La inexplicable belleza de un bonsái

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgDado el tema que tiene este hilo de reseñas (#LibrosParaElMalAmor), creo que puedo darme el lujo de sonar cursi: tal como lo hacen pocas personas, algunas historias llegan a nuestra vida en el momento perfecto. La gente dice que la ficción es un refugio escapista, pero lo cierto es que la atesoramos cuando captura algo que hemos sentido, interpretado por otros rostros como genios malignos o vampiros postapocalípticos.

Cuando un escritor (casi) arrepentido me presentó Bonsái, de Alejandro Zambra, me dijo que «lo hermoso de esta novela es que no pasa absolutamente nada». Maravilloso, pensé, ya demasiada gente me recomendó novelas de crimen e intrigas de los Lannister. Pero tal como sucede con el infame «show sobre nada» de Jerry Seinfeld, Bonsái en realidad se trata de las personas que la leen.

Bonsái es breve pero estremecedora, como la historia de aquella ruptura amorosa que uno recuenta cada vez que se pasa de tragos. Desde el inicio, Zambra lo describe así: «Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Julio y Emilia comparten una relación sapiosexual tiernamente basada en un libro que ambos fingen haber leído. Juntos se sumergen en Schwob, Perec, Mishima, Flaubert y una docena de favoritos de todos los que alguna vez nos presumimos lectores. Bonsái es un deleite particular para las personas que entienden sus referencias, pero de nuevo (y tal como sucede con Seinfeld), lo importante no es entender el chiste, sino por qué existe.

Los vínculos que nos crea una lectura en común tienen una cualidad distinta, como si nos hubiésemos conocido antes en otra vida o en un sueño. Zambra explora la manera en que nos conectamos con espejismos de una misma emoción refractada en la historia de cada uno. La ficción que compartimos nos une y acomoda como piezas rotas de un espejo. De una forma bella, trágica y absurda descubrimos que quizá la parte que nos fascina de una novela es la que alguien más encuentra tediosa e innecesaria. Del mismo modo confiamos en alguien que no movería un dedo para consolar nuestra desolación o conservamos el recuerdo de alguien que sencillamente descartó el nuestro.

El título de esta novela de Zambra continuamente me hizo recordar que cuando tenía diecisiete años un novio me regaló un bebé bonsái. Sin los complejísimos mimos que debí darle, el bonsai nunca me prosperó más allá de un tallito tierno, pero mi novio lo cuidó lo suficiente para sorprenderme con una minúscula fruta unas semanas después. Lo dulce de recordar es que continuamente nos revela la belleza que hemos podido crear y compartir: los libros solo son el sitio perfecto para eso. Se escriben con la minuciosidad y cuido que podría atribuírsele a un árbol miniatura y, en el fondo, no tienen otro propósito que el que les inventamos. Nuestra memoria hila una ínfima e intrincada mitología, completa con sus reliquias, dioses y apocalipsis. Es irónico, claro, porque la mayor parte del tiempo no nos pasa absolutamente nada.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. ¡Qué maravilla! Angélica, como siempre, eres sorprendente… Gracias por esta bellísima pieza literaria.

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