Amelia Earhart y un vuelo que aún no termina

Darío Jovel_ Perfil Casi literal«Y cuando fallen, su fracaso no debe ser sino un reto para otras». Casi, lo logras, Amelia. Casi.

Dice —al menos la versión oficial— que en julio de 1937 Amelia se ahogó en el océano Pacífico. Quizá al caer pudo ver las playas de Alejandría y a una joven Hipatia calculado la órbita de los planetas con palos y arena. Y así como aquella mujer escribió su nombre en el gran libro de las matemáticas, una joven aviadora hizo de su apellido una parada obligatoria en la historia de la aviación. Quizá antes de morir pensó en Marie Curie y supo que, como ella, moría en nombre de lo que amaba.

A lo mejor mientras caía vio en cielo como doce años más tarde una tal Simone de Beauvoir habría de un publicar un libro donde recordaba que ellas jamás tendían que tener miedo porque de la misma forma despectiva en que muchos la vieron a ella cuando se atrevió a subir a un avión, se rieron de Marie Curie cuando llegó a la Academia de Ciencias de París, argumentando que la física, las matemáticas y la química eran cosa de hombres.

Marie salió de allí de inmediato mientras Hipatia se retorcía en su tumba y Sofia Kovalévskaya (primera mujer en obtener una plaza de profesor universitario en Europa) escupía desde el más allá sobre la cara de los pseudo académicos franceses. Y allí, Sor Juana Inés de la Cruz, habría de escribir: «¿En qué te ofendo cuando solo intento poner bellezas en mi entendimiento?», y así esos versos viajaron por el tiempo y el espacio para llegar desde la nueva España hasta el corazón de Amelia y Curie.

Ocurre que aquel vuelo aún no termina. Su avión se perdió por siempre junto con ella, pero la imagen que dejó —su legado— sigue viajando por doquier. Quién sabe, talvez Amelia, justo cuando estaba por caer pudo escuchar a Isabel Allende con lágrimas en los ojos escribiendo una novela sobre la muerte de su hija, pero segura de que ese era el mejor tributo que jamás podría hacerle. Talvez supo que una tal Gabriela Mistral —la maestra de América— sería la primera persona nacida en Latinoamérica en ganar un Nobel de literatura, siendo la profesora rural con la que Pablo Neruda siempre estuvo agradecido.

Es muy probable que Amelia se sintiera feliz al ver que su sentencia —esa que cité el inicio— cada día lucha por sí misma para ser una realidad innegable y un hecho irrefutable. Sí, es casi seguro que ella sonreiría al ver que sus palabras están en camino a ser un teorema, como esos de hace Karen Uhlenbeck, primera mujer en ganar el premio Abel (el «Nobel» de las Matemáticas). Quizá hasta ella se intimide cuando Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (una de las instituciones más poderosas del mundo) manda por un tubo a ministros de hacienda, economía, finanzas y hasta a presidentes de todo el mundo. Es probable que Amelia se sienta orgullosa, pero su espíritu luchador y su ambición jamás le permitirán conformarse. Ella sería consciente de que se puede hacer más y se debe hacer más. Ella haría más.

Y allí, en sus últimos minutos, mientras se ahogaba en el Pacífico, quizá pudo ver cómo la niña Julia saca adelante a su familia con una venta en el mercado de su ciudad. Quizá alcanzó a oír a Martita, una madre soltera que saca adelante a su hijo con el sueldo de una maquila. Es muy probable que de algún modo viera cómo María es humillada por atreverse a ir a la universidad y, para colmo, estudiar ingeniería. Y que, a pesar de ello, todas esas mujeres siguen allí, estudiando, destacando, trabajando y sacando a sus hijos pequeños a jugar a un parque. Estoy seguro de que Amelia las ve y, pensé a que la historia no las recordará, ella las saluda con orgullo.

¿Quién es Darío Jovel?

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  1. En hebreo, ʼisch·scháh, literalmente ‘hombre femenino’. (hombre: ʼisch, ‘individuo’, no transmite la idea de macho, sino de ‘persona’; hay otros vocablos que transmiten esa idea puntual en hebreo). Por tanto, el vocablo femenino hebreo expresa el concepto de complementariedad. “Persona del sexo femenino, […]. La expresión hebrea para mujer es ʼisch·scháh (literalmente, “varona”), que también puede traducirse “esposa”. De igual modo, la palabra griega gy·nḗ se traduce ‘mujer’ y ‘esposa'”. Dos personas que son iguales, pero con características externas que se complementan. JSC (ex piloto aviador)

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