Esto pasa cuando un gay se confiesa con un sacerdote en la Jornada Mundial de la Juventud

Javier Stanziola_ Perfil Casi literalDoscientos confesionarios ocupan el cementerio de la racionalidad. Formando decenas de filas que se pierden en la distancia, estas cápsulas del perdón en el parque recreativo más grande de la ciudad de Panamá son parte de una de las actividades organizadas para los jóvenes peregrinos católicos de la Jornada Mundial de la Juventud, que culmina este domingo.

No soy ni católico, ni peregrino, ni mucho menos joven, pero de Lupita Ferrer interpretando a Victoria Ascanio en la telenovela ochentera Cristal aún me queda ese cuarzo amatista por los pichones de cura; así que hace unos días, cuando los telenoticieros mostraban en loop imágenes digitales de las hileras de cruces rojas que enmarcan esas cápsulas abiertas, mi cerebro me ordenó salir de casa, montar el subterráneo, caminar las calles abarrotadas de peregrinos y tocarlas en carne y hueso.

Salivando por todo el cuerpo, desde la entrada al parque yo podía ver un solo estilo de confesionarios. Dentro de estas cápsulas bicamerales se veía un asiento para el confesor del mismo color, altura y textura que el del pecador: ideal para una conversación entre iguales. Me llenó de ilusión pensar que un instinto anticlerical hubiese inspirado a la diseñadora de estos muebles, pero el paraíso igualitario católico que comencé a construir en mi mente muy pronto se derrumbó al percatarme de que había varias versiones del mismo aparato, incluyendo la constipada opción de que el pecador se confesase arrodillado sobre la grama.

Hacía más de diez años que no sabía de confesionarios y al verlos en carne y hueso cuestioné mi decisión de volver a uno de ellos. Todo me decía que invadir ese cementerio era un irrespeto, y es que todos los mitos y la magia aprendidos en mi primaria y secundaria jesuita no son cachetes de pescado. La incomodidad que me producía la alegría de miles de sudados feligreses me sugería que confesarme sería un pecado. Además, la fila de peregrinos buscando lavar sus pecados era kilométrica y ya la rodilla no da para esperas inútiles. «¿En inglés?», escuché que me preguntaba una de las voluntarias y dejé de pensar perezadas. «¿Quieres confesarte en inglés?», reiteró, señalándome una fila de dos personas, y allí quedé esperando mi turno sin dolor de rodilla.

«Y ahora qué confieso?», pensé, pero la voluntaria ya me indicaba que era mi turno y me señalaba a la distancia «al padre más amistoso del parque», y así lo confirmé cuando vi a un Robert De Niro en sotana y lentes. Cuando me senté y me preguntó en inglés y en español risueño cómo me llamaba, me atreví a mirarle a la cara por cinco segundos, violando los cánones que dictan cómo se debe manejar esto de borrar los pecados con una conversación y tres Ave Marías. Blanco hueso, sonrisa amplia, ojos de miel: De Niro era un pecado en potencia.

Regresé la mirada a la grama seca y traté de recordar todos los sufrimientos que pasó Victoria Ascanio por cientos de episodios por tirarse un solo polvo con un seminarista y me enfoqué: «No sé cómo hacerlo. Casi quince años que no hago esto», comencé. «¿Eso a qué se debe?», me preguntó De Niro con su mirada perdida en el parque, y me quedé en silencio. Luego de tanto andar, aún no tenía ni la más nervuda idea de qué le iba a decir a este señor. Tenía que decidir, y pronto. Ante mi silencio, el pielpálida aprovechó, «Esto es maravilloso. El Señor quiso que vinieras hoy», y es que seguro tiene esas líneas memorizadas desde que tomó la clase Confesionario en Parques Públicos 101. «¿Por qué tan apartado de tu iglesia?», insistió. «Ustedes no me quieren porque soy gay», respondí, y escuché un frustrado «No» del confesor, pero seguí. «Porque estoy casado con un hombre. Tenemos un hijo que adoptamos hace doce años. Desde el púlpito —en bautizos, bodas, funerales— tenemos que escuchar a sacerdotes decir que nuestra familia no es familia». Su respuesta vino como un rayo, «No. No es así. En la iglesia te queremos. Tu iglesia siempre estará abierta para ti. ¿No has escuchado lo que dice el Papa Francisco?»

