Estados Unidos, la hipócrita fábrica de héroes (segunda parte)

Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalLos estadounidenses diseñaron su prototipo de héroe Campbelliano para que vaya a pelear sus guerras y cuide sus intereses a toda costa. Los verdaderos héroes sin capa que vivieron y viven en su suelo, una vez representen una amenaza para el gobierno de turno —ya sea porque cuentan la verdad o tratan de impedir otra masacre— son acallados.

A finales de la década de 1960 las protestas en Estados Unidos contra la guerra de Vietnam eran insostenibles. Los estudiantes se proclamaron contra la guerra exigiendo su derecho a manifestar —derecho que no era permitido en ese entonces— y por ello tuvieron que aguantar apaleamientos, asesinatos y represión por parte del gobierno. «Estoy contra la violencia y punto. La violencia engendra más violencia, es lo que yo creo», dijo John Lennon mientras se manifestaba contra la guerra junto a su esposa Yoko Ono.

John y Yoko llegaron a convertirse en subversivos peligrosos para el gobierno estadounidense y es por ello que a inicios de la década de 1970 la administración de Nixon y el FBI crearon archivos secretos para perseguirlos. John usaba su poder para intentar que la guerra terminara, algo que no era heroico en esa época y tal parece que ahora tampoco. El teléfono de John estaba intervenido y se grababan todas sus llamadas, eran vigilados con cámaras, micrófonos y monitoreados con agentes infiltrados. Sus canciones eran minuciosamente leídas en busca de mensajes ocultos. Pero mientras la guerra de Vietnam continuaba y las protestas se hacían mayores, la respuesta del gobierno parecía ser más opresiva.

Mientras tanto, en las repúblicas bananeras —región mejor conocida como Centroamérica o el patio trasero que mencioné en la primera parte de este artículo—, la United Fruit Company ya llevaba décadas colocando en el poder a dirigentes que rebajaban los impuestos a las exportaciones y silenciaban las protestas de los trabajadores. De esta manera también culpó a los sindicatos de trabajadores de comunistas y con la ayuda del gobierno de Estados Unidos financió y apoyó golpes de Estado. En Guatemala, en 1954, el presidente Jacobo Arbenz tuvo que renunciar a causa de un golpe de Estado fruto de la ley de reforma agraria que había impulsado: «Todos sabemos cómo han bombardeado ciudades, inmolado a mujeres, niños, ancianos y civiles indefensos. Todos sabemos la saña con la que han asesinado a los trabajadores y los campesinos específicamente en las bananeras. Nos hemos indignado ante los ataques cobardes de los aviadores mercenarios norteamericanos, quienes, sabiendo que Guatemala no cuenta con una fuerza aérea adecuada, han ametrallado y bombardeado. ¿En nombre de qué hacen esas barbaridades? ¿Cuál es su bandera?», dijo Jacobo Arbenz en su discurso de renuncia.

Las dictaduras militares controlaron Guatemala hasta 1986 pero las secuelas que dejó el conflicto armado interno se vivirán para siempre. Y es que bajo el estandarte de la ideología —ni el mismo presidente Nixon logró catalogar a los opositores de la guerra de Vietnam en su país, a quienes llamaba «la nueva izquierda», aunque en realidad fueran él y su gobierno quienes acallaran al pueblo manifestante— se cometieron atrocidades contra poblaciones civiles inocentes en Centroamérica. En 1981 mil personas murieron en la masacre de El Mozote, en El Salvador. Quemaron poblados completos, mataron a niños recién nacidos, violaron mujeres y, lo recalco: la mayoría de las víctimas eran niños.

Según un artículo de la BBC de Londres la operación formó parte de una serie de estrategias diseñadas desde Estados Unidos para combatir la insurgencia. Bajo el gobierno de Ronald Reagan se destinaba 1 millón de dólares diario en adiestramiento militar e incluso se implementaron técnicas utilizadas en la guerra de Vietnam, entre de ellas, las de aniquilamiento de poblaciones enteras. Cuando la prensa estadounidense publicó lo sucedido, Elliot Abrams —entonces subsecretario de Estado para los derechos humanos y en la actualidad el enviado especial de Trump a Venezuela— se refirió a estas noticias como «propaganda comunista».

Lo que más duele es pensar que quizá los sobrevivientes de esas masacres o sus hijos son los que ahora se cruzan la frontera buscando una vida mejor en Estados Unidos, deslumbrados por el Capitán América y su séquito de héroes.

Y así podría llenar páginas enteras con las barbaridades que hicieron los «héroes norteamericanos» desde Guatemala hasta Panamá con la invasión de 1989 y las que siguen haciendo, porque si nuestros países no han dejado de ser repúblicas bananeras es por decisión directa de Estados Unidos, país que luego se queja de la migración descontrolada y de la gente de «baja índole» que llega a morir a sus desiertos o que limpia sus piscinas viviendo a escondidas de que no se los lleve «la migra», mientras ellos pululan para la creación de muros cuando también son los culpables de nuestra miseria.

John Lennon fue asesinado en 1980 y su muerte violenta contradijo todo por lo que luchó en vida. Hasta el día de su asesinato fue perseguido por el gobierno estadounidense, que tenía en su poder un expediente de 275 páginas en su contra y le tomó veinte años aceptar que incluso hasta tenía un loro —de un infiltrado amigo de Lennon— entrenado para decir Right on a las escuchas.

A partir de 1980 la popularidad de los superhéroes se incrementó y con ello la idea del héroe. ¿Fue Lennon un tipo de héroe? ¿Son acaso héroes los que mueren cruzando la frontera para darle una mejor vida a sus familias?

Cada día son más las personas que tienen la idea idílica del heroísmo, idea instaurada con años de historias conmovedoras y de guerra. Porque Estados Unidos no ha dejado de estar en guerra desde que entraron a formar parte de la Segunda Guerra Mundial; el escenario perfecto para demostrar la valía aunque de por medio esté la vida de niños inocentes. ¿Qué cambió en la mente de los estadounidenses, que pasaron de protestar y repudiar la guerra a abrazarla y sentirse orgullosos de sus masacres? Pues los atentados del 11 de septiembre de 2001, pero esa ya será otra historia.

¿Quién es Gabriela Grajeda Arévalo?

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