Nicaragua y su «ideología revolucionaria de base»

rsz_2018-08-22-07-22-13-043Para toda persona que «transita hacia» la literatura en Nicaragua, hay paradas obligatorias. Estación Darío, pantanos Cuadra y Coronel Urtecho, caverna Martínez Rivas, biblioteca Mejía Sánchez, cuartel Cardenal. En un país donde la otredad (lingüística, cultural, social) brilla por su ausencia o se usufructúa intelectualmente en los textos más audibles, esa persona también debe —o debería— detenerse con esmero en la herrería Beltrán Morales, poeta y crítico contemporáneo (nació en 1945) de aquel Sergio Ramírez que junto con Fernando Gordillo agitaba lo mejor que podía la vida cultural de una juventud (¿dispuesta al sacrificio?) que se atrevía a imaginar, más que otro mundo, otro país posible.

Una juventud, de toda una generación, que se tomó la vida y sus compromisos muy en serio. No hay que romantizar nada, pero ¿hace falta recordar a Leonel Rugama? En un artículo firmado en julio de 1976, «El poeta y su época», Morales enunciaba que «si es cierto que nadie debe exigirle (ni impedirle) que aborde temas políticos, es deseable que el poeta (a través del artículo o del ensayo) deje un testimonio “adicional” de su paso sobre la tierra». En algún otro lugar añade que todo poeta es un intelectual, y como tal, ejerce funciones ideológicas: es un ideólogo «en el sentido amplio del término».

Rugama, como se sabe, murió en combate desigual contra la guardia somocista en enero de 1970, acorralado con otros dos compañeros sandinistas en una casa de seguridad en Managua. Autor de una obra poética más que potable, había nacido en 1949 y a él se atribuye la frase «¡Que se rinda tu madre!», gritada, se supone, en respuesta a la invitación que desde la calle había hecho el oficial somocista a cargo del operativo. «La muerte de Leonel Rugama —escribiría pocos días después Beltrán Morales— nos señala cuál es el camino de la liberación y ratifica lo que, desde Hora Cero, hemos aprendido a constatar con resignación muda y cómplice:

La gloria no es la que enseñan los textos de historia:

es una zopilotera en un campo y un gran hedor».

«Ya que las cosas han comenzado a hacerse, aquí todo está por decirse. Pero sin una ideología revolucionaria de base (…) es inútil intentar nada». Esto lo escribía Morales en junio de 1975; pero, de no haber muerto en 1986, y ante los eventos desatados este abril, ¿no podría igual haberlo escrito en 2018? Desde hace algunos años, para la reflexión de literatos y literatas nicaragüenses jóvenes, y a falta —hay que ser justos— de suficientes espacios, Facebook se ha vuelto un sucedáneo de tribuna o de trinchera. Este primer domingo de septiembre, cuando una marcha de opositores al Gobierno era atacada a balazos en Managua, un escritor más o menos de mi edad se preguntaba en dicha plataforma virtual: «¿Puede el subalterno hablar? ¿Quiere el intelectual escuchar?». A modo de constelación, pienso en el artículo que en mayo publicó en su blog otro escritor nicaragüense de mi generación: «¿Y si nos reideologizamos mejor?».

Dentro y fuera de Nicaragua hay todavía un debate más bien sordo sobre la naturaleza del proceso que vive el país. ¿Estamos ante una situación revolucionaria? El autoritarismo y la represión del Estado son hechos que no admiten demasiada controversia, a no ser que transitemos los callejones mal olientes de la propaganda; pero ¿esto significa que los movimientos opositores persiguen ideales de justicia e igualdad social? Para Fidel Ernesto Narváez, otro intelectual de mi generación que publica sus reflexiones en Facebook, hay una lucha a tres bandas: un Estado criminal por un lado, coludido parcialmente con una élite económica mafiosa por el otro, y en medio de ambos, un pueblo sin representación política organizativa; habría, pues, una lucha contra una dictadura bicéfala.

Dictadura o no (Gema Santamaría, intelectual [y poeta] nicaragüense, ve una cuasi-dictadura), lo cierto es que la realidad de Nicaragua necesita ser discutida, analizada, reflexionada y, sus posibles futuros, imaginados. Tarea no exclusiva de intelectuales. ¿Puede el subalterno hablar? Puede. Y debe. En ese juego de espejos abierto este año, en que se ha querido cotejar el momento histórico que vive este país de Centroamérica con el de hace 40 años, cabría quizá preguntarse si no sacaríamos mejores lecciones retrocediendo una década, hacia los últimos sesenta y los primeros setenta, cuando fueron escritos los artículos citados de Beltrán Morales incluidos en Sin páginas amarillas / Malas notas (Managua: Vanguardia, 1989). Porque sin una ideología revolucionaria de base…

¿Quién es Carlos M-Castro?

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