Remando contra la oscuridad: poesía transrevolucionaria nicaragüense (I)

rsz_2018-08-22-07-22-13-043Hace un año me apresuraba, angustiado, a terminar la redacción de la tesis que unas semanas después presentaría ante un jurado compuesto por tres catedráticos del Departamento de Español de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-Managua. Concluiría así un ciclo iniciado en 2007, cuando decidí convertirme en estudiante de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas a la vez que continuaba en las aulas de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), donde cursaba Ingeniería Industrial.

Por aquel entonces comenzaba mi vida literaria, impulsada por los talleres de poesía que tenía en la UNI Iván Uriarte ―un poeta unas cuatro décadas mayor que yo― y por la edición de la revista Voces nocturnas que publicaba con algunos amigos más o menos de mi edad: Mario Martz y Enrique Delgadillo Lacayo, entre ellos. Llegué ese mismo año por primera vez a León, 90 kilómetros al noroeste de Managua, de donde eran originarios estos dos nocturnos, para presentar la revista. Luego volvería a ir varias veces por razones también literarias y en una de esas conocí a Ricardo Ríos, poeta nacido en Chinandega (un poco más hacia Honduras) en 1988.

Talvez lo escuché recitar alguno de sus poemas ese día aunque ahora no lo recuerdo; lo que sí recuerdo es que conversamos en una playa leonesa, Las Peñitas, y que causó en mí una impresión positiva. Desde entonces hemos mantenido una amistad intermitente. La última vez que lo vi fue en Granada, el 17 de febrero de 2015, según dejó él mismo consignado en la primera página de El material de tu sueño: cuatro voces de la nueva poesía en León que me obsequió esa vez que compartimos sagrados lúpulos en torno a una mesa sobre la hiper-turística calle La Calzada, a menos de un kilómetro del lago Cocibolca, aquel enorme que cinco siglos antes algunos españoles creyeron mar. Ambos estábamos ahí, por supuesto, atraídos por el ya célebre festival internacional de poesía que lleva el nombre de la ciudad colonial nicaragüense.

Hoy que leo El material…, donde Ricardo es una de las cuatro voces aludidas, pienso en algunas de las ideas que escupí hace un año en la pantalla de mi computadora, angustiado porque se me acababa el tiempo para enviar mi monografía a Managua. A inicios de julio viajaría a Nicaragua (donde no vivo desde 2016) y la oportunidad era invaluable para cerrar por fin ese capítulo de mi vida. Compilado por Esthela Calderón y con un prólogo de Steven F. White, el libro en mención (Managua: Promotora Cultural Leonesa, 2015), que no alcancé a mencionar en mi tesis, podría perfectamente servir como refuerzo argumental de, por ejemplo, este párrafo de mi segunda conclusión («hay un solo tema en la literatura de esta generación»):

Todos los temas tratados por esta generación se pueden expresar como distintos ángulos de aproximación a un mismo tema. Hay una sensación de pérdida, de fractura que debe ser curada proyectando su sombra sobre prácticamente cualquier hoja de libro publicado en este período. Fractura y pérdida producidas por las fuerzas de la historia, por eventos que han estado siempre lejos de poder ser influenciados por ninguno de estos autores, sujetos convertidos en pixeles de relleno de los grandes filmes épicos en que nacieron.

Leo los poemas de los cuatro autores —solo dos nacidos en León, pero todos estrechamente ligados a la llamada «ciudad universitaria» por razones diversas— y pienso también en cómo escribirán ahora mis coterráneos, mis contemporáneos, habiéndose destartalado nuevamente la realidad frente a sus ojos. A esta hora quizá alguien levante una barricada en León, alguien quizá la tire. Alguien quizá agonice, quizá alguien esté matando a uno que pudo ser el novio de su prima, su propio compañero de aulas. Lo mismo podría estar ocurriendo en Managua, y en esa soporífera Granada, y en Masaya. Leo, por decir algo, estos versos de Alejandra Sequeira (Managua, 1982):

Nadie habló de despedir la tarde

que irremediable cae abandonando el bosque.

Nadie habló de la esperanza.

Lo que aprendimos no es lo que nos enseñaron. Nadie nos puso sobreaviso.

Leo a Sequeira, pues, una de las dos poetas que aparecen en El material… sin ser inéditas ―en 2006 publicó Quien me espera no existe― y pienso en esas tensiones que se establecen entre literatura y sociedad, tensiones que intenté explorar en mi ensayo para encontrar elementos comunes entre la literatura que ahí llamo «novosecular», entendida como la que han escrito los nicaragüenses nacidos alrededor de la década de 1980 (la de la Revolución Sandinista). En la misma conclusión, luego de invocar también al presente como una de las razones de que estos autores giren todos alrededor de un mismo tema macro, sostengo que:

la búsqueda por la unidad perdida, producto de las fracturas enunciadas, se vuelve el hilo que une las cuentas de esta generación transrevolucionaria, ubicada históricamente al otro lado de una revolución y que transita, como única solución aparente a los problemas de su tiempo, a través de otra. Tarea ingrata la suya, de la que parece estar consciente.

Y, consciente o no, algunos versos de Jazmina Caballero, nacida en León en 1977 (la otra autora con libro propio: Epicrisis, de 2007), pueden leerse como un reclamo a quien ha sido responsable de la herencia recibida, del desastre que es este presente enfermo en que vivimos:

Todo está maldito:

la gente, las ciudades.

(…)

Todo es sombra bastarda.

Todos son ciegos.

(…)

Nada queda,

 ni Dios para blasfemar.

Todo está maldito, cada hoja, la luna…

Todo está maldito

Porque aquí estuviste.

¿Quién es Carlos M-Castro?

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