La religión de la innovación financiera

Javier Stanziola_ Perfil Casi literalMientras veía los capítulos del gran fracaso telenovelístico de Lupita Ferrer, Ligia Sandoval, la industria financiera les vendía a políticos alrededor del mundo la historia de que la innovación en este sector siempre representa ganancias para toda la sociedad.

Avances significativos en la tecnología de análisis de datos durante la década de 1980 ayudaron a cementar esta creencia. Después de todo, a quién no le impresionan esas coloridas gráficas de Excel ilustrando los resultados de complejos y ambiciosos modelos econométricos que nadie entiende. Como quien lee el horóscopo cada mañana, esos números y barritas de colores nos hacen creer que el mundo no es tan complejo como parece y que podemos controlar el futuro. Por su parte, los derivados financieros ofrecen la oportunidad —a compañías privadas y empresas públicas— de manejar más eficientemente la volatilidad de precios de materias primas y divisas. Con estas herramientas a la mano nos convencimos de que tenemos toda la información necesaria para siempre tomar decisiones acertadas sobre dónde invertir nuestros ingresos y nuestros fondos públicos.

Como resultado, gobiernos alrededor del mundo —en particular los de Ronald Reagan y Bill Clinton en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido— relajaron significativamente los marcos regulatorios del sistema bancario comercial y de inversiones. Esto significa, por ejemplo, que mis depósitos y los tuyos ahora pueden ser apostados en riesgosos derivados financieros con menos regulación o supervisión que antes. Poco a poco, los éxitos de los banqueros dieron lugar a la canonización de esta figura y a la aceptación, sin mucho cuestionamiento, de la concentración de instituciones bancarias, incrementando su poder monopolístico.

La financialización del sistema capitalista —que provocó el «Big Bang» de relajación de regulaciones financieras de la década de 1980— es evidente en economías como la británica, donde el sector financiero llegó a ser dos veces el tamaño de su economía real en el 2009. Esto no es necesariamente malo o bueno; el problema es que a partir de ese «Big Bang» la industria financiera prefiere invertir en ella misma y no en la economía real. Como suele ocurrir con las industrias sin regulación, lo que comenzó como simples contratos para incrementar eficiencias se ha convertido en un casino donde el objetivo es adivinar el precio de acciones financieras y no necesariamente facilitar el funcionamiento de fábricas y tiendas. Después de todo, ¿para qué invertir en onerosos proyectos de construcción, negocios o investigación científica si podemos jugar a adivinar el precio del euro, el petróleo o el cobre y ganar millones de dólares a diario mientras lo hacemos?

En fin, como lo propone la economista Mariana Mazzucato, durante los últimos treinta años el sector financiero ha dejado de crear valor para, primordialmente, extraer valor de la economía. Para Mazzucato y para otros economistas, una de las razones detrás de la creciente desigualdad de ingresos y riqueza en Estados Unidos y el Reino Unido es la poca regulada y poca supervisada innovación financiera. En efecto, existe un consenso político y académico que la Gran Recesión que empezó en septiembre de 2007 es producto de una ciega creencia del gran impacto positivo del sector financiero en procesos de desarrollo económico sostenible. Los esfuerzos blandos del expresidente Barack Obama de mejorar la regulación financiera fueron relajados recientemente por el presidente Donald Trump, alimentando nuevamente las condiciones que llevaron a la crisis financiera de hace doce años.

Mientras yo escribía artículos para (Casi) literal sobre discriminación contra los LGBTQ, el sector financiero, el Órgano Ejecutivo y el Órgano Legislativo de Panamá comenzaron a debatir un proyecto de ley sobre cómo promover el desarrollo de las fintechs, un mundo de innovación financiera que incluye monedas virtuales, pagos sin efectivo y plataformas de microfinanciación. Nuestra fe en la innovación tecnológica hace que la posibilidad de la versión criolla de un Banco de Facebook que prometen las fintechs nos seduzca fácilmente. Es por eso que este proyecto de ley propone crear un sandbox o caja de arena —como las que se encuentran en los parques de niños— donde las fintechs puedan crecer sin la pesada carga de la regulación y la supervisión. De hecho, la creencia de que la regulación de empresas mata la creatividad y la innovación es otro dogma de nuestro sistema económico; uno bastante curioso dado que la industria financiera invierte millones de dólares a nivel mundial en asegurarse de que se formulen las leyes adecuadas para facilitar sus operaciones; y además, pernicioso porque supone que las instituciones financieras son demasiado importantes como para que el gobierno no las rescate de las pérdidas que experimentan cada cierto tiempo. Como niños en sandboxes, quieren que los dejen hacer lo que les dé la gana, pero cuando se les mete arena en los ojos, corren al gobierno en busca de consuelo.

El debate en Panamá sobre las fintechs reconoce ciertos riesgos asociados con estas innovaciones, entre ellos la exposición, uso y abuso de datos personales. Además, hay un entendimiento del riesgo que significa que estas compañías no tengan la obligación de mantener reservas de dinero para enfrentar la muy posible falta de efectivo que comúnmente enfrentan este tipo de negocios. Pero al mismo tiempo la ley ofrecería generosos beneficios fiscales basados en una fe inquebrantable en que nuevos puestos de trabajo de alto valor se generarían en Panamá con las fintechs. Curiosamente, para lograr todos estos empleos habría que relajar las reglas de contratación de personal extranjero. Nuevamente, esto no es ni malo ni bueno. Lo que sí es preocupante es que el debate se esté dando de manera transparente, mas no suficientemente inclusiva. La falta de interés del sector financiero y del gobierno en involucrar a los ciudadanos en conversaciones sobre el impacto, positivo y negativo, de las fintechs, significa que un limitado número de voces está contribuyendo a la creación de leyes que afectarán la vida de millones de personas.

Por otra parte, los que vemos con preocupación la desigualdad y la concentración de ingresos y riqueza parecemos completamente desinteresados en el sector financiero. No es suficiente plantear reformas sociales y culturales que valoren y garanticen los derechos humanos de todos si no participamos en el diseño de la estructura económica de nuestro país.  Esto es, sin duda, un reto para todos los que no somos expertos en finanzas, pero es una obligación que tenemos como ciudadanos. Además de leer a Cortázar y Bolaño ya es tiempo de abrir un par de libros que nos expliquen las dinámicas de la innovación financiera y cómo podríamos lograr que realmente añada valor a nuestra sociedad.

¿Quién es Javier Stanziola?

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Adriana dice:

    Mi querido Javier, gracias por este artículo. Lo que necesitamos lo “no expertos” es alguien que, con tu capacidad de explicar sencillamente cosas muy complejas (y además, de manera tan amena), se tome el valioso trabajo de explicarnos cómo funcionan la Economía y las Finanzas. Para entender qué podemos hacer los individuos, más allá del balance casero del dinero que recibe la familia por los salarios. La educación del consumidor está ausente en los niveles primario y medio (al menos en mi país) y acceder al conocimiento es la primera condición para comprender lo que pasa más allá de nuestras narices. No creo que sea el desinterés, sino la ignorancia lo que nos aleja de la responsabilidad que deberíamos asumir.

  2. Gracias por tus comentarios Adriana.

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