Centroamérica y el mito de la caverna

Nora Méndez_ Perfil Casi literal¿Cuántas veces hemos escuchado en los debates presidenciales la palabra droga? ¿Cuánto se discute sobre el tema de drogas en Centroamérica? ¿Cada cuánto nos enteramos de una mini cumbre privada de las fuerzas armadas o policiales para su combate? ¿Cuánto hablan los medios del problema de la droga? ¿Cuántas veces un centroamericano común piensa, reflexiona y habla acerca de droga? Si en la década de 1970 la consigna era Yankee go home, ahora en la de 2010 es tema de moda «Ver, oír y callar». Yo misma debería callar en este momento, mas no, pues Lo que callamos las mujeres es otro programa y otro formato, así que prosigamos.

Estamos acostumbrados a pensar en los cárteles de la droga fuera de Estados Unidos, radicados en México y Colombia. De hecho la literatura promovida por las editoriales Planeta, Alfaguara y Penguim Random House han contribuido a ese pensamiento. No menos se puede decir de la industria de la telenovela y de actores como Sean Penn y Kate del Castillo, pero lo cierto es que existen narcotraficantes en la Grande Babilone tales como Larry Hoover, líder de la «Gansters Disciples» y preso, según fuentes periodísticas, en una cárcel de Illinois desde 1973. Es acusado de organizar fuera y desde ese lugar a maś de 100,000 colaboradores para la distribución y venta de LSD, cocaína, marihuana y heroína. Una práctica similar a la de cualquier multinacional, pero desde el kiosko penitenciario. Valió madres Wall Street.

Las conductas de las que se acusa a Hoover y el sistema penitenciario gringo son exactamente las mismas de las cárceles centroamericanas: permisividad para desarrollar actividades delictivas por medio de tecnología y pocas medidas de movilización. O sea, los gringos son expertos en Guantánamo pero neófitos en sus propias cárceles. La «Gansters Disciples» recolectaba ―de acuerdo con una publicación de Semana― cerca de 100 millones de dólares anuales. ¿Dónde estabas, Tío Sam? Ya sé: estableciendo políticas tributarias en América Latina. Ok. Me queda claro.

A la MS-13 de El Salvador, cuyos principales colaboradores son pastores evangélicos y microempresarios, se le han incautado en los últimos dos años un poco maś de cuatro millones de dólares en efectivo y bienes como flotas vehiculares de lujo, casas e inmuebles en las que funcionaban sus empresas. Al igual que en Estados Unidos, estas estructuras ligadas a la narcoactividad funcionan como gobiernos paralelos que controlan zonas a las que dominan por medio del terror y cobranza a sus habitantes de una renta o impuesto mensual por dejarles vivir, pasar y trabajar. Lo mismo está sucediendo en México, sin embargo, Estados Unidos oculta su problema casero y explota contra el problema en la región centroamericana solicitando la complicidad eterna de México. En otras palabras, los vaqueros vienen a combatir su propio modelo en nuestra casa. Primero nos lo exportan y luego nos lo reclaman. ¿Por qué? Unos dicen que lo hacen de forma interesada para eliminar gobiernos que son «amistosos» con cárteles que son adversos a los suyos. Habrá que indagar al respecto, pero ¿quiénes pueden indagar sino ellos mismos? En países poderosos como Rusia, Estados Unidos, Inglaterra o Francia no existe todavía un poder mundial que pueda establecer comisiones internacionales de combate a la corrupción o a la narcoactividad. La desigualdad mundial no se combate.

De hecho, uno de los periódicos digitales de El Salvador está financiado por fundaciones norteamericanas millonarias y son las principales fuentes de información acerca del pensamiento de las pandillas, pues les sirven como difusores en contra de los políticos salvadoreños. Uno de esos financistas ―no comprobados, pero sí mencionados por la vox populi― es el judío húngaro George Soros, reconocido planetariamente como un capitalista confeso que lucha contra el comunismo mundial. Esto vendría a confirmar la hipótesis de que las maras se están combatiendo desde Estados Unidos con intereses político-comerciales, pero seguramente el trasfondo es mucho más complejo como todo en este nuevo inicio de milenio.

