La violencia no se soluciona con leer la Biblia

Lahura Emilia Vásquez Gaitán_ Perfil Casi literalCuídense de los profetas mentirosos, que dicen que hablan de parte de Dios. Se presentan ante ustedes tan inofensivos como una oveja, pero en realidad son tan peligrosos como un lobo feroz.

 Mateo 7:15

Recientemente, los legisladores del Congreso Nacional de Honduras han propuesto la lectura diaria de la Biblia en los centros de enseñanza con el objetivo de reducir la violencia en las escuelas, creen que con esto disminuirá el problema. A juzgar por su proceder, ninguna de las autoridades que nos gobiernan pareciera comprender la complejidad del proceso educativo cuyo propósito fundamental siempre será liberar el pensamiento, nunca someterlo. En el mundo de la ciencia, la relación causa-efecto es crucial y si se quiere cambiar un efecto habrá que ir directamente a su causa. La violencia tiene una larga lista de causales y en ninguna de ellas está la falta de lectura de la Biblia. Esto nos plantea dudas alrededor de la intención que subyace detrás de una propuesta de esta naturaleza.

“Leer las Biblias en las escuelas y colegios para disminuir la violencia” es una propuesta que carece de inocencia y lleva implícitos estereotipos que arrastran prejuicios que son altamente peligrosos. Primero, se presume que quienes leen la Biblia son automáticamente menos violentos que las personas que no lo hacen. Dentro del ámbito científico, afirmar la validez de algo implica realizar suficientes experimentos alrededor de determinada situación, obteniendo siempre los mismos resultados; sin embargo, no existe evidencia alguna de que las personas que lean la Biblia sean menos violentas ―ni más buenas, ni más honestas, ni mucho menos más probas― que el resto. Lo que sí está medido son los indicadores de desarrollo humano a nivel mundial, donde los países con menos creyentes se llevan las mejores puntuaciones (Suecia, Holanda, Alemania, Gran Bretaña). Otra correlación se da entre la formación académica y el nivel de escepticismo religioso: mientras más bajo sea el nivel educativo de una persona, es más probable que sea creyente. Y por si fuera poco ―para la vanidad de los ateos, agnósticos y escépticos― las formaciones académicas altas son un rasgo distintivo que, al menos en promedio, caracteriza a este grupo. No sorprende que en un estudio realizado en 2012 por el Pew Research Center de Estados Unidos revelara que los integrantes de estas minorías saben más sobre religión que los mismos religiosos: al aplicárseles cuestionarios, su nivel de aciertos fue más alto que el de los creyentes.

Una segunda idea equivocada que se deriva de esta propuesta es que las mayorías pueden imponerse por sobre las minorías dado que al ser muchos, tienen más derecho. En Honduras, un gran sector de la población pertenece a la religión cristiana, particularmente católica o evangélica; no obstante, existen grupos que pertenecen a otras denominaciones o que simplemente no tienen ninguna. Ahora bien, los costos de la educación del país no corren a cuenta de solo algunos grupos, sino que la pagamos todos ―creyentes o no― porque el sistema educativo se sostiene con dinero de impuestos que paga cada ciudadano. Por suerte, esto permite que tenga carácter público y sea de libre acceso para todos y todas; es así porque ―al igual que la libertad de conciencia― la educación es un derecho humano y cualquier Estado que se precie de ser democrático debe garantizarla. Dar preferencia a algunos grupos religiosos otorgándoles privilegios dentro del ámbito educativo es un acto que falta al principio de igualdad y que en nada contribuye a respetar la pluralidad y diversidad.

Tercero, se olvidan de que la escuela es un espacio para el aprendizaje de conocimientos científicos, no de doctrinas de ningún tipo. Leer la Biblia a jóvenes que aún están en desarrollo es una forma de amañar un proceso formativo que tiene como propósito brindarles herramientas para construir criterios propios, independientes y autónomos, precisamente para evitar que sean sujetos de subyugación. Es un acto de oportunismo deleznable creer que tenemos autoridad para imponer doctrinas a individuos que también tienen derecho a elegir, pensar y sentirse diferentes. No en vano el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce que toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, y eso incluye a los jóvenes aunque estén bajo nuestra protección y cuidado.

Para los apasionados más intensos, quien no comparta la propuesta debe ser un mal ser humano y ―encima de todo― ateo. No, no se equivoquen. El Estado laico es defendido por muchos grupos, incluso religiosos, porque es la expresión máxima de tolerancia y respeto. Garantiza la inclusión de todos los sectores por más divergentes que estos sean y porque es la única manera de alcanzar igualdad en la diversidad.

