El amor obsceno por las enfermedades mentales

Alejandro García_ Perfil Casi literalReferirnos a las enfermedades mentales no debería darnos temor ni incrementar el tabú que nos sobrevive. La información que se tiene hoy, basada en años de investigación científica, debería permitirnos abordar este tema tan estigmatizado con la seriedad y la apertura que merece.

Comprender sus implicaciones nos ayuda a construir espacios de diálogo para que, quienes las padecen, puedan recibir atención y evitar el ostracismo al que suelen ser reducidos. Esto, a su vez, significa realizar un esfuerzo como sociedad para dejar de lado las preconcepciones hacia quienes padecen estos males. Evitar señalamientos morales eliminará el estigma que se ha perpetuado a través de los siglos, aquel que ha invisibilizado a quienes padecen un mal mental y que después ―en la actualidad― mutó en una «romantización» obscena de un problema que no debería ser tomado a la ligera.

Hablar de una situación mental como de un decir cualquiera resta sensibilidad sobre el tema. Usarlo como justificación de cualquier estado de ánimo, ya sea para explicar el sentimiento de tristeza que nos produce una película, o un cambio de opinión respecto a una determinada circunstancia, produce una percepción errónea de la enfermedad dado que, si todos la poseen, se convierte en algo intrascendente.

Yo sufro de depresión, un trastorno usualmente trivializado que la sociedad no toma en serio como enfermedad. En muchos casos, el perjudicado resta importancia a sus dolencias y opta por callarlas. La depresión no es una simple tristeza, como a menudo se nos hace creer, tampoco un estado mental al que se deba aspirar porque incentive la creatividad (como les ha sucedido a algunas cuantas personas famosas) ya que el aislamiento y el debilitamiento que provoca dista mucho de aquella imagen artística o intelectual a la que suelen asociarla. Estas estigmatizaciones más bien esconden la lucha interna, la disfunción social y el suicidio de quienes la hemos padecido de verdad.

La importancia de entablar conversaciones responsables sobre estos temas radica en sacar a la luz esa cifra negra de personas que no logran tratarse, que se avergüenzan, que son consumidas por la desidia social y que restan importancia a los tratamientos a los que deberían someterse.

Ciertamente falta tiempo y recursos en nuestras sociedades para atacar estos males que destrozan vidas. Las políticas públicas para concientizar a la ciudadanía son insuficientes y en muchos casos ni siquiera existen; sin embargo, podemos mitigar esas carencias compartiendo información veraz y científica y entablando diálogos que ayuden a los afectados. La comunicación y la empatía como canales rectores cambian vidas: aun cuando creamos que no alcanzaremos a cambiar millones, echar una luz sobre una vida a la vez debería ser suficiente para combatir uno de los problemas ―de muchos― que nuestra generación tiene pendiente.

¿Quién es Alejandro García?

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