: Alan Lin]

¿Quién es Noe Vásquez Reyna?

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