El transporte público es cosa del pasado

Leonel González De León_ Perfil Casi literalA inicios de esta semana la policía detuvo a dos choferes del transporte público que conecta a la Antigua Guatemala con la capital porque estaban manejando a alta velocidad y con el alcoholímetro positivo. Era lunes y el sol aún no había salido. Puede ser que no estuvieran bebiendo tan temprano y que el resultado se viera afectado por las copas del domingo. Dado el paso del alcohol por el hígado y el retardo que sufre allí, la prueba puede permanecer positiva seis u ocho horas después del consumo, prolongándose más a veces por el nivel de grasa corporal, por los alimentos ingeridos y por el funcionamiento propio de cada organismo. Pocos días antes se había dado un caso igual y los pasajeros, alertados por la borrachera evidente del piloto, llamaron a las autoridades para detener el vehículo en ruta a la Antigua y hacerle la prueba al tipo, quien apenas podía hablar con coherencia. Esa misma tarde hubo un accidente en la ruta Interamericana, cerca de Sololá, donde un bus volcó y muchas personas resultaron heridas. Allí, como en la mayoría de casos, no se pudo medir la alcoholemia al piloto dado que, como casi siempre ocurre, huyó.

Hay que ser demasiado puritano para tirar la piedra ya que casi todos hemos conducido alguna vez con un par de copas encima, pero hacerlo en el transporte colectivo y a velocidades muy superiores a las permitidas ―sí: en Guatemala también hay límites de velocidad, pero nadie los respeta― es cosa de otro planeta; y si a eso le sumamos los aguaceros que han caído en estos días, la tragedia es una bomba de tiempo. Tampoco se puede achacar toda la responsabilidad a los choferes, pues mucho del problema pasa por los propietarios que apenas dan mantenimiento a los vehículos (basta oler los frenos quemados o ver las llantas, rajadas hasta dejar ver la base de malla metálica y más lisas que un tomate).

Una vez, en Huehuetenango, muy lejos de la capital, escuché a un tipo quejarse de que los muchachos «cambiaban el azadón por el timón» y empezaban a conducir sin tener nociones del tema, y mucho menos experiencia. Aunque me chocó en ese momento, la idea me quedó dando vueltas en la cabeza. Para sentarse al volante es necesario tener licencia, pero se sabe que esta se puede obtener sin saber leer, escribir y, desde luego, sin ninguna pericia. Y al ver la actitud de algunos pilotos del transporte público, tanto en el interior del país como en la capital, con los años he dado cierto crédito a esa idea.

Más allá del efecto devastador que tiene para el país la carencia de un transporte público decente (ojo que no pido que sea confortable ni turístico: con que no represente un riesgo vital me conformo), al extremo de que muchos solo lo ven como una obligación de las autoridades, yo lamento no poder hacer viajes largos en  bus como hice durante muchos años. Primero, por el gusto de desplazarse sin preocupación porque se agote el aceite, se caliente el motor o se pinche una llanta como cuando uno viaja en auto propio; segundo, por la inyección de endorfinas que se gana tras varias horas de contemplar el serpenteo verde del paisaje del interior del país; y tercero, esas horas de viaje, desconexión y silencio (eso tampoco existe ya: la pandemia del reggaetón y los narcocorridos es inminente) se sumaba un buen rato de lectura. De hecho, muchos libros entrañables los he encauzado en carretera: Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato, El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago o Tuareg de Alberto Vásquez Figueroa (acaso sea mi novela de aventuras favorita) se cocinaron en los atascos viales de Chimaltenango, en los derrumbes o en los ratos muertos a la espera de pasajeros en Morales, Izabal, o en Los Encuentros y Cuatro Caminos, en la ruta hacia occidente.

Al final, la lógica del mercado termina imponiéndose otra vez, haciéndonos creer que la solución es gastarse los ahorros o endeudarse de por vida para adquirir un auto y que el estatus en el trabajo, en el barrio e incluso con la pareja estará acorde al modelo que se pueda comprar. ¿Y el subsidio al transporte público? ¿Y las promesas electoreras de cada cuatro años? ¿Pero dicen que en otros países sí funciona? Olvídenlo. En Guatemala el transporte público, al igual que muchos otras garantías, es cosa del pasado (o quizás del nunca jamás).

¿Quién es Leonel González De León?

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