Pepita de marañón. Noche de teatro panameño con mi hijo inglés

Javier Stanziola_ Perfil Casi literalEs una noche especial. He logrado convencer nuevamente a mi hijo —de trece años— de que me acompañe a un evento artístico. Presiento… Es más: estoy seguro de que pronto elucubrará planes draculianos para evitar ser visto en público conmigo. Los efectos de la tormenta de hormonas que ya ha comenzado a transformar su cuerpo y sus humores han sido devastadores. Ya es más alto que yo y tiene opiniones informadas sobre motores de autos italianos. Sé que son pocos los días en los que podré contar con su compañía en aventuras como esta.

Y es un buen compañero de consumo cultural omnívoro.

Hace una semana fuimos a ver lo más cercano que tenemos en Panamá a una compañía juvenil de danza contemporánea: Enlaces. Yo, que crecí con Lupita Ferrer y las Selecciones viejas de la Tía Gisela, gocé escuchando de vuelta a casa a mi hijo, criado entre decenas de museos y obras de teatro de Londres, describir sus impresiones de la propuesta sobre el futuro del trabajo de los jóvenes bailarines. Mi hijo entiende esos códigos contemporáneos con dramaturgia no lineal y tiene la paciencia para explicárselo a su ojeroso padre que necesita la linealidad de Corín Tellado.

Pero esta noche es diferente.

Mi hijo y yo estamos en el Teatro en Círculo en Ciudad de Panamá para ver Pepita de marañón (es más, el día de la lata). Esto es teatro panameño sin tapujos ni inhibiciones. Escrita hace 41 años, esta obra de Alfredo Arango Restrepo y Edgar Soberón Torchia es un referente obligado del teatro nacional. «Para entender el teatro panameño hay que ver Pepita de marañón», le explico a mi hijo, pero parece más interesado en la oferta de empanadas doradas del bar. «No. No tengo plata. Como te decía, esta obra es fácil de montar, tiene un argumento simple pero presenta un incómodo retrato sobre la brecha entre clases sociales en Panamá», continúa mi charla tomatera pero solo el aire me está escuchando. Mi hijo está sufriendo las consecuencias de una hora sin usar su teléfono y puedo ver en sus ojos retorcidos que está a punto de convulsionar.  Como padre poco empático, ignoro sus demandas por usar el teléfono, cualquier teléfono. «Papa, por favor». Entramos en la sala y nos sentamos en la primera fila.

Un joven actor nos aclara que esta obra es diferente a todas las que hemos visto. Es costumbrista, nos explica, y yo le explico a mi hijo que no entiendo de qué habla el joven actor. Ese mismo formato de 1978 ha influenciado a decenas de directores y dramaturgos panameños como Daniel Gómez Nates, que han convertido el llamado costumbrismo panameño en un estilo popular que busca brindar un pantallazo del entorno en el que vivimos sin mucha profundidad, pero con muchas risas. Estoy por meterle segunda a la charla que nadie me ha pedido, pero comienza la función.

Creo que me equivoqué. Sí, hay algo diferente. Es el peso, la confianza y la energía de ese primer cuadro —donde todos los actores comienzan a cantar quién sabe qué y para quién— me hace ver mi error. Esto es diferente. Alguien se tomó el tiempo de montar esta obra como debe ser. El acostumbrado desorden con el que se presenta este texto en manos de producciones menos diestras hoy está controlado. En su lugar surge un bello y estimulante caos. Entran y salen actores sin razón alguna destellando en la superficialidad de sus personajes, pero hay algo —voluntad escénica— que los impulsa a zambullirse con gozo en el generoso espacio del Teatro en Círculo y añadir relevancia a mucho de lo que hacen.

Miro a mi hijo. Ya ha dejado de convulsionar y creo que estoy viendo en su rostro lo que espero sea el primer esbozo de sonrisa. Más música. Más baile. Mucha música y mucho baile brotan de todas partes del escenario sin razón alguna, sin añadir o restar a la trama. Brotan y crecen de la nada porque esa es la costumbre panameña. O por lo menos esa es la propuesta de la obra: le sacamos música y baile hasta a los momentos más difíciles de nuestra vida.

Le quiero explicar a mi hijo que la reconfortante fluidez y el atinado ritmo de la obra tienen que ser producto de la atinada mano del director Edwin Cedeño, pero decido no interrumpir sus risotadas. Entran y salen más actores, no sé lo que dicen ni por qué lo dicen, pero sí recibo alto y claro sus energías, temores y alegrías. Como suele pasar en Panamá con elencos tan grandes, las actuaciones son muy desiguales. Por una parte tienes a la actriz Diana Román de Díaz sacando el mayor provecho a un personaje bastante plano pero altamente simbólico: la mujer de sociedad que esconde sus orígenes; por otra, vemos jóvenes actores que parecen haberse convencido del mantra hollywoodense de que si el actor se está divirtiendo en escena el público también lo hará.

Sigue la obra y mi hijo sigue atacado de la risa.

Aquí viene lo que nos gusta: los actores buscan entre el público a valientes amigos o desconocidos para que sean parte de la obra, lean textos, bailen o se unan a la comparsa y murga. Ahora el público es parte de la música y el baile contagioso. Yo quiero bailar porque sí, porque no hay nada peor que un teatro que explore a fondo el tema de clases sociales (o así me quiere hacer creer esta obra). Mejor nos reímos del cliché de la dama de alcurnia y el transexual que se prostituye y armamos una comparsa. No me invitaron a la fiesta que se arma por todo el teatro, pero eso no me detiene. Yo canto desde mi butaca «Cantando se olvida el dolor, gozaremos sin cesar ¡Pescao!» Mi hijo deja de reír y con su mirada me suplica que deje de cantar.

Se acaba la obra y me siento bien. He recibido mi dosis de panameñidad al estilo de la década de 1970, donde los militares eran buena gente y los sacerdotes católicos priorizaban el bienestar de los ciudadanos. Sigo tarareando «¡Pescao!» con el único propósito de torturar a mi hijo. Recibo nuevamente su mirada suplicante y le pregunto si le gustó la obra. Asiente, pero esta vez, en lugar de explicarme la obra, me explica a mí: «Don´t overthink it. We had fun».

Pepita de marañón (es más, el día de la lata) estará en cartelera hasta el 31 de agosto.

¿Quién es Javier Stanziola?

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