No quiero creer, quiero pensar

Mateo Benítez_ Perfil Casi literalLas manifestaciones de más éxito no son necesariamente las que movilizan a más gente, sino las que suscitan más interés entre los periodistas. A riesgo de exagerar un poco, podría decirse que cincuenta tipos listos que sepan montar bien un happening para que salga cinco minutos por la tele pueden tener tanta incidencia política como medio millón de manifestantes.

Pierre Bourdieu

En la era de la información, percibimos más de la que podemos manejar. Somos un procesador, si se me permite la metáfora, exiguo. Para contrarrestar esta falencia nos vemos obligados a elegir la información que queremos procesar y almacenar en nuestra memoria. Cuando dejamos de seguir a alguien en redes sociales, por ejemplo, le estamos diciendo que no queremos procesar sus estímulos. Y así, no leemos un libro, no escuchamos una canción y no vemos una película porque somos incapaces de procesar tantos estímulos. Sin embargo, esta selección inconsciente de estímulos tiene lugar únicamente a nivel neurológico, pero para ser críticos se requiere algo más. Si elegimos procesar el happening montado por los cincuenta tipos listos del epígrafe de este artículo, tengamos la buena habilidad de reflexionar sobre la información e intención de los emisores. Para esta labor debemos pasar a un segundo plano ―el intelectual― y comenzar a poner en tela de juicio tanto a los noticieros como a los FaceNews, los discursos políticos y hasta nuestras creencias arraigadas. Sobre esto último quiero detenerme.

Williams James, uno de los psicólogos más importantes de las últimas décadas de siglo XIX, dictó en 1897 un breve ensayo titulado La voluntad de creer, palabras mayúsculas en defensa de la religión y quizás la apoteosis secular mejor escrita a favor del acto de creer. Él defendía la tesis de que nuestra creencia no es volitiva, es decir, no podemos elegir entre creer o no creer, y que estamos obligados por nuestra naturaleza pasional a creer. No es posible vivir sin creencias, y es acertado que necesitamos de ellas para tomar decisiones todos los días: yo tomo agua porque creo que me saciará la sed, estudio porque creo que es bueno, aprendo otro idioma porque creo que mejorará mi currículo, etcétera. El filósofo español Ortega y Gasset también se ocupó de este tema escribiendo el ensayo más completo para entender nuestras creencias. En primer lugar, las creencias se confunden con la realidad y constituyen el continente de nuestra vida, sin embargo, no son nuestras porque no son producto de nuestro pensamiento, sino que vienen desde el exterior. Ni siquiera sabemos cuándo empezamos a vivir con ellas, pues las hemos recibido sin resistencia. Las ideas, por el contrario, son producto de un proceso minucioso de razonamiento en el cual ponemos en tela de juicio lo que nos viene a nuestra conciencia. Para que una creencia se convierta en idea debe ser puesta en tela de juicio. Contextualicemos: un religioso podría preguntarse por qué cree en Dios o por qué cree que ayunar lo salvará; un profesor puede preguntarse por qué cree en una determinada estrategia didáctica; un votante antes de marcar la papeleta podría preguntarse por qué cree en X candidato; o un intelectual, por qué cree que las revoluciones en Latinoamérica han fracasado. Somos dogmáticos cuando nos negamos a cuestionar nuestras creencias. Reflexionar sobre ellas y la información que entra a nuestra conciencia es imprescindible para gozar de una buena salud espiritual ya que no hay peor mal que vivir bajo el engaño del genio maligno manifestado en los demagogos. Estamos obligados a creer, pero dependerá de nosotros mismos elegir nuestras creencias.

Deseo que estas líneas lleguen a los ojos de los jóvenes centroamericanos y calcinen sus creencias arraigadas si las tuvieran; que mientras naveguen por el fango de la información digital lleven a juicio todo lo que leen o ven, que no crean en los FaceNews, ni en los noticieros, ni en los religiosos, ni en los políticos ni en nadie sin haber reflexionado antes sobre sus verdaderas intenciones.

¿Quién es Mateo Benítez?

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