No hay peor burro que el que no quiere aprender

LeoUn dicho popular de abuelitos dice que «no hay peor burro que el que no quiere aprender», y se ajusta perfectamente a nuestro caso.

La segunda vuelta de elecciones en Guatemala pasó sin mayor pena ni gloria, precisamente porque no se esperaba nada extraordinario más allá del desastre que ya es posible prever para los próximos cuatro años. De las prometedoras expectativas de la primera vuelta no quedaba nada. Con nuestro voto, pero también con la manipulación mediática promovida desde atrás por los grupos de poder, llevamos de nuevo a segunda vuelta a las peores opciones. Fuera uno u otro candidato no era posible esperar nada nuevo, así que la ronda electoral fue como uno de esos partidos de futbol aburridos de un domingo por la tarde que se soporta con la modorra de cualquier fin de semana.

Sin embargo —y no me cansaré de repetirlo hasta el cansancio—, entre dos males, elegimos el peor. La llegada de Giammattei al poder significa más de lo mismo: más Ejército, más CACIF, más moralismo cristianoide y un notable retroceso para el país. Si bien es cierto que con Torres tampoco se auguraba un mejor panorama, por lo menos existía la posibilidad de implementar políticas sociales. Con Giammatei, en cambio, esta posibilidad se cierra para los próximos cuatro años. De hecho, el futuro para muchas organizaciones sociales y para instituciones que trabajan en el tema de derechos humanos es incierto y preocupante.

Como hace cuatro años, volvimos a jugar al antivoto. La estrategia se venía diseñando desde mucho antes de las elecciones y no con fraude electoral, como muchos pretenden afirmar, sino con un maquiavélico plan que terminaría beneficiando a los grupos que hoy apoyan al candidato ganador. Es muy probable que el guatemalteco común, perteneciente a las clases medias y con una formación promedio, no se dé cuenta de semejante estratagema y que, por ello mismo, sea más vulnerable a caer en la trampa manipuladora. Es por eso que el domingo por la noche los guatemaltecos que votaron por Giammattei pudieron dormir con la conciencia tranquila de haber derrotado al terrible enemigo de la Patria, encarnado ahora en Sandra Torres, y al mismo tiempo hacerse la ilusión de haber ejercido el sagrado derecho al voto que nos permite nuestra sacrosanta democracia participativa. En otras palabras, podemos dormir tranquilos porque «Guatemala ya no será Cuba ni Venezuela».

Eso sí, seguiremos siendo el mismo país inseguro, sin oportunidades, sin trabajo, con profundas diferencias sociales, con niños —literalmente— muriendo de hambre, sin salud, educación ni cultura, con gente desesperada por huir de esta nación incapaz de ofrecer nada. Si las personas que hoy le depositan su confianza a Giammattei son tan ilusas de creer que por esa vía todavía se puede esperar un cambio para este país, en unos meses seguramente aterrizarán con total desencanto a la realidad y se darán cuenta de que de nuevo fueron manipuladas.

O probablemente no… He llegado a pensar que a los guatemaltecos en realidad no nos importa ni nos interesa un proyecto de nación. Los gobiernos militares y la represión llegaron a fragmentarnos tanto que borraron cualquier sueño colectivo. «Gane quien gane, a mí me tocará seguir trabajando», decía un amigo a quien, mientras tenga su parcela de seguridad, poco le importa que los recursos del país se vendan, que la minería en el interior mate comunidades, que el hambre implacable cobre vidas a lo largo de todo el corredor seco, que la educación y la salud pública se desarrolle en paupérrimas condiciones, que asesinen a su vecino. Ah, pero eso sí: muy cristianos los domingos por la mañana, asistiendo a misa o a nuestro oficio evangélico, confiando en que nuestros gobernantes están ahí porque dios lo quiere.

¿Quién es Leo De Soulas?

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Claudia Núñez G. dice:

    Es exactamente mi forma de ver lo que ocurre en Guatemala. Me encanta el texto por ser claro y sencillo.

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