Maridos maravilla

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgNo es ningún secreto que soy una romántica empedernida. Culpo a las películas de Disney y a las revistas Vanidades con que aprendí a leer consonantes, y quizá tengo un punto. Cuando ahora pienso en las ficciones y entretenimiento que conocí antes de los 14 años tenían como único desarrollo y arco narrativo la conquista de una pareja sentimental.

Sí, muchas de esas ficciones se derivan de cuentos de hadas, pero incluso las historias basadas en amistad o heroísmo tenían una subtrama romántica para recordarme que esa era una recompensa, una aspiración. Mi corazoncito adolescente sufrió bastante por pretender a sus supuestos príncipes.

Luego descubrí el feminismo y desde entonces me dedico a arruinar mis relaciones por sobrepensar lo que me introduce, mantiene o aleja de ellas. No quiero entrar en la trillada discusión sobre cómo a los niños no se les educa para aspirar al vínculo romántico de la misma manera que a las niñas, o cómo las chicas de mi generación crecieron con demasiadas invitaciones para romantizarse y sexualizarse antes de tiempo. Claramente, hoy existen mejores y más numerosas ofertas de ficción que no glorifican las relaciones para las pequeñas y más bien las motivan a ser independientes. Para el resto de nosotras, los veintes son la era del desencanto. Por eso amo la ficción que lo deconstruye.

Maridos, de Ángeles Mastretta (2007) es una colección de cuentos que deconstruyen el matrimonio desde la perspectiva femenina, representando diferentes relaciones en diferentes conflictos y etapas. Humorística, cínica, hiriente y por ratos también melodramática, Mastretta sabe equilibrar los tonos de sus relatos en una combinación imposible de abandonar. Mis memorias de relaciones no suelen ser simétricas; ni siquiera podrían pertenecer coherentemente en un mismo relato. Doblando las convenciones del cuento corto, Mastretta captura esa extraña antología de expectativas cumplidas o fracasadas. Y es que el objetivo específico de Maridos no es repudiar o reforzar los valores de la fidelidad, maternidad o devoción. Más bien explora cómo la antiquísima base de la sociedad está en constante evolución dentro de cada pareja, especialmente en una sociedad cada vez un poco menos heteronormativa, patriarcal y matrifocal.

La razón por la que funcionan todos estos relatos es porque toman las situaciones cliché que las telenovelas adoran y exploran sus verdaderas motivaciones. Mastretta también sabe cómo representar una feminidad plural en todas sus protagonistas, escapando de los estereotipos de vírgenes, madonas y putas. Sus personajes eluden la manía que demasiadas autoras tienen para construir un solo personaje femenino al que únicamente le alteran el color de pelo y la ropa como a una Barbie literaria. Por eso, el libro se lee menos como una colección de chismes y más como una sesión de terapia. «Por drástica que te parezca la pérdida de un marido, nunca devasta como la pérdida del estradiol».

A medida que me amenazan los 30 suelo fantasear con cuáles habrían sido mis distintos destinos, de haber confiado en todas esas veces en que dije que el amor era eterno y la felicidad absoluta. Y es que no tengo ninguna garantía de que cualquiera de esos finales, incluyendo el presente, podría ser fantásticamente feliz. Por eso hay un extraño consuelo en este libro: confirma que quizá la princesa no debió terminar la historia en un vestido blanco sino en una camisa de fuerza. Esa es la clase de sabiduría que me habría servido demasiado a los 14 años.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Miguel dice:

    Wow Angélica que relato. Muy emotivo

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