El éxodo hondureño: razones para una caravana

Lahura Emilia Vásquez Gaitán_ Perfil Casi literalY la olla se destapó. La podredumbre de lo que se vive en Honduras traspasó las fronteras. En los últimos días, la calamidad que venimos arrastrando por fin se ha hecho manifiesta a los ojos del mundo. Puede que muchos no comprendan cómo miles de hondureños puedan preferir hacer un viaje en condiciones tan terribles y desgarradoras a vivir en el país que los vio nacer. No se trata de qué tan difícil pueda ser el camino, sino de encontrar uno que ofrezca esperanza al menos.

Para los hondureños el costo de la vida es tan elevado y los ingresos tan exiguos, que vivir se convirtió en un acto de sobrevivencia. Quienes migran no tienen manera de pagar la cura a las enfermedades propias ni la de los suyos, tampoco la escuela de sus hijos, el alquiler de la vivienda, la energía eléctrica. No tienen para comida, ropa, ni mucho menos enseres. Honduras es el país donde hay wifi en los parques pero faltan los frijoles en la mesa.

Quienes viven cerca de las zonas fronterizas pueden confirmar que la migración masiva es un cuento viejo y que, como cualquier fenómeno social, simplemente ha mutado. Según el FOSDEH, cada día emigran de Honduras un promedio de 250 personas y hacerlo en grandes masas es la nueva modalidad. Y es que, aunque sea temporalmente, quienes viajan pueden sentirse medianamente seguros dentro de un grupo más grande.

Paradójicamente, Honduras es el país que más crece macroeconómicamente en Centroamérica. Los inversores extranjeros saben que aquí encuentran un paraíso para contratar gracias a la explotación de todos los recursos que el país permite. Más manos trabajando por mucho menos dinero nunca fue tan cierto y tan fácil como en Honduras. La alta tasa de desempleo hace que las personas acepten trabajar en condiciones indignas e inhumanas. Y es que, con dinero, todo es canjeable: los territorios, sus comunidades, las riquezas naturales y ni qué decir de la vida de las personas. A la par de la economía, también crece la cantidad de personas en extrema pobreza.

La concentración de la riqueza no es accidental, sino el resultado de las políticas de privatización, desregulación y recorte del gasto social. Cientos de decretos ilegales, con claros vicios de corrupción y que se crearon bajo la legislatura de Juan Orlando Hernández entre 2010 y 2014, están pasando factura.  Las alianzas entre los sectores públicos y privados están a la orden del día y, para muchos de nosotros, eso solo representa la oficialización del traspaso de la riqueza del sector público a manos privadas. Menos para la gente pobre, más para los empresarios ricos y explotadores.

La implementación de todas estas políticas carniceras ha derivado en una miseria generalizada. En Honduras, según el COHEP, 85 de cada 100 micro, pequeñas y medianas empresas que se emprendan fracasarán en los primeros tres años. La canasta básica representa un 94% del salario mínimo. Si a eso sumamos que el 70% vive en condición de pobreza ―muy poca gente accede al salario mínimo― y que 45 de cada 100 hondureños viven con menos de dos dólares al día, es inevitable preguntarse cómo hace la gente para cubrir el transporte, la vivienda, las medicinas y todos los gastos que supone vivir en el mundo hoy en día. Es aquí donde podemos empezar a tener luces sobre la gravedad del problema que azota a quienes literalmente hoy se encuentran de camino hacia México o Estados Unidos.

Cada paquetazo ―los continuos aumentos a los impuestos, combustibles, energía eléctrica, peajes, devaluación de la moneda― perjudica directamente al consumidor y beneficia a las grandes corporaciones. Cualquier intento de protesta se ve cauterizado a punta de gas lacrimógeno, represión y terror, e incluso, se paga con la vida misma. La población está indefensa y presa desde sus casas, aterrorizada ante un gobierno que los persigue, encarcela y mata; no a los criminales, sino también a los ciudadanos que no exhiban absoluta sumisión al régimen.

El presidente Donald Trump se ha dirigido a los hondureños y les ha dicho claramente que no intenten llegar a Estados Unidos: la mano que tira la piedra se esconde, se molesta y hace un llamado a que se «arreglen» las cosas cuando las políticas que emanan de su país solo han contribuido a empeorar el nuestro. Para mostrar un compromiso genuino con el fortalecimiento del Estado de Derecho en Honduras, Estados Unidos hubiera dejado sin reconocimiento un gobierno que fue electo mediante fraude y hubiera detenido los fondos que nos inyectan.

