Cuando seas grande

Rubí Véliz Catalán_ Perfil Casi literal«Pero con tus hijos lo vas a pagar». Con esta sentencia apocalíptica y maternal crecimos muchos. Se ganaba a pulso después de una trastada de dimensiones dignas de un sermón maratónico cuya intención era orientar a la reflexión. Quién me iba a decir hace quince años que a los 30 y sin así quererlo iba a formar parte de un grupo cada vez mayor de personas que renuncia de tajo al derecho reproductivo de recibir el karma parental; un grupo de disidentes del modelo familiar de tercer primer mundo; una parvada de inconformes que al oponerse a la paternidad se ganan mentadas de madre: sí, hablo de lo que han dado en llamar los childfree, refiriéndose a quienes no queremos procrear porque lo de hoy es etiquetarlo todo y a todos con palabruchas que se leen coquetas en las redes sociales.

Y cual producto libre de gluten, quienes decidimos no reproducirnos, o sea, los childfree, somos injustamente colocados en la góndola de las novedades. Somos los nuevos nihilistas hediondos a egoísmo, temerosos al compromiso, inmaduros eternos, no-creyentes, blasfemos y, en fin… la tabla de información emocional nos deja mal parados. ¡Ah! Pero también somos una curiosidad a la que solo hay que dar cuerda para que se deje venir la perorata antifamilia que traemos atravesada entre pecho y espalda gracias a nuestros traumas de la primera infancia. O al menos, eso es lo que opina más de uno por ahí.

Pero si algo resulta curioso en aquellos que hablan de los roles parentales como final sin importar los medios, son las contradicciones que rondan el discurso enardecido que defiende de manera muy simpática la tierra prometida a los practicantes de la paternidad. Hablo de los clientes de plataformas educativas como Open English, cuya publicidad usa a un niño disfrazado (sí, disfrazado) de médico promoviendo la adultez infantil y el salto acelerado de la niñez hacia una adultez que girará en torno a la competitividad y el emprendedurismo depreciados por el morbo de la publicidad.

Otro ejemplo de la niñez-adulta (y adulterada) son esos monstruosos programas de televisión donde un quinteto de niños rivaliza para cocinar una curiosidad culinaria en un tiempo límite. El horizonte semántico de estos niños no es menos que aterrador porque en él solo caben palabras como «ganar», «lograr», «sobresalir», «mejor», etcétera. Temo por la adultez de esos niños-adultos y sus padres voraces de éxitos a la larga mediocres. ¿Quién les pregunta a estos niños qué quieren ser cuando sean grandes, si ya son niños-adultos? Ahora ser adulto ya no es propio de las fantasías animadas sino una realidad posible gracias a la ventaja que de nuestra debilidad por el triunfo han sacado los monopolios de la educación y el entretenimiento académico, moldeando maquinitas repetidoras de expresiones fuera del alcance de su escasa e innecesaria experiencia de vida.

Claro, tampoco digo que la crianza oscurantista que a muchos nos tocó fuese la mejor o que los mitos de la sexualidad no hayan generado problemas de desconocimiento y temor. La época de la sumisión y la desaprobación de la inteligencia infantil tampoco hizo mucho en su momento.

Abogo por la coherencia. Adultizar niños es mucho más perverso que no tenerlos. Empaquetarlos en una burbuja de conocimiento desechable con el pretexto de anhelar que superen a los padres es demasiado pedir, peor todavía si lo hacemos en países de quitimundo donde los contrastes sociales pasan inadvertidos, cultivando indiferentes e insensibles; un sitio donde hay un basurero junto a una escuela pública o donde las champas macondianas se ven desde un mirador a las afueras de la ciudad, no muy lejos de complejos de condominios.

Nada de personas childfree. Es simple: algunos quieren tener hijos y otros no queremos. No hay juego de superioridades. Antes de lanzar bazucasos venenosos contra quienes por convicción le cierran la puerta a la paternidad (ojo que no dije matrimonio), hay que preguntarse cómo fue que los bomberos, los astronautas y las estrellas del fútbol fueron desplazados de las mentes infantiles por ejecutivos al frente de oficinas en los rascacielos. Es necesario devolver la niñez a quienes les pertenece y volver a preguntar: ¿qué vas a ser cuando seas grande?

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Roberto Sosa dice:

    Me encanta como escribe esta mujer. Desde los temas que elige, como los aborda y si bien no coincido con todos sus puntos de vista, identifico en sus observaciones una cabeza bien amueblada. Felicito a Rubi por sus letras y a CasiLiteral por identificarla y concederle el espacio.

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