El regreso de El Rey León: una bazofia colosal

Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literal

Aún recuerdo el olor de la sala de cine al que mi papá nos llevó a ver El Rey León en 1994. Yo tenía siete años y mi hermana cuatro, casi la misma edad que mis hijos ahora que los llevé a ver esta nueva versión hiperrealista.

Decir que el Rey León es una de las grandes películas animadas de todos los tiempos es quedarse corto. La película dirigida por Rob Minkoff y Roger Allers, con música de Tim Rice y Elton John, se convirtió en un clásico del cine mundial. ¡Quién no lloró con la muerte de Mufasa! ¿Qué niño no sintió esa congoja junto a Simba, quien, al ver las estrellas, recordaba las palabras de su difunto padre sintiéndose minúsculo en un mundo que no da cabida al desamparado y al solitario?

La historia del Rey León, las voces y sobre todo las expresiones faciales de los dibujos animados, junto a las bromas de Timón y Pumba en conjunto con la música —¡Hakuna Matata!— le devolvieron a la productora de animación un resurgir que no en vano se le conoce como «el renacimiento de Disney».

Esa misma magia la sentí también en 2017 cuando fui a ver en Madrid la obra de teatro musical The Lion King. La adaptación que ha sido mundialmente premiada se ha presentado desde 1997 en Broadway y ha hecho un sinnúmero de giras en Estados Unidos y Europa. Este musical tuvo en España su primera producción en castellano y ostenta la misma magia que la película animada. Con un despliegue de vestuario fantástico, música en vivo y unas actuaciones tan expresivas y llamativas como las del largometraje, la obra de teatro ha superado los 4 millones de espectadores y sigue deslumbrando en el Teatro Lope de Vega de Madrid, tanto a grandes como a pequeños.

Recuerdo bien que cuando me acerqué a la taquilla ya las estradas estaban casi agotadas y solo conseguí porque estaba sola. En ese momento ni siquiera había leído demasiado sobre la fama internacional de la obra, me bastaba con saber que era El Rey León para comprarla, ya que la historia es sinónimo de calidad para mí y a quienes fuimos niños en la década de 1990 nos retrotrae esa nostalgia de nuestra niñez, de cuando nos compraban la camiseta del león en el mercado y usábamos tenis con olor a chicle. De cuando no existían las tabletas, ni los celulares, y en la televisión mirábamos los sábados a los Picapiedras y a los Supersónicos en una pantalla que no era plana y a duras penas tenía control remoto.

Más allá de tecnicismos, explicar lo que sentimos en 1994 cuando vimos El Rey León quienes ahora somos adultos no tiene nada que ver con lo que pasó en la pantalla con esta nueva adaptación de 2019 y me entristece sea esta la que recuerden mis hijos, por más que ya les haya puesto la animada muchos meses atrás. Viendo El Rey León «live action» me hizo sentir como si a un documental de Discovery Channel le hubieran puesto voces. Aunque no le modificaron nada a la historia original, la animación realista carece de expresividad y de gracia. Es como si hubieran agarrado la película original, le hubieran sacado el espíritu y hubieran devuelto un producto que, intentando apelar a la nostalgia, es insaboro, incoloro e inodoro.

De nada sirve que Beyoncé haya hecho la voz de Nala y que la voz en español de Simba se parezca a la de Ricky Martin, si cuando al pequeño cachorro Simba le presentan por primera vez los gusanos que debe comer no se inmuta demasiado cuando dice: «viscosos, pero sabrosos». Por otra parte, cuando a Timón y Pumba los persigue Nala no corren con dramática exageración, y cuando los usan de carnada para que Simba llegue a su destino sin que los persigan las Hienas no hacen el famoso baile hawaiano hula hula.

Agarraron los momentos más lindos que tenía la película y los llenaron de nada, y al estar llenos de nada, cuando Scar mató a Mufasa, mis hijos no lloraron y hacia al final de la película ya estaban aburridos jugando en el piso, mientras yo sentía que había desperdiciado mi preciado sábado y algo de dinero en ver una muy mala adaptación de una de las mejores películas animadas de todo los tiempos, reducida a simples efectos especiales, fotografía y voces porque eso es todo lo que tiene esta nueva película: voces que no dan la talla.

Puedo entender perfectamente el negocio que viene ligado de la nostalgia, ya que regresar a esos momentos que nos hicieron felices y marcaron nuestra historia nos devuelve algo de nosotros mismos. El problema con esta adaptación de El Rey León es que ni siquiera es un live action, sino otro tipo de animación sosa que nada tiene que ver con la recién estrenada película de Aladdín que fue un éxito en taquillas.

La nueva versión de Aladdín, que también fue una de las películas insignias de mi infancia, logra abarcar perfectamente la esencia de los enamorados, siendo la actuación de Will Smith, como el genio de la lámpara, la que se roba la pantalla. El problema con El Rey León es que los animales en la vida real no hablan y el enamoramiento entre Nala y Simba, que en la película animada es muy antropomorfo, carece de esa esencia en este nuevo filme en el que los animales son «reales» e inexpresivos.

Más allá de la belleza de los ya mencionados animales, uno no siente la empatía del amor, de la soledad, de la tristeza y de la nostalgia, los conflictos internos de un rey que fue arrebatado de su trono y que vivió toda su vida con el peso de la muerte de su padre sobre su espalda; tampoco siente el misticismo de Rafiki, a quien en el nuevo filme redujeron a poco y nada —el mono es, pues, uno de los personajes más importantes de la película animada ya que con sus rituales africanos, su particular voz y su sabiduría logra encausar al joven rey a su destino—; ni que Timón y Pumba sean tan graciosos, por más que hayan puesto mil veces la cámara sobre los pequeños ojos negros del cerdo.

En resumen, uno no siente nada más que deseos de ver otra cosa y no creo ser la única persona que lo percibió así puesto que el filme, al cierre de esta edición, ha recibido una calificación de 54% en Rotten Tomatoes y entre algunos de los comentarios se lee: «Efectos especiales sin conexión humana resultan en una película que es solamente nombre», «Ir a ver esta película es como ir al zoológico y ver a un león mientras escuchas El ciclo sin fin», «Solamente hay dos razones para ver la nueva versión de El Rey León: Seth Rogen, quien hace la voz de Pumba; y Billy Eichner, que hace la de Timón».

Y aunque también se leen comentarios positivos de gente que trata de excusar el retorno del clásico de Disney como «fresco» para las nuevas generaciones, los que crecimos con El Rey León no compramos tan fácilmente imitaciones insípidas. ¿A quién se le habrá ocurrido denigrar de esa forma la infancia de miles de personas? El negocio de la nostalgia es delicado y si no le das a la gente lo que vivió, te puede jugar en contra.

¿Quién es Gabriela Grajeda Arévalo?

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