Crimen y castigo por ser millennial

Rubí_ Perfil Casi literalA quienes nacimos a principio o durante la década de 1980 y vimos entrar al nuevo siglo, se nos enamoró con leyendas urbanas muy entretenidas. En 1998 se popularizó el Y2K, oíamos hablar del fin del mundo o del relevo de las personas por robots. Lo que no nos dijeron es que mientras veíamos series enlatadas de televisión como Melrose Place o Papá soltero, o cuando escuchábamos música en el walkman, luego en el discman, después en el reproductor mp3, se nos estaba desintegrando como personas para reciclarnos en una categoría de sociomercado que no es del todo benévola: el millennial. Ya saben, ese individuo producto de la música sintética de MTV, consumidor de comida chatarra, con déficit de atención y que no logra leer un libro completo, pero sí puede armar una base de datos desde su smartphone. Ese sujeto incapaz de sostener una conversación, que está conectado todo el día y cuyas aspiraciones laborales apuntan a la estratósfera.

¿Es así? En realidad, no. De hecho, las categorizaciones foráneas como millennial, baby-boomer o Generación X, poco han ayudado a la misma era de globalización de la que se analiza y se escribe tanto, porque todo estudio, video, meme o tuit que bucea infecundo en las gónadas de la red, se suma a otros y así se construye un panorama de derrota para el millennial que lo es sin haber querido serlo nunca, cual sucedió con las generaciones anteriores.

Los millennials somos los hijos de todos y de nadie. Primogénitos de la tecnología (dicen), pero abortos en la fe a los sacramentos; prototipos de ateos, más cívicos que patriotas, que montamos sinagogas en los centros comerciales. De las guerras recordamos lo que el pozo de la infancia nos permite y según algunos no podemos opinar respecto a ellas porque no las vivimos… y así la vida.

Lo arriesgado del sello de la bestia millennial es ser la excepción a la regla. Me refiero a que la categoría millennial no aplica a, digamos, un agricultor guatemalteco de 22 años de El Quiché, o a una mujer somalí (con ablación clitoriana y todo) de 25 años con 4 hijos. Por más que en Somalia o Guatemala existan índices de desarrollo y esto facilite algunos fenómenos propios de la era moderna ―como el uso de internet―, ser millennial es un condicionamiento cultural que colocan en desventaja a quienes no son, pero tampoco pueden dejar de ser.

Además, es poco justo acusar al millennial de despistado, adicto a las redes sociales o consumista de autoestima anoréxica. No es necesario haber sido parido al son de la «Lambada» para encubar conductas relacionadas con la modificación de los hábitos de acuerdo con el uso de la tecnología porque esta no discrimina usuarios, sino acceso y recursos.

Ser millennial es el nuevo crimen y castigo; es mucha responsabilidad cuando se crece en un desarrollo provinciano y hay que peinar el pajar de las oportunidades. Fatiga fallar, verse obligado a dar soluciones de segundos, despertar para flagelarnos si fallamos, creyendo que al no resolver una operación mental sencilla somos desperdicio humano; culparnos por lo que desconocemos y correr por saber más que cualquiera, pues nunca untamos ungüento en heridas de guerra. A los millennials se no hizo tarde ya, incluso para serlo.

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?

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