La grandeza de nosotros, los inútiles

Darío Jovel_ Perfil Casi literalCreo fervientemente que Van Gogh fue un idiota por cortarse un trozo de oreja y no uno de su corazón. Quizá así, en lugar de una sola noche estrellada hubiera podido pintar toda una vida estrellada. Y no me queda del todo claro por qué hizo aquello aquel día, ni tampoco puedo imaginarme cómo reaccionaría al saber que su obra más celebre la creó en un hospital para enfermos mentales. Tampoco me queda del todo claro si la vida de un artista debe ser necesariamente miserable. Claro, una cosa es el arte y otra el artista, pero el único que vive la vida de verdad es el artista, él es quién sufre, quién llora, quien se ve traicionado por un mundo hostil que lo odia. Me cuesta mucho escuchar a quienes dicen que el arte «no sirve para anda» y saber que, el fondo de la idea, tienen razón.

Acaso el arte no sea útil, sino más bien necesario. Quizá la vida de hombres y mujeres miserables como Vincent Van Gogh, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Franz Kafka, Arthur Rimbaud, Roberto Bolaño, Guadalupe Posada o Emil Cioran —todos genios indiscutibles, maestros en sus disciplinas y célebres personajes que este niño idiota de 17 años se atreve a reducir a un simple párrafo— tuvo un propósito mayor: heredar al mundo una obra inigualable. Sin embargo, ¿no era todo ello posible en una vida más o menos apacible? Y que esto no se entienda como un llamado a ser felices siempre porque no hay derecho tan universal como el derecho a la tristeza. Porque tenemos derecho sentirnos solos, a estar solos, a ser miserables. A cortarnos un trozo de corazón y pintar nuestra mejor obra de arte. Tenemos derecho a ser infelices, pero eso no significa que una vida de asco haya sido la causa de que los genios antes mencionados crearan la obra que dejaron como legado. Y comprender que el dolor a veces es invertible ayuda a entender que un artículo de opinión, por más viral que sea, no cambiará en lo absoluto la realidad porque por más difundido que sea no le sirve de nada a los hospitales desabastecidos o a quienes sufren una guerra, por ejemplo. Y quizá ello esté bien.

Un filósofo dijo alguna vez que la historia era la biografía de los grandes hombres, que el mundo es lo que unos cuantos han querido hacer con él. Pero otro también llegó decir que la historia se mueve por los pequeños empujones que damos todos, que ningún hombre o mujer puede ser por sí solo una isla, que somos pequeños granos de arena, insignificantes e inservibles hasta cierto punto. Es allí donde entendemos el valor que tiene La noche estrellada de Van Gogh, cuando sabemos que la pintura de un loco no puede ni tiene por qué cambiar al mundo, pero puede cambiar por siempre a las personas que la ven y, con ello, cambiar varios mundos, varias realidades. Es allí donde la vida de un miserable tiene sentido, donde el dolor puede encontrar un uso para con los otros más allá del contagió viral.

El arte no sirve para nada. No es útil, pero sí necesario. Cada obra en su demisión y en su capacidad, como cada persona a su manera, empuja la historia hacia un lado. Y es por ello que los poetas malditos son todo menos un ejemplo de vida, porque si bien el dolor y la soledad son necesarios para una persona, no lo son para el ejercicio del artista. Las más grandes obras de los artistas que cité al principio no lo fueron por fruto de su depresión o su forma miserable de vivir, sino por la dedicación que invirtieron en ellas. Debemos destruir el mito del artista miserable, saber que toda persona merece ayuda aun cuando no la pida y que ellos, como otros, son insinuantes puntos en un vacío infinito, seres que hacen su parte en el gran circuito de la historia. Nuestras voluntades son débiles individualmente, pero también el arma más fuerte cuando se unen. Julio César no pudo conquistar él solo la Galia ni Alejandro Magno pudo hacerlo con Persia; Napoleón no luchó solo sus batallas y Cien años de solead es la memoria reconstruida de un pueblo mágico perdido en algún lugar entre los recuerdos del abuelo de Gabriel García Márquez. Es por todo esto que la tristeza y el abandono no son la pierda angular de la creación artística, sino meras consecuencias y, hasta cierto punto, garantías de nuestra humanidad (o la grandeza de los inútiles). Somos capaces de mover la historia desde nuestro salón de clases, desde una oficina, desde el gobierno, desde la primera fila de una marcha o desde una pintura o un artículo sin sentido como el que usted, querido lector, está leyendo.

Aquí es donde vale la pena citar a la locura quijotesca y hacer que perdure. El mundo necesita más Quijotes, personas decididas a cambiar su realidad aun cuando no puedan lograrlo, personas que se propongan grandes cosas, dispuestas a salvar a los humanos de su propia humanidad, satisfechos con dar su empujón a la historia. Personas que, aunque se trate de una guerra perdida, darán todo de sí, de esos pequeños granos de arena, de esas pequeñas motas de polvo en un haz de luz.

Sé por experiencia que un poema es incapaz de conseguir el cariño de alguien y que un artículo de opinión no puede cambiar una realidad, pero guardo la esperanza de que esa persona por lo menos sonríe cuando lee poemas y que hay alguien que se detiene a pensar luego de cada artículo. La esperanza es el bien más valioso que puede tener la humanidad, porque mientras la tengamos, lo tendremos todo. Porque quiero creer que este niño de 17 años que cometió la idiotez de reducir a aquellos grandes autores y pintores un simple párrafo, o de usar el nombre de Alejandro Magno y el de García Márquez en vano, hace algo desde su pequeña trinchera. Que de alguna forma Don Quijote se sentiría orgulloso y que, en algún lugar, puede dar su pequeño empujón a la historia.

¿Quién es Darío Jovel?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. ADRIANA LAURA COGLIANDRO dice:

    ¡Gracias, Quijote! Has alegrado mi día.

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