Y al final, sonreír

Darío Jovel_ Perfil Casi literalEn una tierra vestida con las sombras que se hacen sinónimo de su nombre, pequeñas hebras de luz dan pie a una esperanza necesaria. Los asilos y los orfanatos son dos caras de la misma moneda, dos hogares del abandono, reflejo de cómo la economía, la política y las malas decisiones orillan a una sociedad a prescindir de sus más pequeños y sus más grandes. Estamos a muchas patrias de la patria soñada y acá, en un país que heredó el nombre de la primera tierra que pisó Colón, cada dieciséis horas un niño se queda sin familia. Tal y como los ancianos que se mueren en camillas de hospitales públicos y en asilos sin ser nunca visitados suelen recibir por medicina la indiferencia, lo mismo pasa con esta realidad.

Llega un punto donde las estadísticas deprimen, los diarios aburren y los sueños se frustran por las paredes sociales que poco a poco fuimos construyendo sin darnos cuenta. El mundo nos absorbe en una relación eterna de poderes donde no sabemos cómo ubicarnos, en la que la perspectiva es clave y convierte al pesimismo general en doctrina de vida. Porque en un cuarto oscuro las sombras del abandono infantil y los ancianos agonizantes estrangulan a la luz de un pueblo, pero ¿y si pudiéramos hacer algo con simple voluntad y esfuerzo? Talvez, solo talvez, sea posible.

Aquí en El Salvador existe una organización que se dedica a hacer visitas a asilos, hospitales y orfanatos para —como dice su nombre lo dice— construir sonrisas: Fábrica de sonrisas. Dos de sus miembros aceptaron responder preguntas sobre lo que significa para ellos esta incitativa. Ellos tienen nombres que fueron elegidos entre un sinfín de nombres y apellidos heredados por la sangre, como cualquiera de nosotros, pero para esta entrevista prefirieron usar el que usan cada domingo para hacer su labor humana. Se ponen una bata, una nariz roja y se convierten en otras personas.

Darío Jovel._ ¿Cómo se construye una sonrisa?

Dra. Boúcle._ El primer paso es el contacto visual. Tienes que decirle con tu mirada a la persona “Aquí estoy, ¿Quieres que esté contigo?” Si lo acepta, el segundo paso es acercarse. Puede ser exagerando timidez, como un espía, dando brincos, caminando como pingüino. El punto es que la persona empiece a sonreír desde ese momento. Cuando te encuentras frente a esa persona bastará un poco de observación e imaginación para hacer estallar una carcajada.

D. J._ A pesar de que luego de lo que hagan esos niños y ancianos sigan enfermos, ¿vale la pena? ¿Por qué?

Dra. B._ Sí, la vale. Ya que, aunque nosotros no tengamos el poder de cambiar la situación que enfrentan esas personas, sí podemos hacerles olvidar su dolor durante un momento, sus problemas. De alguna manera buscamos revivir su esperanza y sus sueños

D. J._ ¿Cuál es la parte más difícil?

Dra. B._ Lo más duro es enfrentarte a la parte cruel de la realidad. Es darte cuenta de que no todos tenemos la misma suerte, que no podemos cambiar el hecho de que siempre existirán huérfanos, ancianos en asilos y enfermos en hospitales.

*

Darío Jovel. ¿Qué te inspira a seguir?

Yokavlev._ Las personas que visitamos. Ver en primera fila el cambio y el impacto que hacemos en ellas, ver cómo un lugar apagado se llena de ruido, colores, risas, gritos y emoción; el agradecimiento que expresan las personas sin decírtelo porque los abrazaste sin importar su diagnóstico. Ver cómo un simple abrazo se vuelve algo espiritual.

D. J._ Un doctor de la risa y la persona tras él. ¿En qué se diferencian y en qué se parecen?

Y._ Al iniciar este proceso es fácil encontrar las diferencias porque Saúl Reyes es alguien tímido, callado, apartado, selectivo, un poco enojado; pero luego se convierte en Yokavlev, juguetón, sonriente, inclusivo, elocuente, creativo, cariñoso. Este personaje fue tomando más fuerza que Saúl y, sin darme cuenta, esto se volvió en un estilo de vida porque empecé a cambiar mi entorno sin necesidad de tener una bata y una nariz.

D. J._ ¿Cuál es la sensación de ponerse una nariz roja, una bata y ver a esos señores y esos niños?

Y._ Es energía pura. Llegas a un lugar de visita cansado y te vas poniendo tu bata, tu nariz, tus implementos de muchos colores y sientes cómo tu cuerpo se llena de energía y luego te das cuenta de que llegar a ese lugar fue la mejor decisión de tu vida.

*

La visita a un hospital no cura a ningún enfermo. Una risa tampoco acaba con el cáncer y visitar acianos no les devolverá años de vida. Un artículo como este tampoco abastecerá de medicinas a un hospital ni acabará con una guerra, pero cada vez que se abre esa puerta, esos ancianos y esos niños ven a doctores con narices rojas que juegan y cantan, que llegan con tanta alegría por dar, con una radiante sonrisa que les dará una carcajada, una alegría, algo casi tan valioso como la vida: esperanza. Como diría José Saramago, el peor de los pesimistas: «Lo que realmente nos separa de los animales es nuestra capacidad de esperanza». Y ocurre que sí porque iniciativas como esta y las personas que las componen son hebras de luz que se entretejen entre la oscuridad e iluminan brevemente el sendero de la justicia y tras cada domingo deben dejar la bata y la nariz, dormir e ir a estudiar y/o trabajar porque no son superhéroes, sino personas normales que tomaron la incitativa de hacer algo y luchar contra esa corrosiva enfermedad que es la indiferencia.

Ellos se toman el tiempo para jugar con unos niños que no conocían el juego y para escuchar las historias de los señores que, en su tiempo, empujaron la historia. A veces no se trata de devolver años, sino de darles la oportunidad de recordarlos, de contarlos. No, no hace falta visitar un asilo o un orfanato para ayudar al mundo, es verdad; basta con el entorno inmediato, con escuchar al compañero que está deprimido, con darle una mano a quien pide ayuda y, de paso, a quien no lo dice pero la necesita. Basta con dar un «Gracias» para ayudar a la lucha colectiva, para intentar, aunque se falle, poner fin al egoísmo del mundo.

Porque si las mejores causas son las perdidas, las luchas que sabemos irreversibles, esas que no vamos a ganar, al menos podremos decir que lo intentemos. Gracias a personas como ellos uno puede entrecerrar los ojos y ver que el mundo aún es un lugar bello, uno por el que vale la pena sonreír.

¿Quién es Darío Jovel?

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