Miguel Ángel en Panamá

Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalUno se emociona cuando sabe que irá a una exposición. Yo me emocioné aún más cuando llegué a la entrada de la exhibición y había ópera. Se salía por la ventana, llegaba a la calle, y se estrellaba en las paredes de toda la cuadra. Nessun dorma. La gente caminaba haciendo ademanes como si fueran los directores de la orquesta. Otros se reían y yo me puse a cantar porque esa ópera es mi favorita.

Cuando entré en el vestíbulo de la casa abrí los ojos para ver qué empezaba a cachar; con hambre, como niña que entra en una panadería. Las imágenes de la famosa Capilla Sixtina estaban en Panamá, ¡qué lujo! La entrada: $12 dólares más impuesto y $8 dólares más impuesto los niños mayores de tres años. Allí mismo, enfrente de la caja, empezaba la exposición de fotos en tamaño real de los frescos más importantes de la Capilla Sixtina. Tendrían que ser unos cuantos frescos, pensé en ese momento, porque el santuario tiene 1 mil 100 metros cuadrados de techo.

Lo primero que noté al entrar en la casa que albergaba la exposición fue que no había mucha información sobre Miguel Ángel; acaso estaba en la guía de audio que uno suele comprar en este tipo de exposiciones y que no pude comprar porque se habían agotado; y sin audio, la exposición en sí no te daba mucha información sobre el excéntrico pintor. No decía en ningún lado, por ejemplo, que fue el Papa Julio II quien quería reconstruir el vaticano y quien contrató a Buonarroti para que pintara a los doce apóstoles en el techo de la Capilla Sixtina. Tampoco decía en ningún lado que fue Miguel Ángel quien quiso pintar estampas del Génesis y alternarlas entre profetas y sibilas que también fueron profetizas de la mitología griega.

Pintar esos frescos requirió una técnica muy específica. Lo primero que hizo Miguel Ángel fue construir un andamio, luego, pasó sus dibujos, ya perfeccionados, a un papel al que agujereaba completamente en el contorno para que el dibujo quedara como en relieve. Después echaba una capa de yeso en el techo y, cuando este aún estaba fresco, pegaba la estampa en relieve para que quedara toda la forma del dibujo. Por último, remarcaba todo el contorno del dibujo que se había quedado estampado en el techo con el molde y posteriormente pintaba.

El primer cuadro que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina fue el de La gran inundación, que trabajó durante tres meses. Se dice que cuando por fin lo terminó —después de despedazarlo muchas veces porque nunca quedaba satisfecho— y lo vio desde el suelo a tres metros de distancia, se dio cuenta de que los detalles y las figuras no se distinguían. Ese fresco tiene un total de 64 figuras y es desgarrador como muchos de sus cuadros.

Conforme me fui adentrando en la observación de sus obras —que nunca había visto de cerca— me di cuenta de que los cuadros se van volviendo cada vez más grandes y con pocas figuras, comparado con el del La gran inundación; sucedió que Miguel Ángel, al ver que el cuadro del diluvio no se apreciaba, comenzó a hacer cuadros con estampas enormes que pudieran verse mucho mejor desde el suelo: figuras de cuatro metros aproximadamente. También me di cuenta de que los cuerpos de las mujeres representadas en sus cuadros son muy masculinos. La mayoría de las personas en sus frescos son excesivamente musculosas y me llamó la atención que, en toda su obra, la figura femenina carece completamente de delicadeza. Para Miguel Ángel, solo la figura masculina tenía las proporciones ideales.

Sin duda, un momento que me conmovió fue subir las escaleras y encontrarme con el famoso cuadro de La creación de Adán. Es tan poderoso que uno se queda embebido viéndolo. Crear a Adán le tomó a Buonarroti cuatro días. Según él, un espíritu noble se pone de manifiesto en un cuerpo hermoso, por ello esta obra representa la belleza del alma pura a imagen y semejanza de Dios. En la época de Miguel Ángel —estoy hablando del 1500 en adelante (murió en 1564)— nadie le dio la importancia a las manos que se unen entre Dios y Adán, acto que representa a la humanidad. Fue hasta la segunda mitad del siglo XX que la gente se dio cuenta del poder de esas manos y del mensaje que, según se explica en la exposición, es el contacto implícito e incompleto entre Dios y su más grande creación: la humanidad.

La última sala que visité está en el tercer nivel de la casa. Un terrorífico e inmenso retablo se extiende a lo ancho de la galería. Una inundación de cuatrocientos cuerpos desnudos unos encima de otros. El panorama infunde pavor y desconsuelo. Una imagen dantesca del cielo y el infierno protagonizada por Jesucristo como salvador y al mismo tiempo como dictador del bien y el mal. Una imagen que deja claro el mensaje que siempre tuvo, ha tenido y tendrá la iglesia católica: el de la condena del pecador, el del miedo y el de la salvación por medio de Jesucristo.

Cuando Miguel Ángel Buonarroti pintó el fresco del Juicio final en el altar de la Capilla Sixtina; para entonces ya tenía ya 79 años. Esto quiere decir que ya se había iniciado otro período en la historia de la iglesia católica: la Contrarreforma, movimiento que surgió como respuesta a la reforma protestante de Martín Lutero, que se apegaba a la doctrina católica conservadora y que dio paso a la Inquisición.

Este  fresco evidencia de forma clara los miedos del artista, los cuales se fueron atenuando con el tiempo. Miedos que ya se adivinan en el techo de la Capilla Sixtina y que de alguna forma logró que fluyeran completamente en el altar: el miedo al Juicio final, al infierno y a la condena de una vida que estuvo plagada de insatisfacciones y auto represión. Si bien en su tiempo el fresco causó controversia y hubo quienes quisieron culpar a Miguel Ángel de herejía, no se debe olvidar que «El Divino», como le decían, fue el favorito de nueve papas consecutivos y que gran parte de lo que hoy es el diseño de la basílica de San Pedro fue también obra suya.

Cuando salí de aquella casa sonaba una melodía que no logré diferenciar. Mi mente bullía en preguntas. Me hubiera gustado que la exposición amarrara más al autor a su obra y no que la separara con interpretaciones sobre las pinturas solamente; que nos contara un poquito más la historia detrás de esas maravillosas obras. ¿Quién puede desligar al hombre de las circunstancias de su época? ¿Quién puede desligar al artista de su obra? Es una simbiosis. «La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas», dijo alguna vez Miguel Ángel. O eso dicen por ahí.

¿Quién es Gabriela Grajeda Arévalo?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Naegeli Navarro dice:

    Definitivamente cambiaría u
    Mucho su escrito si hubiera tenido la oportunidad del audio. ¡La experiencia es completamente distinta!

    Muchas de sus observaciones o recomendaciones, hubieran sido complacencias mediante el audio.

    En lo personal, lo que a mí me pudo decepcionar un poco fue el poco esfuerzo en una mejor disposición y coherencia de orden de las imágenes.

    Sin embargo, se agradece mucho el esfuerzo de trar un poco de cultura y más aún la sitisfacción de ver una población hambrienta de arte y cultura por la gran afluencia que he podido percibir.

    ¡Saludos!

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