En El Salvador el promedio de muertes diarias ha llegado a oscilar entre 20 y 11 personas. Durante el gobierno de Mauricio Funes trascendió que hubo una tregua entre el gobierno y las pandillas para reducir el número de muertes conque los grupos fuera de la ley presionaban al gobierno. De hecho, uno de los mediadores de la tregua fue un opinólogo de los medios masivos de opinión que daban gran relevancia diaria al tema de los muertos. Los grupos partidarios se vieron involucrados en conversaciones y pactos con las maras. Empresarios de alto nivel han sido señalados de ser narcotraficantes y otros han hecho públicas sus batallas legales contra líderes de cárteles de droga con quienes disputan el terreno comercial, como es el caso de las harineras. Sin embargo, de forma intencionada, el tema de la droga y del narcotráfico ha sido tratado desde la óptica de las pandillas y la violencia social, invisibilizando sus causas externas.

El gran problema de la droga y la narcoactividad se invisibilizan a diario por medio de los repuntes de violencia feminicida, social, económica, política, migración forzada, etcétera; los cuales tampoco son tratados ni resueltos por la clase política, sino que forman una vorágine informativa difícil de digerir y que provoca oleadas de morbo e indignación que no mueve más que los dedos de los internatuas. Los medios que son temporales, diarios y en su mayoría sensacionalistas dedican espacio relevante a las noticias que concuerden con su agenda política propia y/o su agenda comercial. El periodismo informativo es muy poco, y de lo poco, todo está concentrado en botar el poder político visible actual pero no en botar el sistema mundial que nos tiene a todos viviendo en la caverna. ¿Quién nos iba a decir que el narcotráfico, la droga, tienen que ver con lo mal que nos va en la vida, con que no nos suban los sueldos y nos aumenten la canasta básica cada cien días? ¿Quién nos iba a decir que las muertes de tantas mujeres y niños, que el aborto, que la lucha de los homosexuales y todo cuanto pulula tiene que ver con el paso de la droga, que son temas bajo los que está pasando la droga? Y hay que decirlo también: son temas importantes, vitales, que por ser usados como espejismo no se tratan ni maduran hacia soluciones integrales. Estamos siendo desintegrados como átomos, incapaces de recuperar raciocinio y fuerzas para juntarnos como sociedades.

Lo anterior también nos indica que desde que el FMLN llegó al poder, el negocio de la droga y de los cárteles o pandillas pasó del control al descontrol, probablemente al entrar nuevos agentes en la competencia. Diferentes son los casos de Nicaragua, Costa Rica y Panamá, donde el orden político y social ha establecido una suerte de disciplina en el paso y manejo de la droga. La gobernabilidad favorece también el negocio criminal. Es un hecho.

Pero volvamos a El Salvador, donde la sangre crece y escasea el agua al mismo tiempo en las comunidades rurales. Mi país mantiene el salario mínimo más bajo, la tasa per cápita más alta de remesas y la más alta tasa de migración forzada. Los movimientos sociales no existen y lo poco que hay de manera formal ―como sindicatos, gremiales e institutos― no guarda independencia ni del Estado ni de los diferentes grupos de poder. Guatemala y Honduras nos siguen en mucho menor grado en temas de migración y remesas, sus clases medias y estudiantiles, principalmente de las ciudades, lideran movimientos de lucha que intentan mover estructuras criminales en el poder. No van triunfando, pero existe una conciencia ciudadana que lucha.

En Nicaragua la protesta social se ha encendido luego de una medida de ajuste estructural impulsada por el sempiterno gobierno de Daniel Ortega, que cogobierna con la figura de la oposición Arnoldo Alemán y la empresa privada regional y nicaragüense. Hasta hace unas semanas, la empresa privada y Estados Unidos apoyaban de forma tácita a este gobierno, pero han visto en la genuina protesta estudiantil y su cuota de sacrificio una salida viable y oportuna para prescindir del poder acumulado en once años consecutivos por Ortega en el poder. Pero las protestas son reales, los sentimientos de los jóvenes son auténticos. Nicaragua es un lugar atemporal donde no solo se llora por un muerto, aunque sea uno, sino que se pelea porque nadie más muera. En Nicaragua existe un amor que no conocen los demás pueblos del istmo.

Costa Rica vive apegada al guion: mientras mantenga intacta su democracia formal y la permisividad democrática con movimientos LGBTI y pro-abortistas, tampoco harán mucho por plantearse seriamente el tema del narcotráfico y la droga como eje central de la desestabilización y atraso de toda el área centroamericana. Aquí existe un amor propio que le falta a todos los demás países.

