Somos indios

Rubí_ Perfil Casi literal«[…] Y descubrimos las palabras tuyo y mío y la tierra tuvo dueño y la mujer fue propiedad del hombre y el padre propiedad de los hijos. Muy atrás habían quedado los tiempos en que andábamos a la deriva, sin casa ni destino. Los resultados de la civilización eran sorprendentes».

Breve historia de la civilización

Eduardo Galeano

Me contaron que el padre de mi abuela fue un sirviente negro hijo de esclavos. Mi bisabuela, una mujer criolla y acriollada, se dejó desheredar por el amor de aquel cimarrón desterrado cuya familia pasó del coloniaje al peonaje. Hicieron vida con una molienda de café del tamaño de una lámpara de noche y con la costura. Tuvieron hijos; todos de rasgos indecisos en quienes la negritud flotó por encima del criollaje. La hija más pequeña, mi abuela, creció y tuvo amores con un heredero de criollos agrandados. De ahí que en mi madre fuera notoria la lejanía del rescoldo negro, pero campo le sale por la voz y por los modos.

Ahora bien, mi padre fue un indio que no usó traje. Nació en el oriente de Guatemala. Era bajo y fornido; «hombre del monte», como se decía a sí mismo. Hijo de un indio y de una mujer blanca, nieto de indios a la vez. Ellos, mis padres, migraron; repasaron los pasos de sus muertos.

Mi historia no es distinta a la de muchos que me leen, pero pesa tanto bifurcarnos en los hilos históricos que nos unen porque los vamos cortando con el olvido; con la blanquitud a la que aspiramos. No entendemos que muchos somos indios por ósmosis y que ese blanqueamiento mal ganado a punta de una educación deficiente y deformante (formulada para glorificar la herencia española y así sostener el poder de linajes endógamos) es una esclavitud cara. Nos resistimos a aceptar los cromatismos compartidos como guatemaltecos, salvadoreños, hondureños o nicaragüenses. No falta quien se crea en la América blanca, la América de taras neocoloniales que se ahoga en su hiel diciendo cosas como «el hondureño viene a quitarte el empleo; viene a robar, a matar». Escenario desfasado.

Y cual cruzada anticomunista, desde Guatemala y otros países nos referimos a los migrantes hondureños como un prototipo de delincuentes comunes, aprovechados y vividores de lo fácil. Hablamos desde afuera, como si no nos delatara la piel tostada de los indios que somos; como si tener una casa en esta ciudad nos sacara del tercer mundo; como si empleados y desempleados, salvadoreños, nicaragüenses o guatemaltecos no fuéramos los hijos bastardos del banano y la sigatoka; como si la opresión de figuras presidenciales cosméticas no nos golpeara a todos por lo bajo.

El enemigo es y siempre ha sido el mismo. Lo cargamos en el apellido mestizo; lo heredamos. Pero más enemigos somos los que nos creemos casta aparte. Los que, como dijo Eduardo Galeano, descubrimos la palabra «tuyo» y «mío» adueñándonos de la tierra por la que estamos de paso. Somos los enemigos cuando nos creemos civilizados desde nuestros privilegios y negamos el gran útero indio del que provenimos.

Mis bisabuelos, mis abuelos y mis padres migraron, así como los de muchos desmemoriados que temen al hondureño a quien le pesa su pedacito de trópico, como nos pesa a todos, incluso a las minorías blancoides discriminadoras, muy civilizadas en el atraso.

Nos falta lo que decía José María Arguedas: cruzar Los ríos profundos; irnos, migrar, pero hacerlo hacia el pasado; reconocernos en la raíz. Sabernos centroamericanos.

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?

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