Feliz cumpleaños, Newton

Darío Jovel_ Perfil Casi literalA veces la felicidad parece ser una cualidad propia de algunos y ajena completamente a otros tantos. Sucede que por momentos esta se escurre entre los dedos, se resbala por todo el cuerpo y escapa hacia un lugar incierto, sin dejar una sola carta de despedida, sin soltar un adiós con tono y expresión nostálgicos. Es una hazaña titánica, osada, ingenua e inútil intentar brindar una definición de lo que es FELICIDAD, sí, con mayúsculas. No sé a dónde puede conducir su búsqueda; por qué cuando se ausenta por demasiado tiempo se pierde la noción de lo que es y, pese a la complejidad latente que existe para definirla, es relativamente fácil identificar su ausencia.

Quizá, y solo quizá, se deba a que uno se acostumbra más fácil a extrañar a las personas, a las cosas, los lugares y, naturalmente, a las ideas. Es difícil aceptar a una persona con sus malas costumbres, con sus caprichos constantes, sus involuntarios gestos dotados de prepotencia y soberbia; extrañar, por otra parte, es fácil. Bastará con querer, o fingir querer, a la persona. Se deben sobredimensionar las experiencias placenteras y suprimir las malas, adornar la memoria y convertirla en una versión utópica de un pasado nunca vivido y, a esa construcción neuronal, suele denominársele FELICIDAD. Pero este tipo de escenarios pesimistas –aunque realistas–  no tiene cabida en estas fechas.

El 25 de diciembre se celebra, gracias al papa Julio I, el supuesto nacimiento de Jesús de Nazaret, aunque ya en aquellos años crepusculares del Imperio Romano se sabía perfectamente que la fecha exacta era un misterio que no sería revelado jamás. Pero celebrarlo ese día servía para cristianizar una de las últimas grandes fiestas paganas; por otra parte, sí hay un nacimiento perfectamente registrado de una persona que no solo fue clave para la composición del mundo contemporáneo.

El 25 de diciembre de 1642 –según el calendario Juliano, y no el Gregoriano que usamos hoy– nació Isaac Newton, padre de la física clásica y del cálculo. Los aportes que Newton dio al mundo son innumerables, pues gracias a las leyes que describió mediante fórmulas matemáticas todos los satélites, aviones e inclusive los teléfonos inteligentes funcionan como funcionan.  Ello sin mencionar a los trenes, los automóviles, la rotación de los planetas y las bases para la compresión de la gravedad –mediante la ley de la gravitación universal– que, posteriormente, sería reforzada por Albert Einstein.

Con todos esos datos, resultaría fácil ver a un Newton celebrar su cumpleaños lleno de orgullo y felicidad por su trabajo. Pero la realidad se parece más a la de un señor que casi no salía de su oficina, que pasaba 16 horas diarias trabajando, que creció sin amigos, que vivió, desde su adolescencia hasta su vejez y muerte, completamente solo. Una persona que sacrificó toda su vida en pos de entender mejor al universo y lograr mediante ese entendimiento una mejor vida para todas las personas. Cuando Newton falleció recibió los mayores honores funerarios en la historia del Reino Unido. Voltaire, durante su exilio, y a causa del funeral de Newton, escribió lo siguiente: «Inglaterra honra a un matemático con privilegios que jamás recibirá un rey».

Lo anterior es muestra del punto que antes intentaba explicar. A las pocas horas de la muerte de Newton, en todo el Reino Unido se esparcieron pensamientos nostálgicos, un luto colectivo. Sabían perfectamente que habían perdido a la persona más brillante que aquella nación, y probablemente el mundo, haya dado jamás. Científicos e intelectuales de todo el planeta, conforme se enteraban de la noticia, enviaron sus condolecías por medio de cartas a la Royal Society, la comunidad científica más prestigiosa de Europa y lo más parecido a una familia o a unos agios que jamás tuvo Newton.

Talvez, solo talvez, si ese afecto universal que fue manifestado hacia su persona hubiera sido demostrado en vida; si una vida volcada en la soledad hubiera hallado respiro entre charlas que no tuvieran nada que ver con ciencia, una conversación banal, un paseo por los bosques de Inglaterra, una cena sin pretensiones de que Newton les consiguiera un puesto en la universidad o le explicara algún postulado reciente. Tal vez, solo tal vez, hubiera podido hacer de su vida un poco más grata.

¿Cuántos 25 de diciembre se habrá quedado encerrado trabajando? ¿En cuántas de aquellas ocasiones habrá pasado por su mente la idea de hacer otra cosa? Cuando pensaba en hacer otra cosa, ¿qué hubiera deseado hacer? ¿Alguna vez se habrá arrepentido de lo que hacía? ¿Habrá sido feliz? Quiero pensar que sí, que Newton era feliz con lo que hacía, que amaba a los números por sobre todas las cosas y que hallaba en las ecuaciones, en los polinomios algebraicos y las leyes físicas, en los teoremas matemáticos la felicidad y la compañía que su entorno le negó.

Básicamente porque la persona que construyó la modernidad, que trazó las líneas generales que la física y la matemática seguirían hasta la actualidad y dedicó su vida entera al desarrollo de la humanidad merecía ser feliz. Newton asumió la castidad por voluntad propia. Trabajaba y dormía, esa era su vida. Recibió todos los honores que podía obtener y algunos de ellos fueron creados para él.

Se dice que en las fechas navideñas la felicidad no recala en los objetos, que se centra exclusivamente en las personas y la compañía, pero ese afán de querer monopolizar algo tan complejo como es estar feliz  mediante una interacción social desprestigia la vida de muchas personas que la encontraron en sus actividades artísticas y científicas, en el desarrollo de sus ideas y, también, en sus posesiones materiales. En muchos casos, la felicidad recala en aquello que se ausenta de nosotros.  Pueda que Newton añorara una compañía humana, o que otros se frustren ante una decepción académica, que todos sientan que la felicidad reside en aquello que no tienen.

La vida fue injusta con Newton, como lo es con todos, pero de su nula capacidad para conversar, de su compleja personalidad adicta a la soledad, de su sed insaciable por conocer los secretos que el universo alberga y del fanatismo por esas cosas que a nadie le interesan –pero de cuyos estudios depende el estilo de vida que todos llevan– pudo hacer de su vida un hito irrepetible, y todo ello con una humildad que probablemente era lo único más grande que su genialidad: «Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes», afirmó Newton.

La poca información sobre la vida privada de Newton hace imposible afirmar si fue feliz o vivió sumido en la tristeza, como muchos otros personajes célebres, pero espero que haya sido feliz. Solitario y feliz.

Descasa en paz, Newton. Porque de entre todos los hombres y mujeres que han dedicado su vida entera a iluminar el camino de la humanidad, fuiste el más grande. Felices 376 años.

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