El soldado paraguayo y su infierno verde

Elizabeth Jiménez Núñez_ perfil Casi literalSentada en un restaurante de comida rápida, recordé con cierta nostalgia la cara de horror que me hizo una de las mamás de los amigos de mi hijo cuando le ofrecí a sus polluelos unos confites de chocolate recubiertos de azúcar que, para efectos prácticos, los llamaré «bomba azucarada». Nos encontrábamos en el Museo de los Niños. El primer reclamo de la madre con los ojos bien abiertos fue contundente: «Eso da cáncer», y lo dijo con un tono de mamá brava. Mientras el regaño iba directo a mi sien, retrocedí escondiendo mi mano con el producto cancerígeno hecho un puño. Entendí que había cometido un error imperdonable, pero luego reflexioné pausadamente que debía esperar el momento exacto, la distracción precisa de la madre de las criaturas, para que estas pudieran hacerse tragadas las confituras que yo todavía guardaba con tanto recelo en mi mochila.

Como bien saben, la carne es débil. Volví a caer nuevamente y me dejé seducir por la tentación. Divisé a lo lejos una valla publicitaria que sostenía la imagen de una hamburguesa gigante con sus consabidas papas fritas. Se trataba de una franquicia que había entrado al país hacía poco tiempo, no preciso si la gran novedad estribaba en las tortas de carne cuadradas, o quién sabe. Llegué despuntando la tarde junto a mi hijo. El lugar estaba desolado. En la caja registradora una señorita de unos veinte años se preparaba para darnos el clásico discurso de franquicia: «Bienvenido a…», «Para nosotros es un placer servirle» y en ese momento imaginé a mi enemiga circunstancial diciéndome: «Eso que le estás dando a tu hijo es chatarra, da cáncer». Tragué grueso y seguí con la orden. Por favor —le indiqué a la muchacha— deme un combo sencillo con gaseosa y agréguele alguna bomba azucarada.

Me senté. Coloqué la bandeja en la mesa de hierro con sillas —también de hierro— pegadas a la mesa, por aquello de un robo a mano armada, uno nunca sabe. Divisé a dos mesas de distancia a una chica que tendría más o menos mi edad. A unos pasos, estaban nuestros hijos jugando en el área de juegos infantiles. Solamente los dos niños y las dos madres. No sé cómo empezamos a hablar. En el siglo del silencio y en el mundo cibernético con muros de aislamiento mental parecía difícil conectar. Supongo que ella me sonrió o yo le sonreí. Supongo que nos tocaba intercambiar nuestros teléfonos y establecer un vínculo cercano. No recuerdo tampoco cómo logramos hacer una conexión más allá del típico intercambio de palabras que no llevan a ningún lado mientras el destino obliga a matar el tiempo.

«Soy paraguaya, mi hijo tiene cuatro años», dijo ella. «Soy costarricense, mi hijo tiene cuatro años», dije yo. Yo acababa de leer en mi clase de literatura costarricense la obra Infierno verde, de José Marín Cañas, escrita en 1942 sobre la guerra entre Paraguay y Bolivia en la región del Chacho Boreal y donde un soldado anónimo paraguayo se enlista para defender la soberanía de su país. El libro empieza cuando el narrador encuentra un diario que llegó a sus manos a través de un viajero alemán. Inicialmente el soldado es movido por un sentimiento nacionalista que le permitió vivir las experiencias de la guerra junto a varios compañeros de lucha. La mayoría de ellos mueren y el soldado, tras resultar herido en una pierna e internarse en un hospital para recuperarse, vuelve al campo de batalla. Él descubre durante la travesía, al inicio de la historia, que la guerra no tiene sentido. Entonces ocurre una deconstrucción de la lógica de guerra y se desarticula el para qué. Reina la sed y la crudeza del espacio. El libro toca la locura, la enajenación, la construcción de las maquinas bélicas que por medio de un aparato ideológico logra despojar de conciencia a los soldados.

Recuerdo que cuando lo terminé de leer, había llegado agotada del paseo que habíamos hecho varias mamás con sus hijos; sí, aquel paseo donde había tenido que frenar mi impulso de darle bombas azucaras a los infantes. Ese día tuve una pesadilla que retuve durante varias horas: yo era el soldado paraguayo, estaba en medio de la selva y estaba en guerra. Tenía mucha sed y necesitaba agua mientras caía de espaldas al lodo, tragaba tierra y, sobre mis pulsaciones aceleradas, las botas de algunos contrarios me apretaban el pecho, dejándomelo frío. Me levanté con una especie de sobresalto, recordé la guerra que no había vivido y pensé en Marín Cañas, en por qué había descrito ese infierno verde con tal maestría y precisión.

Volví a la mesa de hierro del restaurante y no sé cómo terminé sentada con ella, con la paraguaya. Le dije que había leído algo sobre la guerra entre Paraguay y Bolivia y ella, viéndome a los ojos, me dijo que había muerto mucha gente; y yo al escuchar esto me conecté de nuevo con Paraguay y el Infierno de Marín Cañas. En la paraguaya desconocida encontré una inteligencia desmedida, una mujer brillante, educada y sencilla. Nos volvimos a ver muchas veces, con y sin nuestros hijos. Una noche fuimos a cenar y hablamos tanto y de tantas cosas. Ella también había quedado huérfana de padre y compartíamos esa pérdida. Hablamos de ellos y de sus historias, y el suyo había vivido en tiempos de dictadura en Paraguay. Hablamos de la guerra psíquica y recordé a Sigmund Freud cuando en El malestar de la cultura habló sobre la constitución psíquica del ser humano predominantemente erótica, explicando que en ese tipo de estructura los humanos anteponen los vínculos afectivos que los ligan a otras personas, pero los narcisistas, muy por el contrario, se inclinan a bastarse a sí mismos, buscando las satisfacciones esenciales en sus procesos psíquicos íntimos. Por último, se refiere al hombre de acción como el que nunca abandonará su mundo porque en él es donde mide sus fuerzas.

En el caso de Paraguay, la estructura de guerra estaría delimitada por ese hombre de acción, una representación del Estado donde la vida instintiva propone una lucha y donde el núcleo de la representación del mal afianzaría la constitución psíquica del soldado en el que se encarnó mi pesadilla: el ser humano que, en condiciones normales, antepondría los vínculos afectivos que lo ligan a otros que no están en guerra, que no se permitirían a sí mismos semejante bajeza.

Dice Freud que en caso del ser humano que se encuentre a medio camino —es decir, que no calza enteramente con alguno de los supuestos anteriores—, la orientación de los intereses será limitada por la índole de su vocación. No hace depender toda la satisfacción en una única tendencia.

Entonces recordé la bomba de azúcar, la lucha de las madres por defender a sus hijos de los peligros que los acechan, de la imposibilidad de esas madres cuando la impotencia les delimita las acciones y las reacciones, soldados en el campo de batalla, la imposibilidad de frenar la guerra. Estaba en un restaurante de comida rápida recordando un vínculo esencial, la orientación de mis propios intereses, la necesidad de conectarme con el soldado paraguayo, con José Marín Cañas, con la guerra, con la constitución psíquica de una paraguaya, con mi propia constitución, con ese nudo de acontecimientos que nos conforman y nos deforman. Pero, sobre todo, con esas conexiones que se gestan mucho antes de que nosotros mismos lo hubiéramos imaginado.

La mujer paraguaya casi nunca visitaba restaurantes de comida rápida porque era nutricionista; yo, sin ser nutricionista, tampoco los visitaba con frecuencia. Paradojas.

¿Quién es Elizabeth Jiménez Núñez?

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