Roque Dalton, o el poeta que se creía revolucionario

Alfonso Guido_ Perfil Casi literalCondiciones humanas como el inconformismo, la avaricia, la ignorancia, el egoísmo, la indignación o la esperanza han provocado las expresiones artísticas más sublimes de la historia. Por eso es tan irónico que imposiciones tan dañinas como la religión o tan absurdas como el nacionalismo ―ambas, de por sí, históricamente fallidas― hayan inspirado obras como La piedad de Miguel Ángel, La Libertad guiando al pueblo de Delacroix o el hermoso himno que el poeta cubano José Joaquín Palma escribiera para Guatemala y con el cual ganó un concurso del que también fue jurado, demostrando así que fraude y merecimiento no siempre son obligatoriamente contrarios.

Ahora bien, ser un artista rebelde hace mucho que pasó a convertirse en un cliché, sobre todo cuando se trata de poetas. La intención de la obra de arte ―de la verdadera obra de arte― siempre ha sido puramente estética, nunca de denuncia, y «todo lo demás son pajas», como dicen por ahí. Hablar de arte comprometido ha sido la mayor farsa humanista de los últimos dos siglos. Por eso suelo preguntarme cuán artista puede ser el pintor que se preocupa más por plasmar una imagen grotesca que por el trazo y la combinación de colores sobre el lienzo, o el cantante que se esmera más por la letra que por la armonía, o el novelista que se empeña en describir la realidad en lugar de contar una buena historia. De igual modo, la poesía pierde su valor cuando lo único que hace es gritar el resentimiento del autor y obvia por completo el uso estético del lenguaje a partir del ritmo, la musicalidad y la creación de imágenes auténticas.

Es gracias a esa farsa que abundan las vociferaciones populares muy mal disfrazadas de poesía. Véase, por ejemplo, este pretensioso monumento al martirio, a la lambisconería y, sobre todo, a la exaltación de causas perdidas, firmado por Otto René Castillo:

Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.

Yo bajaré los abismos que me digas.

Yo beberé tus cálices amargos.

Yo me quedaré ciego para que tengas ojos.

Yo me quedaré sin voz para que tú cantes.

Yo he de morir para que tú no mueras,

para que emerja tu rostro flameando al horizonte

de cada flor que nazca de mis huesos.

Tiene que ser así, indiscutiblemente.

Ya me cansé de llevar tus lágrimas conmigo.

Ahora quiero caminar contigo, relampagueante.

Acompañarte en tu jornada, porque soy un hombre

del pueblo, nacido en octubre para la faz del mundo.

Ay, patria,

a los coroneles que orinan tus muros

tenemos que arrancarlos de raíces,

colgarlos en un árbol de rocío agudo,

violento de cóleras del pueblo.

Por ello pido que caminemos juntos. Siempre

con los campesinos agrarios

y los obreros sindicales,

con el que tenga un corazón para quererte.

Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.

En Latinoamérica es bastante común que los estudiantes en edad colegial memoricen poemas de esta tipología para recitarlos, obligatoriamente, durante los actos cívicos. Textos así suelen recogerse en antologías de variada calidad, desde ediciones escolares piratas hasta piezas de colección, disponibles en cualquier librería de barrio o en un almacén elitista en un mall. Respecto a este poema, una editorial recién inventó el agua azucarada tras consultar el manuscrito original y corregir la conjugación «vámonos» por «vamos» en su título y sus versos, valiéndose del pretexto ideal para relanzar una edición con finos acabados, pero a fin de cuentas igual de vacía.

*

Como dije, no es difícil encontrar textos como el que cité arriba en cualquier venta de libros, pero no se corre con la misma suerte cuando uno busca la poesía de Roque Dalton, salvadoreño, acaso el mejor poeta de la literatura centroamericana después de Rubén Darío y cuya obra la crítica especializada suele clasificar como «poesía de protesta» o «poesía revolucionaria» (dependiendo la fuente), encajonándola junto con la de otros pendencieros centroamericanos. Aunque su naturaleza sea similar, la intención de la poesía de Dalton no solo es deleitable al oído y al inconsciente, sino que ―contrario a los panfletos que algunos pseudo-poetas suelen versificar― va mucho más allá de aullar que somos pisoteados por el gobierno, o por el imperialismo, o por la sociedad, o por la vida entera incluso, por lo que debemos levantarnos en armas, en voz, en pantuflas o en lo que sea.

El mes pasado, en San Salvador, fui a la sucursal de una cadena de librerías centroamericana en búsqueda de poemas de este poeta salvadoreño. Cuando llegué me condujeron al rincón más escondido del local, donde se encontraba la sección de literatura salvadoreña conformada en un 90% por novelas de Horacio Castellanos Moya pero ni un solo poemario de Dalton, ni siquiera en antologías escolares. Más que un libro de poemas, lo que buscaba era redimir mi relación con la poesía revolucionaria que la crítica se empeña en encasillar como la voz de un pueblo oprimido pero no como la herencia de siglos de un arte-poética; esa redención que hasta ahora solo ha hecho posible Roque Dalton con versos tan hermosos como los de este y muchos otros poemas:

Junto al dolor del mundo mi pequeño dolor,

junto a mi arresto colegial la verdadera cárcel de los hombres sin voz,

junto a mi sal de lágrimas

la costra secular que sepultó montañas y oropéndolas,

junto a mi mano desarmada el fuego,

junto al fuego el huracán y los fríos derrumbes,

junto a mi sed los niños ahogados

danzando interminablemente sin noches ni estaturas,

junto a mi corazón los duros horizontes

y las flores,

junto a mi miedo el miedo que vencieron los muertos,

junto a mi soledad la vida que recorro,

junto la diseminada desesperación que me ofrecen

los ojos que amo

diciendo que me aman.

Hay revolucionarios verdaderos que han muerto creyéndose poetas, pero también hay poetas verdaderos como Roque Dalton ―a quien cobardemente asesinaron hoy hace 43 años sus propios camaradas y sus propios ideales―, que han muerto creyéndose revolucionarios. Todos ellos tienen en común la ingenuidad.

¿Quién es Alfonso Guido?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. ¡Maravilloso! Un artículo que, al fin, redime a los verdaderos poetas y saca a relucir al sol los trapos sucios de los vendidos al fanatismo de cualquier facción.

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