Amos Oz comiendo helados en Jerusalén

Leonel González De León_ Perfil Casi literalEn junio de 2009, después de siete años en la universidad, después de uno de servicio social para revalidar en Guatemala mi título de médico conseguido en La Habana y después de cinco meses de trabajar en el área rural mientras acumulaba deudas, recibí mi primer sueldo —en realidad fueron cuatro sueldos, por los meses de espera—. En esos días comí y bebí de manera épica y luego fui a la librería en busca de dos libros que había leído en la biblioteca, pero que al tener un sueldo en la bolsa quería tener para mí: Leyendas de Guatemala, de Miguel Angel Asturias; y Antes del fin, de Ernesto Sabato. Ese día, caminando entre los estantes, y sin darme cuenta cómo, tuve entre las manos Contra el fanatismo de Amos Oz. El texto apenas rebasaba las cien páginas y las dos ojeadas que le di al azar me engancharon.

«Yo me hice escritor a causa de la pobreza, de la soledad y de los helados», dice Oz en la tercera conferencia del volumen. «[Mis padres] me decían que tenían que conversar con sus amigos y que yo tenía que portarme bien, y que, si lo hacía, al final habría helado para mí. […] Así que me sentaba y observaba el trasiego del café como un pequeño detective: gente entrando y saliendo, y solía pasar el tiempo inventándome pequeñas historias sobre aquella gente. […] En cualquier caso, siempre se puede pasar un buen rato y conseguir un helado al final; no es una pérdida de tiempo». Nunca he podido borrarme la imagen de Amos, hijo único y sin otros niños alrededor, teniendo que pasar tardes y noches embebido en las charlas de sus padres, ambos intelectuales, a la espera de un sorbete azucarado. Para mí, enamorado de los helados de frutas al punto de gozarlos no solo con la boca, sino con la piel de las mejillas, las palmas de las manos y a veces hasta los codos, fue un primer contacto delicioso.

«El fanatismo —apunta en otro pasaje del libro— comienza en casa. Precisamente por la urgencia tan común de cambiar a un ser querido por su propio bien». Más adelante agrega: «Tienes que cambiar, tienes que hacerte como yo o de lo contrario este matrimonio no funcionará». Con estos dos fragmentos decidí llevármelo y buscar más textos suyos.

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En el epílogo de La historia comienza —volumen donde repasa el primer párrafo de diez narraciones clásicas: Chejov, Kafka, Carver o García Márquez, cotejándolas con fragmentos de Tolstoi, Dostoievski y Melville—, Oz lamenta la proliferación de los cursos de lectura rápida, aquellos que enseñan «a ahorrar un valioso tiempo, a leer cinco páginas por minuto, a recorrer la página en horizontal, a saltarnos los detalles y a llegar rápidamente a la última línea» y terminan, como es habitual en la lógica consumista, minimizando el disfrute de cualquier cosa por la premura ante lo que está por venir; luego, invita a utilizar su libro como punto de partida a un curso de lectura lenta, magnificando las imágenes y extendiendo las frases, porque «los placeres de la lectura, como otros goces, deben consumirse a pequeños sorbos».

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En la novela Versos de vida y muerte, Oz toma la voz de un escritor veterano que se interpela a sí mismo mientras duda si tiene conciencia real del tiempo que le toca vivir: «¿Qué función cumplen tus relatos y para quién son provechosos? ¿Cuáles son tus respuestas a las cuestiones fundamentales, o al menos a algunas de ellas?», se pregunta el personaje. ¿Cabe hacer esta pregunta o hacérsela uno mismo si pretende crear literatura? ¿Qué son las «cuestiones fundamentales» que menciona Oz en el texto? Hoy deben ser algo como no perder la pista de los influencers en Twitter o en Instagram, aunque él se refería a otras cosas.

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Hay personas que, a pesar de la edad, de la enfermedad y del sosiego que puede resultar de su desaparición tras una enfermedad, nunca resultan fácil de dejar ir. Amos Oz es una de ellas. Su muerte ha dado paso a una seguidilla de homenajes, recopilaciones y notas de despedida por parte de editores, traductores, lectores y escritores de todas las tendencias, como Mario Vargas Llosa desde la derecha más rancia hasta intelectuales de izquierda en varios países. Y no es para menos: con él se extingue otra lumbrera del siglo pasado, no solo en lo artístico sino en lo ético, categoría cada vez más en desuso. Su voz seguirá resonando en estos tiempos de zozobra, tanto en su región de origen como más allá, pues como él afirmaba, «no se trata de estar a favor de Israel o Palestina: se trata de estar a favor de la paz».

¿Quién es Leonel González De León?

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