Chinos y soldados en la torre Eiffel

Anoche platicaba con una buena amiga a la que no veo desde el verano de 2017, cuando coincidimos en Managua durante nuestras respectivas vacaciones. Ambos dejamos Nicaragua más o menos al mismo tiempo, casi dos años antes: siguiendo estudios de posgrado, ella; yo, a mi esposa en su misión de trabajo. Hablamos durante casi cuatro horas sobre asuntos personales y profesionales; su siguiente reto académico en un muy posible doctorado; el desarrollo de mi vida familiar ahora que he cumplido cuatro años de casado; los proyectos de escritura que tiene cada uno. Atravesamos de ese modo su mediodía y mi medianoche, actualizando un poco nuestras vidas, y entonces recordé la escala que me tocó hacer en Francia esa vez que nos vimos en el país natal (iba a decir fatal, qué desatino).

Era julio y hacía tanto calor que ni las tardes de abril o marzo de Managua en mi memoria quemaban tanto. Por supuesto que en París teníamos en contra la falta de agua para hidratarnos, las ansias de ver más y más antes del siguiente vuelo, el peso de nuestro bebé que empujábamos en su cochecito. Caminamos varias calles céntricas de la ciudad, ninguno había estado antes en ella y, aunque no estábamos precisamente deslumbrados, había mucho que apreciar. De todo lo que vi durante lo que hasta hoy aún mi esposa y yo llamamos, con autosorna cariñosa, nuestras horas parisinas, hubo dos cosas que me parecieron remarcables, como signo de época.

Lo primero era notorio incluso desde el aeropuerto, pero en las calles se imponía más como una cachetada de hiperrealidad novomilénica. Grupos de dos, tres, cuatro soldados debidamente uniformados y apertrechados con todo lo necesario para una mediana escaramuza —lo más visible, sus armas largas— vigilaban un orden amenazado por esa abstracción omnipresente llamada terrorismo. Soldados franceses que no parecían sobrepasar los 25 años, varios de ellos de tez oscura, algo todavía límpido reflejándose en sus ojos, cuidando el orden francés de la capital de Francia.

Lo otro también podía adivinarse en la terminal aérea, pero las calles —otra vez— lo reflejaban de una manera mucho más clara. Grupos de tres, cinco, siete turistas chinos se contoneaban por la ciudad haciendo gala de una confianza sobresaliente. Rostros, la mayoría jóvenes, sin un asomo de ofuscación, sin una sombra de duda, sin un pliegue de terror. Turistas chinos despreocupados por el colapso de un orden que pronto podría ser remplazado… ¿por ellos mismos? Chicos, en todo caso, que se movían con ligereza, como quien usa piyama en casa.

Chinos y soldados franceses negros en la torre Eiffel. «¡Chinos y soldados franceses negros en la torre Eiffel!», repitió mi amiga, riendo, desde el otro lado del mundo, desde el pasado. «Deberías escribir sobre eso». Le dije que lo pensaría.

¿Quién es Carlos M-Castro?

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