La masacre de Jonestown: 40 años después

Karly Gaitán Morales_ perfil Casi literalLa generación de personas que fueron niños y niñas en la década de 1980, desde muy pequeños habrán oído alguna vez hablar de lo que por muchos años se consideró el gran suicidio colectivo de Jonestown, ocurrido en Guyana la noche del 18 de noviembre de 1978, en medio de la selva, en una zona muy cercana a Venezuela. Este suicidio había sido orquestado por un pastor evangélico que pregonaba que la venida del Cristo estaba cerca y que de esa manera iban a encontrarse con Él de una forma pronta para no sufrir más en la Tierra. Muchas versiones son las que corrieron por los grandes rotativos y las televisiones del mundo durante más de una década hasta que una serie de investigaciones continuas que se fueron desarrollando hacia finales de los ochenta y principios de los noventa por organismos de derechos humanos, gobiernos e instituciones humanitarias concluyó que no se trató de un suicidio, sino de una masacre.

Este episodio ha inspirado películas de ficción, documentales, novelas, poesía, tesis de doctorado sobre estudios psiquiátricos, religiosos y sociales en universidades estadounidenses y europeas, además, reportajes en revistas y periódicos. Al cumplirse la primera treintena de la masacre, la televisora National Geographic realizó una serie de documentales que reúnen los hechos, relatan los antecedentes y reflexionan sobre lo que sucedió en ese lugar en el lapso de año y medio, e incluso, logra hablar con sobrevivientes que por primera vez contaban su terrible experiencia.

Como resultado, 909 ciudadanos estadounidenses murieron poco después de tomarse un veneno y un congresista de la misma nacionalidad fue asesinado a balazos junto a cuatro periodistas en la pequeña pista de un aeropuerto rural. El predicador estadounidense Jim Jones había iniciado en la década de 1950 su utopía de crear una comunidad religiosa que fuera autosostenible, donde no existieran distinciones de raza ni luchas de clase. Muchos de sus biógrafos e investigadores han afirmado que su mensaje y su capacidad de dominar a las masas se debió a su gran don de la palabra y a sus mensajes socialistas llenos de esperanza mezclados con las prácticas pentecostales de fe y temor a Dios, por lo que, quienes lo escuchaban —sectores marginados como madres solteras, negros y pobres— podían soñar con un paraíso y alcanzar con ese estilo de vida un alto estado mental, emocional y espiritual. La manipulación de Jones se dio también gracias a su creación de enemigos comunes, que, según él, constantemente perseguían su misión; se refería a las «fuerzas demoníacas» y las políticas capitalistas y racistas que sectarizaban a la sociedad y creaban demasiado sufrimiento. En la década de 1970 trasladó su comunidad, conocida como Templo del Pueblo, a California; y a mediados de 1977 mudó su misión a Guyana, adonde casi mil feligreses estadounidenses lo siguieron para fundar una comunidad e iniciar una vida nueva en medio de la selva. Para sobrevivir crearon un campamento, un templo y una cooperativa agrícola con granjas.

Después de todo no era tan descabellada la idea. A mediados de aquella década era famosa en todo el mundo la comunidad religiosa que había creado en Nicaragua el sacerdote católico Ernesto Cardenal, misma que en 1977 había sido desmantelada por el gobierno somocista pero que en el archipiélago de Solentiname había sido un éxito para sus habitantes. En Solentiname se predicaba la Teología de la Liberación, sus habitantes fueron alfabetizados y aprendieron a vivir en higiene, en armonía con la naturaleza y con Dios, además aprendieron los principios socialistas y recibieron estudios literarios y de artes plásticas.

Pero el Templo del Pueblo de Jim Jones era totalmente otra cosa. La comunidad funcionaba como retiro para esperar el fin del mundo, para huir de las profecías apocalípticas o simplemente de la vida agresiva de Estados Unidos. En reportajes televisivos que se realizaron allí, los feligreses aseguraban estar felices en la comunidad y haber encontrado un paraíso donde permanecían en un estado de constante plenitud. En las prédicas, Jim Jones los invitaba a cantar, a orar y entrar en estados de trance que provocaban placer espiritual y su Evangelio se basaba en principios pentecostales. La felicidad era posible.

Sin embargo, corrían en Estados Unidos muchas denuncias sobre su manipulación psicológica y la violación de derechos humanos, así que el congresista Leo Ryan decidió ir a investigar, acompañado de periodistas de NBC, Washington Post y otros medios. Llegaron el 17 de noviembre de 1978 y 24 horas después estaban todos muertos. Las personas comenzaron a decirle al congresista que querían irse con él y Jones, al perder el control de todo su castillo de naipes, lo mandó a matar en la pista del aeropuerto mientras huía, intuyendo que se encontraba en peligro. Una hora después, Jones convocó a los mil seguidores a una reunión y todos bebieron el veneno.

Las investigaciones aseguran que el lugar en realidad funcionaba como un campo de concentración. Había guardias con armas rodeando el lugar para que nadie huyera. A todos les habían quitado sus pasaportes, nadie podía intentar irse porque serían castigados o asesinados. Los que pensaban diferente eran considerados traidores. La felicidad inicial se desmoronaba, y la comunidad, lejos de ser un paraíso, se convertía en un infierno para el pastor. Algunas versiones afirman que sí se trató de un suicidio porque no podía ser posible que un solo hombre, apoyado por un grupo de guardias, pudieran lograr que mil personas se envenenaran. Los sobrevivientes afirman que se repartía el veneno en vasos y todos eran obligados a beberlo, empezando por los niños. Amnistía Internacional concluyó que se trató de una masacre con 912 asesinatos y solo un suicidio (se presume que Jim Jones se disparó con su arma cuando todos habían muerto).

Las imágenes de televisión y cinematográficas que existen, donde se filma desde unas colinas o desde el aire toda la zona y aparecen en pantalla en primeros planos los centeneres de cuerpos amontonados —muchos en estado de descomposición y con expresiones de terror en sus caras— resultan conmovedoras y a la vez generan grandes inquietudes. ¿Cómo pudo ser posible que los gobiernos guyanés y estadounidense no pudieran hacer lo suficiente por salvarlos? Lo mismo podría preguntarse de la Primera o Segunda Guerra Mundial, del Holocauso de la década de 1940 o de las guerras actuales con miles de personas que mueren de hambre y violencia. Y el mundo no hace nada. Y ya no es 1978, sino que estamos a las puertas de la tercera década del siglo veintiuno y el mundo sigue solo mirando las masacres, los genocidios y el horror.

Viajar a Guayana en noviembre de 2018 —40 años después de la masacre—, recorrer la zona en avión y conversar con los guyaneses sobre los acontecimientos confirma que las muertes, por miles que sean, muchas veces pasan en vano en la Historia. Los guyaneses entrevistados y en edades en las que podrían recordar aquel acontecimiento, no lo recuerdan. Sucedió en zonas muy remotas y, después de todo, los estadounidenses eran forasteros. Las generaciones más jóvenes en distintos rangos de edades no conocen los hechos, ni siquiera como leyenda popular. La masacre de Jonestown —el nombre del pueblo alude al apellido de Jones— es como cualquier episodio de una novela de Gabriel García Márquez: la caravana de estadounideses llegó, pasó por Georgetown en tránsito, se instalaron a vivir por quince meses y murieron. La muerte o la vida no son nada.

¿Quién es Karly Gaitán Morales?

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