Panamá, por su parte, se conmueve al compás de las olas de su recién propio canal y resiste los embates del periodismo internacional alentado por la lucha de los grandes poderes que indagan sobre los paraísos fiscales que empobrecen a otros pueblos. Acá estamos hablando de un egoísmo, pero que al fin y al cabo, mantiene a flote a los panameños.

El Salvador es el terreno más golpeado por la indiferencia y conveniencia de los demás países. Aquí se estableció por medio del poder real y el político un control absoluto de la sociedad, al grado de que muchos digan que está muerta, ya ni siquiera «medio vivos y medio muertos», como dijera Roque Dalton. Los ricos son los únicos que viven en su cómodo debate de prioridades para seguir creciendo sus ganancias, los pobres están sitiados y silenciados por las maras y su poder mortal; y una clase media decadente, casi extinguida, reacciona de vez en cuando, pero solo a través de redes sociales, solo cuando se le provoca, quizá para saber si todavía existe y ver qué está comprando, pues a falta de lujos consume problemas.

La región centroamericana es un mito político pero una realidad criminal y cultural. Quizá tomando eso como cierto podríamos despertar a ejemplos como los del Uruguay y Pepe Mujica, que optaron por aceptar que lo más atractivo para ofrecer comercialmente era su marihuana y que, por tanto, había que legalizarla en el terreno propio. Así como los gringos nos venden su Coca-Cola y sus hamburguesas, nosotros debemos legalizar nuestros venenos. Si el mundo dice globalizarse y la desigualdad no se combate, entonces hay que vivir la cultura como lo que es en este mundo: un factor comercial. En las canciones y vídeos de reguetón sí se habla de droga, se ve el mundo de las drogas. Solo ahí se habla desde las fantasías promovidas, a diferencia del rock, que también las habló, pero desde su perfil más decadente.

Pero lo que está bien claro es que Centroamérica no existe como región política. Y si existe, lo hace dividida como un rompecabezas inconcluso por quien lo arma. A veces es mejor dejar las cosas como están. Las primaveras nicaragüense y guatemalteca nos hacen sospechar o nos conmueven. Las murallas de Trump en la frontera nos preocupan o nos alegran. En esta microregión pasan la vida o la muerte ya casi sin asombrarnos, aceptamos que los pobres mueran como los peces en los ríos que contaminamos. Sabemos que el tema del agua está pendiente para todos y que ya venimos siendo como un río de lágrimas y sangre. Intuimos que estamos al borde de muchas muertes, pero eso tampoco nos importa porque vamos rodando cuesta abajo. Resentimos la subida de temperatura que el cambio climático nos supone y encendemos un ventilador que solo agravará más el tema, despotricando contra la factura de luz pero jamás contra la acción de sociedades como Estados Unidos, que consumen como gigantes y gastan más energías cada vez menos renovables y dejan más desechos en los mares. Miramos a diario la foto de alguien desconocido en la sección de muertos nacionales para que esa sombra nos haga olvidar de la muerte mayor, la colectiva muerte del medio ambiente. ¿Cómo olvidar que al bosque El Espino lo convirtieron en centros comerciales, que a Nicaragua la dinamitaron para abrir un canal interoceánico, que casi se extinguieron los quetzales y que mataron a Berta Cáceres? La droga, su cultivo, quitaría las escasas tierras centroamericanas al cultivo de nuestros propios alimentos, pero no importa pues no cultivamos y creemos que nuestra vida depende de un escritorio y una laptop. Por eso se escuchan de nuevo voces que quieren concentrar la tierra, ya no queda nadie que los detenga como se intentó por última vez hace cuarenta años. Los medios nos hacen mirar hacia el marero tatuado para olvidar al político y el narcoestado, igualmente o más peligrosos.

Y así, en esta caverna, seguimos escribiendo signos y sombras hasta que volvamos a vivir afuera, en la realidad, sin Facebook, sin Twitter, sin Instagram. Pero ¿nos será posible escapar del nuevo gobierno mundial digital? ¿Queremos escapar? Y ¡ay!, pobres los que se atrevan a salir y volver para liberar a los esclavos, pues seguramente dirán «Están drogados».

¿Quién es Nora Méndez?

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