Pero yo no quería hablar de Pancho y reculé, «Pero eso no es lo que me trae aquí. Es mi incapacidad de alegrarme por la felicidad de los peregrinos. ¿Ha visto sus ojos? Están llenos de certeza. Se ven tan felices y yo no los entiendo. ¿De dónde sale tanta inercia? Tanta indiferencia. ¿Cómo se puede ser tan feliz entre tanto dolor causado por la iglesia?», y me detuve al recordar la promesa, que me había hecho hacía un minuto, de no hablar de los abusos a madres solteras por parte de la iglesia católica irlandesa, ni de los miles de sacerdotes que le metieron la verga en el ano y la boca a miles de niños y niñas alrededor del mundo, ni del encubrimiento del Papa Juan Pablo II a su amigo Maciel el pedófilo en México, ni de las mujeres católicas en Panamá que todavía juegan un papel de siervas y se describen como esclavas de un señor y están orgullosas de serlo. No. Yo me prometí que esto sería personal.

«Estoy aquí porque me preocupa mi creciente tendencia a deshumanizar a personas que apoyan una institución como esta. ¿Cómo puedo volver a abrirles mi corazón?» Y de inmediato escuché otra de sus líneas ensayadas: «La razón de la felicidad de esos jóvenes tiene un nombre. Y ese nombre es…», el sacerdote de sonrisa amplia quería que yo terminase la frase con un «Jesús» y yo le respondí con un «Dios» para que se acordase de que en el fondo el catolicismo es politeísta. Él aceptó su paganismo sin problemas y me respondió: «Así es, y es él quien te va a regresar tu felicidad. No has podido ser feliz por culpa de tus tendencias. No puedes ser feliz con esas tendencias. Regresando a tu iglesia lo serás». Y me quedé mudo, espantado por su veredicto de que la felicidad solo existe si crees en seres mágicos y —como buena incoherencia católica— que yo no soy feliz debido a lo que De Niro catalogaba como mis «tendencias».

Pero ¿soy feliz? Mi respuesta tenía que salir de mi verdad y la esperé pacientemente, mirando a la grama donde otros se estaban arrodillando y, de sorpresa, la sentí venir de un lugar al final de mi vientre: «Yo soy feliz», declaré, y pensé en la maratónica montaña rusa que he compartido con mi esposo por los últimos dieciséis años, pensé en mi hijo bondadoso que admiro por su incapacidad de preocuparse por terminar la tarea de matemáticas, pensé en el privilegio de poder sentarme a escribir cuando me da la gana. «Soy feliz. Ser gay no me impide ser feliz. Lo que me preocupa es ver la felicidad de otros y despreciarla. Estoy convencido de que la mirada llena de alegría de esos jóvenes solo revela cuán fino corta el filo de la Biblia cuando realiza su lobotomía diaria».

Me callé. Me di cuenta de que la sonrisa amplia de De Niro ya no estaba y que me miraba directamente. Intensamente. Nuevamente me atreví a mirarlo y le escuché decir: «Regresa a tu iglesia. Eres un hombre de muchas virtudes. Has adoptado un hijo, un gesto de generosidad. La iglesia distingue entre el hombre y sus acciones. Te amamos como hombre, pero tus acciones… La mayoría son encomiables. El problema son tus tendencias», y regresó la palabrita. «Claro, todo se complica porque tienes una…», e hizo una pausa pensante hasta atreverse a decirlo, «tienes una familia y ese niño necesita un hogar estable. Tú tienes que criarlo para que sea un buen cristiano, pero ¿qué hacemos con tus tendencias?», y yo ya sabía lo que venía. Entre la ociosa brisa veraniega y el pegajoso calor panameño, recibí el gancho final de De Niro. Acercó sus manos a mi brazo para intentar contacto con mi carne antes de preguntar, «¿Será que puedes hacer algo con esa relación? ¿Tú tienes sexo en esa relación?», y me convertí en un niño de diez años en la cancha de fútbol de la escuela jesuita. Quería huir, pero me quedé sentado, cabeza gacha, esperando el golpe que sabía que venía, que no quería, pero que esperaba con ansias para que todo terminase: «Solo deja de tener sexo con esa persona». El sablazo dolió más de lo que esperaba. Me paré y entre susurros respondió el niño jesuita de diez años, “Disculpe, me voy. Eso dolió», y vi al sacerdote mover sus manos pidiéndome que me quedara.

Mientras caminaba de vuelta, lo escuché por última vez preguntar, sorprendido: «¿Eso te dolió?»

¿Quién es Javier Stanziola?

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Señor Stanziola :Este es un gran relato de la experiencia de la gente como tu y como yo cuando buscamos a Dios ante tanta indiferencia. Yo también creí en hacer uso del secreto de la confesión cuando esta mañana pasaba por el Parque Omar viniendo de buscar un peregrino brasileño que conocí desde su infancia en el Aeropuerto de Tocumen.
    Me he convertido en Pablo perseguidor de los cristianos, el apóstata., porque creo en Jesucristo pero veo el desprecio de la gente…Gracias por tu acercamiento.

