Cómo ser Charles Atlas: instrucciones para abrazar la nostalgia

Javier Stanziola_ Perfil Casi literal«Recuerdo el futuro, lo terrible que será. También».

Cómo ser Charles Atlas, Pedro Crenes Castro

La nostalgia es traicionera. Para el escritor, esa necesidad de volver a habitar un espacio del que ha sido desplazado promete reparación, pero puede cercenar su presente. Forjar una práctica literaria basada en memorias borrosas puede acribillar la capacidad de las palabras de proponer nuevos mundos. Aun peor: cuando un colectivo de escritores se compromete con el totalitarismo de la nostalgia regalan a los políticos de turno una herramienta para promover ideales nacionalistas. Tan peligrosa es esa ansia que, por casi un siglo, escritores de Estados Unidos y el Reino Unido han dado por sentado que la buena literatura requiere matar la nostalgia.

En Latinoamérica, con autores como Roberto Bolaño y Carmen Boullosa, el pasado ha sido víctima de otra forma de autoritarismo: la que imponen los círculos de escritores «avanzados», los publicados por oligopolios editoriales. El manifiesto de estos escritores es que la literatura se debe únicamente a la democracia de las palabras. Un escritor de peso evita habitar un solo territorio, un solo lenguaje y una sola identidad. En su lugar, esta literatura universal construye sus personajes firmemente en el presente, siempre avanzando, nunca mirando hacia atrás. Tanto es el fetichismo anti-nostalgia en Latinoamérica que cualquier artista que use el pasado como herramienta es catalogado de títere de la memoria histórica.

Claro, el economista en mí no puede dejar de agregar que, con este llamado a las literaturas universales, estos escritores están buscando, principalmente, incrementar el mercado comercial de sus libros. Pero ese es otro tema.

La tradición de la nostalgia en la literatura panameña es extensa, con matices que la distinguen del resto de Latinoamérica. Con una historia de casi doscientos años de constantes redefiniciones como Estado, nación y país, el ansia de retornar a una tierra natal en la literatura panameña se concentra en la construcción de una patria mejor, en un futuro monolítico que siempre está por llegar. A pesar de haber sido utilizados para los fines políticos del momento, la poesía de Manuel Orestes Nieto y los cuentos de Carlos Changmarín no habitan un pasado mejor, sino que reclaman un país con una sola bandera. Este futuro prometido, sin embargo, suponía la existencia y continuidad de una homogeneidad social, cultural e identitaria quimérica. Como resultado, Panamá todavía sufre de esa necedad de vanagloriarse de no ser ni de izquierda ni derecha y no hacer distinciones entre razas ni etnias. En Panamá —nos cuenta el cuento— somos simplemente panameños.

La nueva colección de relatos de Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), Cómo ser Charles Atlas, Premio de Literatura Ricardo Miró en 2017, se alimenta y transforma la tradición de la nostalgia en la literatura panameña.

Crenes Castro es parte de la misma generación de escritores que yo habito y comparto con poetas como Lucy Cristina Chau y novelistas como Carlos Fong. Nosotros vivimos como adolescentes uno de los episodios de violencia sistemática más traumáticos de Panamá en los últimos cien años. «Los hijos predilectos de la Revolución» del general Omar Torrijos —como fuimos alguna vez etiquetados, o así nos recuerda Crenes Castro en esta colección de relatos— lloramos la muerte del general sin saber exactamente por qué. Nosotros sufrimos el dolor del estómago pegado al espinazo resultado del machete amenazante de la dictadura de Noriega. Como delirio recordamos a nuestros padres convertirse en mini guerrilleros para defender a susPe hijos durante la despiadada invasión estadounidense de 1989. Como niños y adolescentes nadie nos culpa por lo ocurrido, pero todos esperan que no hablemos del asunto. Todos nos piden que no olvidemos el asunto.

Estas expectativas en conflicto revelan las multitudes de identidades que ocupan y forman Panamá. Ellas han significado que esta generación de escritores haya tomado la tradición de la nostalgia para destruir el mito de una coherente y única identidad panameña y destapar la fracturada y siempre cambiante naturaleza de los seres humanos que habitan el mundo. En el caso de Cómo ser Charles Atlas, Crenes Castro hace eso y más. Jugando traviesamente con el lenguaje, la geografía mental y física del istmo, y la incoherencia de la actividad humana, esta colección de relatos nos hace rendirnos y concluir que es imposible refutar el pasado.

Los textos de Cómo ser Charles Atlas se apoderan de la nostalgia rindiéndole el culto que se merece con bien logradas caminatas por las diferentes ciudades en conflicto dentro la ciudad de Panamá de finales de los ochenta. Nos transportan a la frustración de la constante falta de electricidad producto de una dictadura en deterioro y nos recuerdan las propagandas gringas que prometían un mundo y un cuerpo mejor, como el del Charles Atlas. Pero luego de atraparnos con estos viajes, el autor nos libera con un travieso uso del lenguaje y de la estructura del cuento. Como lo hizo en su momento Changmarín con Seis madres, Crenes Castro nos cuenta historias sobre nosotros mismos mientras enuncia —abierta y hasta descaradamente— cómo él encuentra el balance entre la creación, las emociones, el caos y el orden que alimentan sus textos.

En algunos de los relatos, el autor nos pinta la ciudad de Panamá partida por los gringos, pero no para hacer un comentario político sino para explorar nuestra frágil relación con la muerte. El relato «El diccionario» nos traslada al día del anuncio por radio y TV de la muerte del general Torrijos. La imagen de los adultos en estado de shock vista desde la mirada de niños que no entienden de generales ya casi es cliché en la literatura panameña, pero en manos de Crenes Castro esta historia se hila a punto fino para desconectarnos de planteamientos históricos y fríos sobre la muerte y montarnos a pelo las consideraciones brutales de la única realidad que no conoceremos.

En «El castillo» somos parte de un juego cruel del autor que de muchas formas destruye las esquinas traicioneras de la nostalgia. En este relato, un hijo debe confrontar la muerte de su padre y decidir qué hacer con sus cenizas. La historia arranca siguiendo la fórmula que asegura lágrimas, pero pronto hace una pausa abrupta e incómoda para que el autor comparta con el lector «las notas» que ha seguido para asegurarse de lograr esas lágrimas. En el momento más enternecedor del cuento, Crenes Castro nos aturde y añade una quinta nota con instrucciones: «Di que la literatura es un espejo y una ventana… Un padre es una posibilidad de trauma o un tema recurrente que exorcizar, un fantasma común…» Como uno de esos magos expulsados del gremio, el autor nos revela los trucos del juego sin dejar de entretenernos y mantenernos en vilo para luego hacernos reflexionar sobre nuestras complejas relaciones familiares y con nosotros mismos.

Cómo ser Charles Atlas no sufre del autoritarismo de la nostalgia. Utilizando elementos de la cultura popular como canciones de Danny Rivera y Pedrito Altamiranda, esta colección de relatos abraza la nostalgia y hace lo que mucho de la llamada literatura universal ha dejado de hacer: entretener y deleitar. Al mismo tiempo, el libro juega con las tradiciones de tono y forma del cuento para explorar y valorar nuestras complejas y fragmentadas historias individuales.

¿Quién es Javier Stanziola?

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