De la música portátil al silbido

Más allá de qué música se escucha, hay algo que puede ser determinante para que el momento valga o no la pena: cómo se reproduce esa música. Estando en casa no debería haber problema, pues muchos equipos de sonido tienen suficiente equilibrio entre frecuencias altas y bajas; todo depende de colocar las bocinas a la distancia adecuada para equilibrar los elementos (mucho mejor si es sonido estéreo) y, desde luego, ponerlas frente a una pared para que las ondas sonoras no se difuminen alejándose hacia atrás. 

Yendo en auto, al menos si se trata de un modelo reciente, tampoco hay mucho que discutir, pues la mayoría, ya sean grandes o chicos, chinos o europeos, auto particular, Uber o taxi −los taxis de Cuba, si bien deberían exhibirse en un museo por tener medio siglo de uso y muchas piezas artesanales, merecen una mención aparte por la intensidad de los ritmos que suenan en ellos−, suelen tener un audio con buen soporte de bajos. 

Me ha pasado que, al ir conduciendo, me conecto demasiado y se me antoja extender el viaje sin rumbo fijo y por tiempo indefinido solo para darle continuidad a la lista de reproducción. Pero la mayor parte de mi experiencia musical la vivo a través de los audífonos que conecto al dispositivo en mi bolsillo, que es casi siempre el teléfono, pero también el reproductor mp3 donde conservo algunas joyas que no he encontrado en ningún servicio de audio o video en línea.

Hay muchos tipos de audífonos, de colores, tamaños y diseños estrambóticos, al punto de combinarse con la ropa o con la mochila, pero yo los prefiero sin diadema (hace años a ese modelo solía llamársele pastillas) y con el mejor encaje a la anatomía del oído externo, para, en lo posible, aislarme del ruido callejero. Es un vicio del que no veo cómo desprenderme y que puede tener consecuencias a corto y a largo plazo, este último por la lesión a los nervios auditivos por el impacto directo de las ondas sonoras, y en el día a día puede alterar mis movimientos cotidianos.

A veces voy caminando, y al acercarme a mi destino, disminuyo el paso o me detengo antes de llegar para terminar la canción que traigo encima; o si la lista de reproducción es buena (casi siempre dejo correr la programación aleatoria para aumentar el disfrute con el factor sorpresa), extiendo el camino con bucles extra para escuchar un poco más. 

Como toda droga, la música es capaz de enrollar al adicto en una espiral difícil de escapar, llevándolo (o llevándome) a padecer períodos de abstinencia que pueden ser lamentables. Por ejemplo, la última vez que hice un viaje de varios meses, y cuando mis números ya eran rojos, cometí la imprudencia de quedarme dormido con los auriculares puestos, lo que casi siempre lleva a echarlos a perder durante el sueño (una desventaja de ese tipo de audífonos es la fragilidad del cableado que viaja dentro del forro de goma, lo que los hace fácilmente perecederos). Esa vez pasé varias semanas en silencio y prefiero no recordarlas. 

He tenido audífonos estadounidenses, chinos y japoneses, de muchas marcas y colores, y hace poco supe que al dejar de ser útiles no deben descartarse en la basura común, por lo tóxicos que pueden resultar; pero como dije, el criterio definitorio para seleccionarlos es la fidelidad en el sonido, acompañada de suficiente potencia en los tonos bajos; sin esta, prefiero no escuchar nada y quedarme a solas, acompañado de otro elemento cardinal en mi relación con la música: el silbido.

¿Quién es Leonel González De León?

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