  2. Miguel Mariano. dice:

    Buenas noches!
    Por cosas del destino su artículo llegó a mis manos, no creo en las casualidades.
    Antes que nada de la manera más atento le comento que no busco juzgarlo, eso no me corresponde a mi, eso solo lo puede hacer Dios.
    Dios no discrimina a nadie y su hijo llegó a este mundo buscando a los que realmente necesitaban de él, a los excluidos, a los pobres tanto física como espiritualmente, pero no obligaba a nadie, siempre respetaba el libre albedrío y preguntaba si realmente quería ser curado y ud al momento de ir al sacramento de la reconciliación, realmente quería ser curado o fue solo por saciar su curiosidad?
    El primer paso para discriminar es suponer y pensar que todos lo pueden discriminar por su condición, es un error, la iglesia es acogida. No somos perfectos y por ello se trabaja duro y con humildad para ser justo, como se es justo, siguiendo la ley de Dios y amando a los demás como uno desea ser amado, la iglesia no tiene nada en contra de la persona homosexual, es una tendencia y se respeta, lo que se reprocha son los acto que en sí que atentan contra la ley promulgada por Dios y caen en pecado, y ud tuvo la gracia de sentir el llamado y poder iniciar un acercamiento con Dios y sibre todo con uds mismo y lo desaprovechó por prejuicios mentales , es ud por lo que leo una persona muy capaz y no creo que le quede grande reconocer donde se equivoca, reconocerlo es ser grande, cómo le digo no busco juzgarlo no me corresponde, pero si le puedo decir que el amor de Dios es tan grande y misericordioso que imagínese ud, que entrego su único hijo, lo puso a vivir bajo condiciones de pobreza, humildad, persecusión, calumnia, improperios, vejamenes, las más crueles humillaciones psicológicas y físicas, fue sometido a los dolores más trocea que ud y yo podemos ni siquiera imaginar, y lo hizo por amor, por uds, por su pareja, por su hijo, mi, por mi familia, por los semejantes, busque ud actualmente alguien que pueda hacer eso, nadie humanamente lo hará y el lo hizo por nuestra salvación y es fábula ni fantasía, y más aún sabiendo q moriría y sufriendo ante esta noticia, traicionado por un amigo, que busco ayudarlo pero que nunca se dejó salvar, pues estaba muy atado a este mundo, que su orgullo no le permitió pedir ayuda, que vio como sus amigos huían ante el peligro sin que lo defendieran, que vio como lo negaban, y ud se queja por qué se siente discriminado?
    Tanto pensó en los demas que nos dejó a el mismo en la eucaristía, dando su cuerpo y sangre y sufriendo nos siguió colmando de bondad y amor dándonos una madre y jamás se quejó.
    La iglesia como cualquier otra institución de la sociedad tiene sus falencias, hay buenos y malos, pero ellos por ser siervos de Dios están más propensos a caer en pecados y aún así muchos son fieles a su vocación y voto de castidad y pobreza y fieles a la promesa hecha a Dios. Que haya unos que no sintiendo vocación o llamado se metieron a este institución y siguiendo sus instintos lujuriosos la han hecho ver corrupta, quién es el del problema allí, de la padre o la institución, créame que quien mal obra obtiene su castigo, ante Dios no hay nada oculto, pero no le cabe a ud , ni a mí juzgarlo y la iglesia a pecado por algunos que omitieron esos vejamenes, y por ello yo no voy a catalogar a una institución de corrupta o discriminatoria, si tú hijo te hace pecar, sacalo, es mejor quedar tuerto que perder la vida eterna por no hacerlo. Confesarse de rodilla implica humildad y reconocer que se siente arrepentido y si el sacerdote está al mismo nivel es para demostrar que el se puede bajar a sacarte de ese fango en que te encuentras y sentirse que sales de ese fango es como empezar a ver la luz y sentir que hay esperanza de ir limpiando todo aquello que el fétido fango a manchado, eso genera esperanza y la esperanza te da fuerza, la fuerza fé y esa certeza de creer más allá de tus fuerzas y posibilidades racionales son las que te hacen entrar en la zona de amor, amor más puro estilo incondicional que puede haber y que lleva a la felicidad, lo digo también por experiencia vivida, yo también estuve en el fango y por eso hablo con conocimiento de causa y la dicha la felicidad que siento a pesar de las dificultades que se puedan presentar, no tiene comparación ni precio, nada materia ocupa ese sentimiento de gozo, ni ninguna fórmula mágica, esto no es magia es solo desiciones las hay buenas y malas y uno decide conforme a su albedrio, si Dios impusiera su voluntad, no sería Dios sería un tirano, y creo que por su gracia , gran amor y por misericordia nos levantamos todos los días. Lo que pasó atrás queda para que perder energía en ello, no vale la pena Jesús da nuevos comienzos. También le recuerdo que somos una religión monoteísta al igual que el judaísmo e islamismo, los demás son filosofías creadas por los hombres a su conveniencia o sentir, y se preguntará si ellos no conocen a Dios o no están en la iglesia universal que es la católica, no se sacarán? Claro q si, Dios los juzgará por el amor que dieron o dejaron de dar. seguimos un solo Dios al cual se debe amar sobre todas las cosas y como a uno le gustaría amarse, me parece irrespetuoso que hable de lobotomía, acá nadie está obligado, quien realmente ha sentido que se le ha perdonado mucho ama, muchos santos y santas fueron pecadores y por qué Dios tanto les perdono así mismo amaron y se sacrificaron. No es lobotomía es amor, lo ahcen por uds y por muchos que no conocen el amor de Dios, cuando se comulga estando en gracia y de corazón se ayuda a la salvación de muchas almas, aunque no lo crea y Dios siempre busca los católicos sencillos, humildes, que siguen sus preceptos sin protesta y no buscan figurar. Son felices por qué conocen a Dios y eso da felicidad, ud no es feliz ud es alegre ante momentos que da la vida y sus cosas, la verdadera felicidad la da Dios, por algo sintió la necesidad de buscarlo e intentar confesarse, tuvo valor pero luego lo venció el miedo y la presunción de sentirse discriminado y se marchó.
    Ud sabe que la institución más sagrada para Dios es la familia, y esta se compone de hombre y mujer, lo demás son aditamento que se han creado, lo digo con respeto, pues no lo juzgo tal vez ud tenga un gran y filantrópico corazón., Pero también e puede ayudar a apoyando instituciones que velan por las familia, niños, etc.
    La Biblia no corta la racionalidad de nadie, más bien hace sabios, ha que permite conocer la historia de un pueblo que fue salvado a pesar de sus infidelidades y nos permite conocer la historia para no repetirla, también nos narra cómo vivió Jesús y lo que hizo por uds y lo que hace diariamente por los suyos.
    El sacerdote solo lo instó a dejar esa práctica que lo aleja de Dios y cumplir el debe ser, nadie a muerto por ser celibe o por no tener relaciones sexuales.
    Más bien es de valientes contenerse ante los deseos de la carne, eso sí cuesta y mucho pero se puede siempre y cuando se desee.
    Gracias por su tiempo y sentir el impulso de contestar a su artículo, entienda bien nadie lo discrimina, el médico busca sanar a los enfermos no a los sanos, y la JMJ es una gran oportunidad de acercarse a ese médico y exponer nuestros padeciendo para ser sábados y así con mente limpia y sin ataduras buscar esa felicidad tan anhelada.
    Animo.

