Escuelas confesionales en Panamá: mercado y discriminación

Javier Stanziola_ Perfil Casi literal

El presidente Varela ha permitido a la Orden de los Salesianos administrar un centro escolar público panameño. En lugar de mejorar la gestión pública en el sector educativo, parece que como país estamos apostando no solo en el sector privado para la provisión de aprendizaje formal, sino también en un sistema educativo confesional.

En Panamá, muchos hablamos sobre la pobre calidad de la oferta educativa pública y de los altos costos de las escuelas privadas. Cada principio de año escolar los noticieros nos cuentan el cuento de escuelas rancho sin maestros y con planes de estudios desfasados. Estas notas periodísticas nos convencen de que la única alternativa para el buen acudiente es desistir en nuestro afán de una escuela pública de calidad y apostar por la oferta privada. Pero para usar los servicios educativos que ofrecen estas empresas, los acudientes deben invertir por lo menos $10 mil en concepto de donación para la escuela, $5 mil de matrícula a principio de año y otros $5 mil que se pueden pagar convenientemente en once mensualidades; esto sin contar los textos escolares, transporte, uniforme, zapatos, zapatillas, excursiones, meriendas, y podría seguir la lista de costes por días. Todo esto en un país donde el 93.8% de los trabajadores genera menos de $2 mil al mes en ingresos.

Pero los acudientes que pertenecen a grupos religiosos tienen una gran ventaja. Por ejemplo, las escuelas católicas tienden a brindar sus servicios a precios más bajos gracias a la inversión que hace la Arquidiócesis en su labor de evangelización a los más jóvenes. Esto ayuda a reducir los precios de la educación por lo menos en un 50%. Como es de esperar, estas escuelas no solo brindan conocimiento social, cultural y científico, sino también religioso. Entre sus objetivos de aprendizaje están formar jóvenes comprometidos con valores cristianos y el gran oxímoron de ayudarlos a que, impulsados por la fe, sean capaces de tomar decisiones libres.

Entre estas escuelas católicas se encuentran las que el cuento nos dice que son las mejores de Panamá. El presidente Varela se graduó de un colegio católico, al igual que un puñado de recientes candidatos presidenciales y decenas de ministros de esta y las pasadas administraciones. En efecto, dicen los rumores que en pruebas de entrada universitarias a nivel nacional e internacional los estudiantes de estas escuelas católicas y de otras religiones reciben altas calificaciones.

Sin embargo, para ingresar en estos centros, no basta ser ciudadano o residente de Panamá, ni tampoco tener los ingresos necesarios para pagar matrículas y mensualidades. Muchas de estas escuelas incluyen entre sus requisitos de admisión presentar evidencia concreta de la afiliación religiosa correcta, como un certificado de bautismo. En muchos casos, la entrevista inicial con el psicólogo y la visita obligada a las instalaciones incluyen preguntas sobre el estado matrimonial de los padres. Los formularios de admisión incluyen preguntas sobre la capacidad de los acudientes de comprometerse a seguir los principios de la escuela.

Una pareja no religiosa que haya decidido vivir en unión libre o mantener solo un matrimonio civil verá frustradas sus preferencias por una educación privada a precios relativamente más bajos. Aún más preocupante resulta que para los estudiantes que logren ser admitidos a pesar de no ser de la religión «correcta», el aprendizaje se enfocará en presentar y vender una visión única y dogmática de espiritualidad, salud reproductiva, sexualidad, el rol de la mujer en la sociedad, valores y principios, quiéranlo ellos o no.

No conozco otra oferta privada que discrimine tan abierta y orgullosamente a niños y adolescentes basados en la religión de sus padres. Y aclaremos: no estamos hablando de discriminación a la hora de entrar en un evento religioso o prejuicios expresados por el dueño de una tienda durante la compra de un par de pantalones. Y sí, es cierto, esto puede que afecte negativamente a un porcentaje muy pequeño de una sociedad (en su mayoría católica) o que obligue solo a un grupo reducido de acudientes de diferentes creencias a aceptar otra cultura y principios en nombre de unirse a la afrechosa apuesta privada.

Pero esto no es un asunto de mercados. Esto es sobre el tipo de sociedad que somos y el valor que le damos a la educación. El aprendizaje es mucho más que un producto o servicio. Las escuelas son mucho más que un lugar para conseguir un diploma. Las escuelas son espacios para aprender, explorar y debatir conceptos, ideas e historias que impactan todas nuestras creencias y comportamientos. Es allí donde comenzamos a descubrir y explorar más profundamente nuestra humanidad y la de otros. Las burbujas de las escuelas religiosas, por definición, limitan ese descubrimiento. Al restringir la entrada a estudiantes por razones religiosas, estas escuelas solo vienen a exacerbar las profundas desigualdades sociales, culturales y económicas que existen en Panamá, beneficiando a cierto grupo por razones que desafían la lógica y la justicia social.

Hay que cuestionar y poner un alto a la suposición de que debemos colgar los guantes con el sistema público de educación y apostar en su lugar a la discriminación y la exclusión. La educación pública debe ser una oportunidad para incrementar el contacto y el entendimiento entre diferentes grupos religiosos, culturales, étnicos, y sociales. Las escuelas públicas deben ser un espacio no solo para promover la cohesión social, sino también para que los estudiantes entiendan sobre la multitud de ideas, creencias, preferencias, valores e inquietudes de diversos grupos de personas. Esto los equipará para que tomen decisiones que integren las perspectivas de personas que no son como ellos. La educación pública en manos de grupos confesionales no tendría los requisitos de admisión de un certificado de bautismo, pero sí reduciría el mundo posible de miles de ciudadanos.

¿Quién es Javier Stanziola?

 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. GMR dice:

    Hay que cuestionar también al mismo sistema público, saber qué hace que el nivel de una escuela sea diferente de otra, porque hay muchas escuelas públicas que son muy buenas: Escuela San Martín de Porres, de Veraguas, o el Centro Educativo Básico General Mata Ahogado, de Panamá Oeste, que ocuparon los primeros lugares en las pruebas de conocimiento aplicadas a sus estudiantes de sexto y noveno grado el año pasado; solo por dar dos ejemplos, no obstante hay muchos otros centros más, muchos.
    Por otro lado, sí existe una oferta que discrimina aún más que la confesional: los colegios judíos, además de lo económico conlleva una aprobación del rabino. Y si la materia de religión es casi teología en los colegios católicos, es justo hablar de los colegios judíos cuya “fama” es que los profesores no pueden exigirle mucho académicamente a los estudiantes porque “para eso no te pagan”. Y el MEDUCA que ni intervenga, que eso es privado.
    Entonces, y hablando de religiones, en Panamá, aparte de permitir que sea un mercado discriminatorio, hemos dejado perder la génesis de la Educación.
    Saludos.

  2. Gracias por tu comentario. Sí, por asuntos meramente de formato, enfoque, etc, escribí y luego borré algo de lo que mencionas. Pero es un tema mucho más complejo y de lo que no hablamos. De hecho, yo no sabía sobre los resultados de las escuelas que mencionas. Creo que hay una narrativa anti educación pública que no encuentra necesario promover esos mensajes.

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