Las sumas y restas (actuales) de la Guerra Fría

Mateo Benítez_ Perfil Casi literalEl mundo occidental antes de 1989 era un juego de ajedrez en el cual se enfrentaban el Primer mundo (Estados Unidos) contra el Segundo mundo (la URSS) y nosotros, los países tercermundistas, éramos las piezas del ajedrez. Desde 1989 no ha ocurrido otro hecho que de igual forma haya sacudido los fundamentos de la cultura occidental moderna. Los libros de historia llaman a los años transcurridos entre 1945 y 1989 como la época de la bipolarización correspondiente a la Guerra Fría. A los estudiantes de Educación Media se les obliga a entregar extensos documentos explicando los pormenores de esta época, supuestamente para valerse por sí mismos al realizar cualquier juicio de valor frente a los vestigios de la Guerra Fría que experimentamos en nuestra realidad. No sé hasta qué punto es efectivo este propósito.

El Primer mundo (Estados Unidos), como era de esperar, salió victorioso; y es lógico pensar que cuando hay dos oponentes, si uno pierde el otro gana. La anomalía de la Guerra Fría resultó siendo que el verdadero perdedor no fue el Segundo mundo (la URSS) sino los países tercermundistas. La Rusia actual vitorea los albores del Mundial del Futbol con un presupuesto de 10,800 millones de dólares, cosa inadmisible para la URSS de Gorbachov. Incluso países como Uzbekistán y Kazajistán ―desprendidos de la Unión Soviética― presentan un índice per cápita mayor que El Salvador u Honduras. ¿Por qué los países tercermundistas fueron los perdedores de la Guerra Fría? Regiones como Latinoamérica, Asia, África y Oriente Medio conformaron la tabla del ajedrez. El fin de esta época dejó a las dos Coreas separadas, más empobrecida a África y fecundada la semilla con banderas religiosas en Oriente Medio –Al Qaeda, Isis, etcétera―; mientras que en Latinoamérica heredó un puñado de guerras y de guerrilleros; una causa anacrónica destinada al fracaso.

En El Salvador el conflicto bélico de doce años inició en 1980 cuando la URSS vivía sus últimos esténtores. Era poco probable sino imposible que en el país pudiera implementarse el socialismo pregonado por los líderes guerrilleros después de ver cómo los esfuerzos soviéticos se caían en pedazos cada vez más estrepitosamente. A los nicaragüenses la guerra ideológica les dejó a un joven Daniel Ortega envejecido con el poder, a quien la OEA le ha enviado el comunicado de que facilite los procesos para celebrar elecciones democráticas anticipadas.

Para no ir más lejos, la guerra ideológica entre la URSS y Estados Unidos, ya olvidada por los antiguos contrincantes, aún se vive en nuestro istmo a plena luz del día. He escuchado conferencias enteras en universidades salvadoreñas sobre el marxismo como modelo socioeconómico alternativo. Conozco personas que al mencionar la palabra capitalismo se levantan de su asiento ―como lo hacían 30 años atrás― maldiciendo a Estados Unidos. Todavía vivimos con la premisa de que «si eres amigo de mi amigo somos amigos». Esto quedó demostrado en las recientes elecciones en Venezuela, donde El Salvador ―país amigo de Cuba y Nicaragua― reconoció la reelección de Nicolás Maduro, mientras que Guatemala ―amigo de Estados Unidos e Israel― no lo hizo.

El fin de la Guerra Fría dejó a Centroamérica ―salvo Costa Rica y Panamá― empobrecida y con ideologías destinadas al fracaso. Necesitamos políticos y profesores universitarios renovados, capaces de realizar juicios de valor con base en la realidad y no en un pasado perdido.

¿Quién es Mateo Benítez?

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