El poder es un poema sin poesía: caso Rosario Murillo

Carlos M-Castro_ perfil Casi literalEl origen de este texto —y de su introducción— se encuentra en la duda que sobre la calidad de la poesía de Rosario Murillo, la actual vicepresidenta de Nicaragua, me expresara hace no mucho un colega residente en otro país de Centroamérica. Al respecto hay poco que comentar: todo poeta, cuando no usurpa alevosamente el nombre, tendrá algo que decir y encontrará un lenguaje más allá del uso común para expresarlo. No puede imponerse en la lectura de poesía la lógica del póker o de la Fórmula 1: es falso que un poema pueda llamarse llanamente «mejor que», como tampoco un poeta puede ser «más grande que», «más importante que», etcétera. Tendrán a lo sumo, en determinado contexto, «mayor influencia que» o mayor prestigio a secas. Rosario Murillo (Managua, 1951) es una poeta. (La persona interesada tiene la libertad de leer los libros que la propia autora colgó hace un tiempo en una página web y que, pese a estar hoy fuera de línea, aún pueden hallarse aquí y allá).

Rosario Murillo es una poeta, pero también una figura política polémica. Omnipresente a través de la radio, la televisión y la publicidad callejera, por ejemplo en forma de vallas gigantes, su rostro y voz se han convertido en algo más que una marca del poder en su país. Pareja de uno de los hombres fuertes de la revolución que gobernó Nicaragua entre 1979 y 1990, el alcance de la influencia sociopolítica de Murillo no ha hecho más que crecer, en proporción directa con la complejidad de su personaje público. A partir del poemario que mencioné en el texto anterior (donde dije erradamente que había sido escrito entre los cumpleaños 28 y 30 de la autora [que nació en junio]: fue entre el 38 y el 40), sus libros de poesía dejaron de ir a imprenta (entre 1975 y 1990 había publicado seis) y empezaron —podemos especular— a acumularse en gavetas de la casa donde desde hace mucho comparten espacio su hogar, las oficinas de su partido político y, a partir de enero de 2007 que su marido retomó el puesto al que había ya llegado en 1985, el despacho presidencial.

Ya durante la década de 1980 Murillo había ejercido funciones públicas, como parlamentaria o como directora nacional de Cultura. Pero es a partir de 2007 que se vuelve pieza clave del edificio del poder político nicaragüense, una década antes incluso de llegar a la vicepresidencia tras presentarse a las elecciones con su esposo, que por séptima vez se jugaba una candidatura buscando el desempate de sus victorias y derrotas (aunque ahora en condiciones ventajosas). La mujer que tras la última campaña perdida por su marido, en 2001, había decidido dar literalmente al mundo una docena de sus libros de poesía desde el portal web conamornicaragua.org.ni —una de las plataformas de la campaña siguiente, dirigida por ella—, se rehusaría a ser una primera dama al uso y ejercería (de manera muy eficiente hay que decir) lo que algunos comentaristas han llamado el puesto de primera ministra o jefa de gabinete de facto, antes de juramentar su actual cargo público hace menos de dos años.

Estos antecedentes, más otros como el caso Zoilamérica —nombre de una de sus hijas, nacida de un matrimonio previo y que denunció judicialmente en 1998 a su padrastro, el actual presidente de Nicaragua, por delitos sexuales en su contra cuando era una niña y adolescente durante la década revolucionaria—, en el cual Murillo se plantó en defensa de su pareja, convierten la lectura de su poesía en un ejercicio de vértigo, ensayo de náusea autoinfligida. Podríamos forzar ligeramente los convencionalismos literarios y proponer que el bosque artificial sembrado en Nicaragua siguiendo —dicen— un plan suyo, el que forman los llamados «árboles de la vida» (popularmente conocidos como chayopalos: Chayo es como se le llama en la calle a la poeta), es en la práctica un poema inmenso: su poema más conocido. Durante los primeros días de protestas anti-Gobierno este año, varias de esas estructuras fueron derribadas por hordas de manifestantes compuestas por una variedad de personas que podríamos llamar escuetamente el pueblo. El pueblo, pues, que quita y pone reyes (y reinas), parece que había decidido ya borrar los versos más públicos de la poeta. El poder todo lo consume.

¿Quién es Carlos M-Castro?

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