Detrás de esta propuesta se disfraza una intención silente que no es la de formar en valores. Los temas de valores, espíritu y conciencia son tan profundos que no se circunscriben a la escuela, comienzan en la casa y los capitaliza, en su conjunto, la familia y la sociedad. Más bien pareciera que lo que se pretende es ejercer control sobre las ideas, valiéndose de una propuesta que carece de fundamentación para reproducir en la niñez y juventud los preceptos de la religión católica y evangélica.

Una buena manera de mostrar lo contrario sería permitir que en los centros de enseñanza se estudie la historia de las religiones; de todas, de sus principales textos y representantes, y que, desde la libertad que genera el conocimiento, los jóvenes puedan decidir cuál es la alternativa que mejor se ajusta a su cosmovisión, a su sistema de creencias y a su sentir.

Pregunto a la base creyente ―que suele ser mucho más decente, genuina y sincera que la cúpula que los representa―: ¿le ha servido a nuestra clase política las misas y las bendiciones que reciben de los principales grupos religiosos del país para adecentar su práctica? ¿Son los diputados ejemplo de coherencia moral como para pretender imponernos sus creencias religiosas? ¿Qué principios cristianos practica una persona que falta a la ley y la tuerce para obtener beneficios personales de ella? ¿Dónde está la ética de líderes religiosos y políticos que son indiferentes al sufrir y oprobio del que es víctima su pueblo? ¿Cómo explicamos que los políticos muestren preocupación por resolver problemas que generan las políticas groseras e inhumanas que ellos mismos impulsan?

Son problemas de doble moral y hasta de cinismo. Los diputados hondureños no solo acaban de pedir que se lea la Biblia en los centros de enseñanza, también se acaban de aprobar un aumento salarial del 100%, o sea, $2,000 dólares al mes como mínimo. Hasta hace poco, el sueldo base de los diputados que menos ganaban era de aproximadamente $2,000 dólares, y aun así aducen que no era suficiente para vivir. Un hondureño que gana el salario mínimo percibe trece veces menos que eso. Siete de cada diez hondureños están en condiciones de pobreza y cuatro de ellos viven con 60 dólares por mes ―68 veces menos de lo que ahora perciben los parlamentarios―. Quizá y cuando escuchemos estas voces comencemos a profundizar y a comprender algunas de las principales causas de violencia. No, no es tan solo la pobreza ni la falta de lectura de la Biblia, sino la terrible desigualdad que convierte en dioses de lo material a unos y deja a otros casi solo con la respiración.

Ese aumento a los diputados le costará al pueblo hondureño más de tres millones de dólares al año. ¿Cuántos hospitales, escuelas, guarderías o parques se hubieran podido construir con eso? ¿Cuántos maestros, doctores, psicólogos y otros profesionales se habrían podido contratar para que verdaderamente atendieran la situación alarmante que se vive en los centros educativos? Aunque nuestros diputados digan lo contrario, sus acciones evidencian lo que realmente les importa.

Honduras es el país donde tan solo hay un millón de vacunas para atacar la epidemia de influenza y donde sus honorables diputados, que profesan una altísima fe cristiana, han propuesto como iniciativa de ley vacunarse primero ellos y sus familias en un acto de narcisismo político de lo más repudiable. Que Dios les perdone tanta ignominia, porque el pueblo hondureño dudo que lo haga y mucho menos creo que la historia los absuelva.

¿Quién es Lahura Emilia Vásquez Gaitán?

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Roy Gabino Hernández dice:

    La palabra de Dios es infalible,penetrante,cortante,sabia….
    asi como sus propósitos,en algo tan sencillo para un ser humano,como es,pronunciar su nombre ya estamos siendo alcanzados por su amor he incluidos en su propósito eterno.
    Gracias Lahura Emilia,saludos.

  2. Marvin Ventura dice:

    Lastimosamente el que hace el mal ya nació asi, Malo. La violencia no va a disminuir con leer la biblia u otro libro de fe. A veces de familias devotas de alguna doctrina nacen hijos del mismo demonio.

  3. Miguel Romero dice:

    Control y poder. Eso es lo que buscan nuestros politicos. Imponiéndonos una fe cobardemente obediente nos quieren someter aún más. ¿Para qué? Para poder explotarnos más. No quieren hacer mejores ciudadanos de nuestros hijos. Quieren hacerlos más serviles que nosotros. NO PODEMOS PERMITIR QUE DESPUÉS DE SAQUEARNOS NUESTRAS VIDAS ENTERAS, ARMEN JUGARRETAS COMO ESTAS PARA EXPLOTAR AÚN MÁS A NUESTROS HIJAS E HIJOS. ¡NO LO PERMITAMOS!

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