Booktubers: al filo del algoritmo

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Uso YouTube absolutamente todos los días. Principalmente lo hago por la música, pero también es la forma infalible de averiguar cómo abrir una lavadora, delinearse con colilla o cocer un huevo. Estoy suscrita a casi 400 canales, pero creo que me mantengo pendiente de menos de 20. Diferente de otras redes sociales, YouTube permite un consumo pasivo de contenidos. La opción predeterminada reproduce inacabablemente un hilo de videos relacionados a la búsqueda original y las tendencias de vista, y por eso es tan fácil perder horas en el sitio preguntándonos cómo llegamos al tercer cover de ukulele de Bad Guy.

Ahora bien, el lado del productor de contenido representa retos extraordinarios. Y no me refiero al constante cambio de diagramación en el sitio ni las pericias de una buena producción. Tomando las descripciones, las etiquetas y subtítulos autogenerados, el algoritmo de YouTube favorece los videos más estructurados y los distribuye a las audiencias que comparten zona geográfica, idioma e intereses. YouTube es el sitio perfecto para construir una comunidad de nicho. El contenido puede ser tan específico como el usuario desee y el productor incrementa su calidad de visores al preservar su constancia, calidad y valor de contenido. Al menos ese es el concepto que vende.

En realidad, ganar suscriptores es cuestión de explotar trucos y fórmulas para acaparar atención masiva en la página de tendencias. Justo ahora, la portada de tendencias en YouTube ostenta al menos cuatro videoclips de reggaetón, tres videos de lista o listicles, dos videos de noticia de farándula y tres videos más a manera de desafío. Los youtubers más famosos empezaron estas tendencias que gradualmente los llevaron a millones de seguidores, empujados por la necesidad de acelerar el consumo de contenido y la exposición a nuevos visores. Con técnicas avanzadas de edición, la mayoría de ellos generan videos cortos, nuevos, diaria o semanalmente.

Su contenido se basa en un tema de moda inmediata: lanzamientos de películas, eventos deportivos, entregas de premios, escándalos de celebridades, etcétera. Difícilmente guardan relevancia a largo plazo, pero entretienen a su audiencia con suficientes animaciones, cortes y música para generar miles de comentarios, incluyendo los típicos insultos y cadenas de memes, que los posicionan como mini-celebridades. Su marca es la experiencia de ellos mismos —tal como sucede con muchas influencers en Instagram— y por eso no es novedad que muchos ofrezcan mercadería con sus frases o fotos. Es el pequeño Hollywood, desde una habitación con una webcam.

Por todo esto es tan curioso que sigan existiendo booktubers. Generalmente enterrados por el algoritmo, muchos de ellos siguen la misma fórmula: hablan en primer plano a la cámara comentando coloquialmente un libro y exponiendo datos sobre el autor o la editorial. El enfoque siempre está en los textos, no en los comentaristas ni en la idea de avanzar su imagen como marca. Los videos pueden durar hasta una hora, sin animaciones, gráficos o cualquier otro distractor y en muchos casos no son tan frecuentes.

Sin embargo, usuarios como Rodrigo Eker y Marina Condo, de Argentina, han superado centenas de miles de reproducciones en sus videos, continúan generando nuevas reseñas e, incluso, no se limitan y toman algunas sugerencias de los temas de moda como los cómics o películas.

Sus audiencias los buscan como opiniones especializadas y, a pesar del lento crecimiento de sus respectivos canales, continúan construyendo una relación más fuerte con sus espectadores. A pesar de que en nuestro idioma hay muchos booktubers que los superan en suscriptores y cantidad de reproducciones, Rodrigo y Marina, entre otros que se cuentan con los dedos de la mano, se diferencian de la gran mayoría porque, siendo ellos millennials, mayormente tienden a leer y reseñar —acaso sin premeditarlo— literatura de culto.

Viéndolo desde este contexto, ellos comentan obras y autores que no son tan populares entre las generaciones que dominan el consumo de YouTube, pues cada vez resulta menos verosímil, por ejemplo, pensar en un millennial, y aún menos en un adolescente de la Generación Z, leyendo El libro del desasosiego de Pessoa o La guerra y la paz de Tolstoi.

Quien siga de cerca a cualquiera de estos booktubers argentinos sabrá que no son sabelotodo en artes literarias, que sus lecturas y opiniones son honestas y que las comparten con humildad y sin temor a equivocarse, con argumentos sólidos, pero sin querer apantallar y mucho menos intimidar a sus espectadores. Simplemente son lectores que disfrutan lo que hacen y que también saben remar contra la corriente, no solo dentro del mundo de YouTube sino dentro del particular y apartado mundo de los booktubers. En medio de un mercado en constante ebullición por las novedades editoriales, en sus canales es más fácil encontrar la reseña de un clásico del siglo XIX que el último bestseller juvenil de moda.

En Guatemala, mi país, la tendencia es considerablemente menor que en la de otros lugares. Habrá casi 10 booktubers que no reúnen ni 10 mil seguidores entre todos, pero forman una red de apoyo y admiración mutua que se traduce a sus suscriptores. Tal como los amantes de los libros físicos, los booktubers son un indicio de quienes aman la manera tradicional en que se hacían las cosas. Evocan al internet de cuando nos seducía la idea de conectar con amigos en todo el mundo y no la orgía de escándalos y banalidades que ahora dicta el consumo de contenido.

Es afortunado que siempre quedemos los anticuados.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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