Silbar como respirar

Cuando me mudé a Cuba me sentía extraño, no solo por lo que implica radicarse lejos de casa siendo adolescente, sino porque a pesar de tratarse del mismo castellano, el habla local me resultaba incomprensible. Muchas veces tuve que pedir que se me repitiera despacio para saber de qué me hablaban. De a poco fui entendiendo el código, aunque nunca dejó de deleitarme la exuberancia del lenguaje extraverbal, que identifica no solo al cubano, sino a cualquier caribeño, en especial si es afrodescendiente.

Con los meses fui desprendiéndome del lenguaje emperifollado del guatemalteco, y luego, en parte por la necesidad de comunicarme, pero también por algunas amistades gandaya ─que no son difíciles de conseguir allá─, logré mimetizarme hasta pasar desapercibido en la multitud mientras no abriera la boca. Con esto pude colarme en la fila de la panadería o de la bodega del barrio para comprar ron y cigarros a precios locales; pero nunca me deshice de un rasgo muy mío que, cuando se me escapaba, me distinguía como si tuviera encima un reflector en medio de la oscuridad de las noches habaneras: silbar mientras camino.

El silbido es algo común en mi país, pero es atípico en la isla, pues no logro imaginar a un cubano haciéndolo. La tonada musical en mi cabeza, que reverbera sin parar desde que tengo memoria, nunca me abandona, casi siempre conectada con lo último que haya escuchado; y allá era incluso más intensa, pues quien ha viajado a la isla sabe que allí la música, como el erotismo, intoxica sin que uno la busque, ya que se derrama por los balcones y se mete por los ojos, los oídos y la piel. 

Nadie sabe silbar en la infancia, y aprender a hacerlo implica un desafío comparable con montar bicicleta o saltar una cerca para entrar a un terreno prohibido. En mi caso, mi abuelo me mandó a soplar hasta que lograra emitir algún sonido, y después de meses de insistencia lo logré. Luego fue cosa de modular la postura de los labios y la intensidad del flujo de aire hacia afuera; el resto vino en forma automática.

El que silba es capaz de hacer música sin necesidad de instrumentos, y puede seguir cualquier melodía, en dependencia más del oído que de la boca ─si a estas alturas alguien no puede hacerlo, debe abocarse a YouTube para seguir un tutorial─; pero la función más importante que ejerce el silbido, o que ejerció en mi generación, fue articular un código, donde cada grupo de amigos o cada núcleo familiar tenía (o tiene) una tonada tradicional que la identifica: mi padre tenía una con el suyo, luego él registró otra para comunicarse conmigo y con mis hermanas, y ahora yo he desarrollado una para comunicarme con mis sobrinas, y la utilizamos cuando estamos en la calle o al perdernos en una aglomeración; incluso cuando una de ellas está en la terraza de casa y yo quiero hablarle desde abajo, silbo y ya se sabe que me dirijo a ellas. 

En el aula también existe también un código de silbido, no basado en los tonos fricativos sino a través del flujo sutil por la rendija entre los dientes, que brinda un tono mucho más fino, casi un susurro. Por el contrario, hay tonos estridentes, como el chiflido, que gracias a la participación de la lengua, pierde toda discreción y puede tornarse escandaloso. Las nuevas tendencias también pueden resultar en censura, pues lo que ha sido por décadas utilizado para admirar a una mujer sin pronunciar palabra puede ser mal visto hoy. 

La música siempre ha hecho uso del silbido: desde Winds of change de los Scorpions, Love generation de Bob Sinclair, hasta la más reciente To my love de la Bomba Estéreo, lo han utilizado para enganchar la memoria del que escucha, aunque la tonada más repetida por décadas quizás es Se busca, como fondo oficial en miles de fiestas de quinceañera.

El tiempo pasa y el silbido parece ir quedando atrás, incluso para un enviciado como yo.  Ahora, desde que tengo el spoti en mi teléfono, silbo menos y escucho más. 

¿Quién es Leonel González De León?

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