Yo, madre sobreprotectora

Javier Stanziola_ Perfil Casi literalEl plan de la noche era usar mi gafete, que en letras grandes anuncia que soy artista participante del Festival Internacional de Artes Escénicas de Panamá, para entrar gratis a una obra de teatro argentina. No importaba el título, ni de qué se trataba, ni quién conformaba el elenco. No me importaba. Era una obra de la Argentina y mi mente —que nació colonizada y morirá colonizada por países que se creen grandes— había decidido que la obra sería excelente.

Afortunadamente, mi apuesta ciega fue recompensada. En una sala repleta tuve el privilegio de ver Como si pasara un tren, el gran éxito del teatro no oficial y no comercial de Buenos Aires. Desafortunadamente para mi identidad que ya se creía fija, la obra tuvo el efecto que las buenas puestas en escena deben tener en el público. Luego de mi noche de teatro internacional en casa, la obra me había hecho entender que me había convertido en mi madre. Para ser más preciso, enfrenté la realidad de que yo soy una madre sobreprotectora.

La trama que hila la dramaturga Lorena Romanín es poderosamente elegante. Susana, interpretada con un intenso y emotivo control por Silvia Villazur, es demasiado sobreprotectora de su hijo Juan Ignacio, interpretado por el simplemente sublime Guido Botto Fiora, quien muestra una discapacidad no definida. El cuidado de esta madre podría verse como excesivo y hasta autoritario: es de las que lleva a su hijo de la mano al colegio porque teme que aún no sepa cruzar la calle, aun cuando él ya es un adulto o está cerca de la mayoría de edad. Ella también es de las que prefiere que el hijo no asista a una excursión con sus amigos para evitar que se contagie de quién sabe qué enfermedad. Algo dentro de ella —acaso el miedo a la maldad de la que son capaces los humanos, acaso el temor a quedarse sola— ahoga los deseos de su hijo.

Luego de que nos adentramos en esta relación reo-carcelera entra Valeria, interpretada con frescura por Luciana Grasso. Valeria ha sido desterrada por su madre durante tres meses a la casa de Susana y Juan Ignacio —su tía y su primo, respectivamente— en un pueblo de 40 mil personas; todo por fumarse un porro. Sin nada que perder y con el único objetivo de adelantar su regreso a Buenos Aires, la joven universitaria cambia profundamente las dinámicas entre madre e hijo.

Este recurso del personaje disruptivo es casi una fórmula en estructuras dramáticas, pero en esta obra, Valeria también funciona como un espejo hacia el público. O bueno, quizá me sirvió de espejo para entender cómo mis comportamientos y temores son similares a los de la madre sobreprotectora. Susana es un personaje divertidísimo que me hizo recordar a mi madre y a mis tías, pero Valeria tiene el atrevimiento de cuestionar y retar a su tía con una autoridad que quizá como público aceptamos demasiado fácilmente porque suponemos que una chica que fuma porro también sería irreverente.

Coherente o no su autoridad, Valeria hacía preguntas que no solo le cambiaban el rostro a la tía, sino que me hacían entender que, para mi hijo, mis cuidados para manejar sus condiciones médicas crónicas pueden sentirse como dos manos apretando su cuello. Sin quererlo, Valeria ayuda a Juan Ignacio a decir en voz alta y conectarse con sus tres deseos, por más doloroso que sea para la madre escucharlos y por muy fugaz que sea el placer de cumplirlos. En el proceso, Juan Ignacio encuentra las fuerzas para ser él mismo y su madre termina en sollozos al encontrarse sola, pero con su hijo convertido en un ser humano feliz.

Por ahí dicen que el teatro cambia vidas, una aseveración fucsia vomitiva que borda en lo religioso. Mucho de lo que se muestra en escena no es más que una excusa para hacer dinero de la necesidad de escapar brevemente de nuestra realidad; sin embargo, Como si pasara un tren me hizo entenderme mejor y también al hijo que estoy criando.

¿Quién es Javier Stanziola?

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. ADRIANA LAURA COGLIANDRO dice:

    ¡Eres fabuloso, Javier! Te agradezco cada una de tus publicaciones. Me maravilla la delicadeza y la precisión con la que describes situaciones y presentas tus reflexiones. En el fondo, quien tiene un hijo, es una madre sobreprotectora. Luchamos contra ello toda la vida, pagando el precio de la libertad y la felicidad de nuestros hijos. Lo hacemos de manera imperfecta, siempre, porque el temor a que algo los dañe muchas veces le gana la pulseada a nuestras reflexiones. Pero sólo quienes pueden enseñarles a pensar por sí mismos, cuando ellos son padres o madres, ven cómo los hijos perfeccionan la tarea, evitando nuestros errores y cometiendo los propios.
    Te agradezco, además, como argentina, que tengas tan buena opinión sobre mi país, que en esas cuestiones de la lucha por la total independencia, es hermano del tuyo.

  2. Gracias por tus comentarios. Me encanta leerlos. Saludos.

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