Mis flores marchitas

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgAlguna tarde de noviembre de 2009 fui a una rebaja de libros en una conocida universidad de Guatemala. Por menos de $3 dólares pude llevarme dos docenas eclécticas, con clásicos, antologías poéticas, manuales de estilo, libros de historia y unas cuantas novelas contemporáneas de autores que jamás he vuelto a ver ni he escuchado mencionar. De vuelta a casa abrazaba mi mochila llena. Los libros, en ese año tan abruptamente triste y revelador, habían dejado de ser solo un pasatiempo. Esa noche extraje el de la portada más coqueta (flores de loto, tipografía elegante y un título adorable) y un par de horas más tarde lo terminé. Luego lloré hasta quedarme dormida.

Originalmente publicada en Australia en 2006, February Flowers fue el debut de la autora china-americana Fan Wu. La novela acompaña la intensa amistad de dos jovencitas durante un año de universidad: una de ellas es dulce e inocente y la otra es salvaje y sensual. Esta es la clase de argumento para un animé o una porno, pero el hecho de que sea una novela semi-autobiográfica inmediatamente destruye esas posibilidades con un final devastador. Y es que las amistades entre mujeres, especialmente jóvenes, son un tema extraño para la literatura. Existe un prejuicio hacia estas historias que las confina en las novelas juveniles, saturándolas de clichés que evocan las infames novelitas de The Babysitters’ Club o The Sweet Valley Twins (descendientes cursis de las aventuras de Nancy Drew), o bien, se fetichizan para el entretenimiento que exacerba su erotismo o las antagonizan por la atención masculina.

Desde el inicio, la novela sitúa al lector en la China de la década de 1990, con las consecuencias sociales, económicas y políticas de la Revolución Cultural. Y esto sonará ridículamente específico, pero diferente de muchos autores que publican en inglés como su segundo idioma, Fan Wu sabe representar a sus personajes con la menor intromisión de actitudes occidentales. Wu conoce los delicados entramados de tradición, hipocresía, honor y dignidad que conectan a las personas con su pasado. Su protagonista adolescente encarna maravillosamente esa inseguridad de una generación al borde del «futuro» en el (entonces) nuevo milenio.

Yo tenía 19 años y cursaba mi primer año de universidad la primera vez que leí esta novela. Ese año había comenzado a distanciarme lenta y penosamente del grupo de amigas del colegio que había adorado como hermanas. Por ratos me sentía una libre y rebelde Miao Yan, pero luego volvía a consumirme la soledad que me comía por pedazos como a Ming. Pensaba en el cariño que había compartido con estas cinco muchachitas con quienes veía películas románticas, cocinaba postres y elaboraba tarjetitas. Parecían cosas estúpidas e infantiles cuando nuestras compañeras de clase pasaban sus fines de semana en discotecas y fiestas. A medida que comencé a ignorarlas fui iniciándome en todos los rituales de la madurez, secretamente deseando que el sexo, el alcohol y las aficiones intelectuales me revelaran una alegría distinta. Tardé mucho tiempo en entender a qué le estaba huyendo en realidad.

Cada vez que vuelvo a ella, February Flowers me deleita porque encara la intensidad con que estas amiguitas marcan nuestra experiencia a medida que llegamos a apropiarnos de nuestra identidad femenina, romántica y sexual. Quizá haya gente que, como yo, no tuvo la oportunidad de ser y amar como realmente quiso. Y quizá por ignorancia, vanidad o miedo marchitamos ese primer amor sin imaginar que podría haber sido el más sincero en nuestra vida.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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