  3. Le insto a investigar sobre el principio de incertidumbre (fisica cuantica). En esencia Dios (ese que todo lo es) nos ha regalado la capacidad de cada quien tener la experiencia que prefiera. Es nuestro regalo, nuestro deber y derecho. La felicidad del creyente es tan buena como la del ateo, no hay un unico paradigma que invalide a uno validando al otro. Cuando juzgamos perdemos de vista esto. Intentamos encajar a otros en lo que quizas solo es valido para nosotros. Si dejamo el juicio y aceptamos que cada quien tenga su propia experiencia entonces la felicidad del peregrino, la del creyente, la del ateo, la suya y la mia dejan de ser mutuamente excluyentes, y en su lugar son integrales.

  4. Naegeli Navarro dice:

    Muy triste su frase “Lo que me preocupa es ver la felicidad de otros y despreciarla”.

    No me atrevo a juzgarlo, simplemente le exorto a meditar que ir al confesionario es un acto de convicción y no de experimento probatorio.

    El ser “feliz” es una opción individual, no depende de terceros. Y cuando se “desprecia” atenta contra sí mismo, y dicho estatus de “felicidad” deja deja de tener la misma calidad. No hay mejor sensación de paz que celebrar la felicidad de otros sin prejuicios ni juicios.

    Y filosofar o redundar sobre el misterio de la Santísima Trinidad es ahogarse en vanas discusiones, pues es simple y complejamente el inexplicable misterio de Dios mismo, el que Es, y el que Todo Lo Es. Este hecho es un Dogma de Fe, y si no cree en ello, pues es su derecho.

    Al final de todo, sólo le invito a practicar el hecho más fundamental de todo creyente o no creyente que nos llevaría a la mayor victoria en pro del bien común, la paz y la felicidad social:

    HAZ EL BIEN SIN MIRAR A QUIEN.

  5. Ilse dice:

    Hermoso relato, gracias por compartir. Eres feliz!!! Tu familia es un regalo maravilloso de Dios, acéptalo y disfrútalo y sigue viviendo en amor. No necesitas una religión, con tener una relación con Dios es suficiente para llenar tu alma. Te envío un gran abrazo.

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