¿Que Estados Unidos nos quitará la ayuda económica? Por favor, ¡hace días debieron hacerlo! Aquí todo el dinero que entra a las arcas del Estado solo sirve para afianzar aún más la dictadura y sostener todo el aparataje represivo de Juan Orlando Hernández. Y aunque las autoridades digan que les «preocupa» el problema migratorio, dudo mucho que sea así. El presupuesto general de la República de Honduras para el año 2017 fue de 9 millones 500 mil dólares aproximadamente y solo en remesas el país recibió más de 4 mil millones de dólares. Los migrantes son la mejor fuente de divisas que tiene el país, así que cuando las autoridades muestran «preocupación» por el tema migratorio es como ver a un campesino quejarse de la lluvia en época de sequía.

La embajadora de Honduras en Guatemala fue a recordarle a los hondureños «lo duro» que sería cuando, en la frontera, «les quiten a sus hijos». «¿Quieren ver a sus niños en jaulas?», preguntó despóticamente a la muchedumbre. Les habló invocando al miedo y mencionó organizaciones para «salir adelante» como «asociaciones» y «cooperativas» que no existen en el país. Estoy segura de que no escuchó respuestas y que para muchas de las madres que van ahí ―de esas que no tienen qué darle de comer a sus hijos― es preferible entregar a sus hijos, así sea a una «jaula», si eso al menos los hará dormir seguros y con algo en el estómago al menos. Verlos llorar y morir lentamente de hambre e inanición en el país que los vio nacer no es una mejor alternativa. Los hondureños se marchan y no lo hacen porque sean valientes o temerarios, sino porque los impulsa ese espíritu de supervivencia innato a todas las especies y que los ha hecho sobrevivir aun en los entornos más hostiles. Los empuja la profunda necesidad de buscar un mejor futuro. Después de todo, no tienen muchas opciones: huir o perecer.

Ante la noticia de que la frontera guatemalteca abrió sus puertas para que la caravana pudiera avanzar, como hormigas, cientos de compatriotas se han desgranado de todos los rincones de Honduras. A la dictadura hondureña no le quedó más alternativa que fortalecer el cerco desde adentro. El dictador teme que los miles se vayan convirtiendo en millones y que todas las mentiras que acostumbra a decir a través de los medios internacionales se vean desbordadas por la dolorosa realidad.

No me extrañaría que en los próximos días la represión arrecie. Las historias se repiten y nos dejan enseñanzas. En 1989 una plaza de China se bañó de sangre: con miles de heridos y cientos de muertos, Deng Xiaoping dejó muy en claro que las dictaduras pasan facturas muy caras a quienes deciden rebelarse. Esto les enseña a los tiranos que en momentos extremos es cuando se debe agudizar más la doctrina del terror. La represión ya comenzó en nuestras zonas fronterizas y como un campo minado se extiende por todo el país.

Para los que nos quedamos, el panorama es claro: los militares empezaron a cerrar las fronteras deteniendo con gas a los que quieren irse; los peajes y controles de grupos por zonas ya nos venían dividiendo en guetos. Los asesinatos, la represión y las torturas son el pan nuestro de cada día, la crisis financiera nos alcanzó a todos y cada vez es más difícil sobrevivir. A menos que abran las fronteras, Honduras se estaría convirtiendo en un gran campo de concentración de 112 mil kilómetros cuadrados en el que solo hará falta decir: «Que empiecen los juegos del hambre».

Es difícil ser optimista frente a un panorama tan desolador. Sin embargo, el alud de solidaridad de los hermanos guatemaltecos y mexicanos con nuestros compatriotas no ha podido ser más conmovedor. Hay gestos en el mundo que nos hacen recobrar la esperanza y nos hacen creer que pelear por él y dar la buena batalla aún vale la pena. Después de todo, ¿qué puede perder quien ya lo perdió todo? Quién sabe, quizá y este éxodo era el que necesitábamos para reencender la llama que alumbra el camino hacia nuestra liberación.

¿Quién es Lahura Emilia Vásquez Gaitán?

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ariel Rodezno dice:

    100% deacuerdo con esta pequeña y exelente narración de una hondureña más que nos demuestra la realidad del país durante este gobierno.

  2. Ingrid Contreras dice:

    Excelente artículo relatando todo lo que se vive en este nuestro pais y a causa de eso ,se organizó lo que hoy se ve en todo el mundo , el éxodo hondureño en donde nuestros compatriotas van en busca de poder encontrar mejores condiciones de vida.

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