El último de los dinosaurios

Francisco Alejandro Méndez_ Perfil Casi literalEn 1991 tuve la oportunidad de visitar México, país que ha brindado cobijo a exiliados y refugiados de todo el mundo, especialmente ―debido a su proximidad geográfica― a guatemaltecos. En aquella ocasión entrevisté a algunos escritores guatemaltecos radicados en eses país, entre ellos Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, Marco Antonio Flores, Mario René Matute, José Luis Perdomo, Otoniel Martínez, Carlos Solórzano y Julia Esquivel.

Con cada uno sostuve conversaciones sobre su vida y trabajo en el país azteca. Ahora me dispongo a hacer con estas líneas una remembranza del encuentro que tuve con Monterroso, uno de los más grandes escritores que ha tenido Guatemala y mundialmente conocido y traducido a pesar de que su producción literaria no sobrepasa siquiera la decena de títulos.

Fue el viernes 4 de octubre de 1991. Caminé por la empedrada calle de Chimalistac hasta detenerme frente a una casa tipo colonial. Monterroso me recibió con su característica timidez y me ofreció un fresco de tamarindo. Me preguntó si era necesaria la grabadora, por lo que le expliqué que si le molestaba no tenía ningún inconveniente con guardarla en mi mochila. Sonrió y me dijo que no había problema, y me pidió que empezara con las preguntas. Cada vez que le lanzaba una interrogante él se levantaba, silbaba alguna melodía clásica, talvez Aída o Romeo y Julieta, volvía a la silla y me respondía.

Conversar con uno de los autores más importantes del siglo XX en la literatura centroamericana es reconfortante, pero a la vez riesgoso. La talla de Augusto Monterroso es tan grande que es difícil recabar todo lo que de él se ha dicho y escrito en libros, revistas y periódicos para no formularle una pregunta que él ya haya respondido cientos de veces.

Guatemala es un país que suele aparecer en la nota roja de los diarios de todos los países, pero las pocas veces que se le conoce como un lugar que vale la pena, generalmente es porque su arte ―y particularmente, su literatura― ha tenido algo que ver: Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón y Augusto Monterroso han sido responsables de ello. Su obra ha procurado opacar las desgracias de un país con 108 mil kilómetros cuadrados y con más muertos y sacrificados que ningún otro en América Latina; vástago de una sociedad convulsa y que nunca ha dejado de ser un proyecto de nación.

Monterroso es un autor que ha demostrado que la concisión y la economía expresiva son los recursos más poderosos de la literatura, pero también los rasgos que definen la personalidad de un hombre bajito de mejillas sonrosadas que esconde tras la sencillez de un anónimo toda la sabiduría de Sócrates. El humor y la ironía no son elementos comunes solo en su literatura, sino que también lo fueron hasta en su pasividad para hablar. Más de alguna vez le ha dicho a un periodista que prefiere hacer él mismo las preguntas porque seguramente así estaría más enterado de otras cosas.

Y como Monterroso es un hombre de carne y hueso que tampoco está a salvo de los ladrones, me contó que tres cacos habían entrado en la casa dispuestos a asaltarla. Maniataron a todos, pero antes de hacerlo con él, llamó a un teléfono de emergencia para avisar del robo. Cuando los ladrones se percataron de la denuncia huyeron de la casa y él se convirtió en héroe.

«Yo me ocupo de las moscas», me dijo en aquella ocasión, y lo dijo también en Movimiento perpetuo: «Hay tres temas en la literatura: el amor, la muerte y las moscas… yo me ocupo de estas últimas», libro en el que hace un juego satírico para recorrer numerosos pasajes de la historia de la literatura donde parecen estos insectos.

Líneas antes mencioné el riesgo que conlleva escribir acerca de este autor, pues además él mismo aseguró en vida haber dicho en sus libros todo lo que tenía que decir. Quizá uno de los más gratos recuerdos fue que me mostrara su biblioteca, su colección de discos y algo que para él era un tesoro: una carta de agradecimiento que Yoko Ono recién le había enviado por motivo del homenaje que él le hiciera John Lennon a 10 años de su muerte. El autor de La oveja negra y demás fábulas debía viajar a Estados Unidos, pero retrasó el vuelo para darme la posibilidad de emprender un viaje por aquella biblioteca, por aquellos tesoros y por él mismo.

[Foto de portada: cortesía de El Financiero, México]

¿Quién es Francisco Alejandro Méndez?

 

 

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